Oh-Nan (1)

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Cuando se la terminaron de agitar, Oscar Hernán autopremió su orgasmo con una amplia sonrisa, exhaló un profundo suspiro; limpiando con una mano, alargó un billete con la otra a la mano que le dio satisfacción; le mostró, más que darle, un fugaz beso en los labios, dejó desplomar la cabeza sobre la almohada y se durmió exhausto.  El dueño de la mano y los labios, un chico de diecinueve años, muy bonito, nalgón, de ensortijados cabellos negros, salió del apartamento cerrando con suavidad la puerta y contemplando, sonriente, la pieza de mayor valor que equivocadamente le pagó su “beneficiario”.

Este era un descubrimiento reciente de Oscar Hernán, joven de veintiocho años, después de una larga historia de satisfacciones solitarias.  Estuvo dedicado al onanismo desde su temprana adolescencia hasta muy entrados los veintes. Después, una fugaz novia, la única que había tenido, lo inició en la práctica del yo te la hago-tu me la haces y después de disfrutarlo varias veces con ella, tuvieron sus peleítas, porque ella quería coger y él solo deseaba “mover la colita”; ella lo despachó y él aprendió a buscarle sustitutos en la web.

Todo empezó cuando niño; tendría unos 9 o 10 años el día que vio a sus padres en pleno ajetreo sexual.  Ocurrió así: ellos lo enviaron a dormir y se quedaron en el sofá de la sala mirando TV; el chico despertó de una pesadilla como a las once, un sueño aterrador en el que una extraña mujer lo perseguía para quitarle los pantalones; “¿estás estrenando? ¡qué bonitos! los quiero para mí, te los voy a quitar”.  Bajó sigilosamente hacia la sala; desde el descanso, vió que algo raro pasaba, su padre gemía; se detuvo a observar y notó que este ¡estaba sin pantalones!  Además, ella, con el rostro enrojecido, le agitaba con energía el “pirulo” (como le decía en confianza al pequeñito suyo cuando lo bañaba).  De repente sintió morbo y se quedó esperando la culminación, que fue con la emisión de unos chorros en medio de mucho regocijo y la rápida limpieza con un pañuelo.

Al día siguiente, en el baño, el niño, lleno de curiosidad, comenzó a agitarse la cosita, pero ni le crecía ni sentía satisfacción alguna.  Inicialmente olvidó el asunto; no le duró el olvido mucho tiempo, porque un compañerito, en actitud muy sospechosa, le dijo que quería compartir un secreto y le contó que a su hermanito mayor se le ponía grande la polla por la noche; ellos dormían en dos camas de la misma habitación y el otro se la sacudía cuando creía que el niño dormía.  Se les ocurrió entonces irse juntos a ensayar la técnica, buscaron un lote solitario en las afueras y se situaron detrás de unos arbustos.  Primero intentaron cada uno por separado con la suya propia; después de sudar un rato y sentirse adoloridos, desistieron, mas se quedaron reposando en el prado porque estaban exhaustos.  Fue a su amiguito al que se le ocurrió después de unos minutos el ayudarse mutuamente “yo te la muevo, mientras tu me la mueves”; igual de agotados y frustrados quedaron y volvieron taciturnos a casa.

(Continúa)


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