LA TIENDA 2

Por franciscomiralles
Enviado el 25/08/2018, clasificado en Cuentos
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Cuando el cliente de la camisa llegó a su casa y le enseñó muy ufano a su mujer lo que había

comprado, ésta le echó un rapapolvo.

- ¿Esta camisa tan fea has comprado? - le dijo ella con el ceño fruncido.

- Pues a mí me parece que es bonita, Enriqueta - replicó él.

- ¡Como se nota que tienes el gusto en la suela del zapato! ¡Mira, mira! Aquí una pequeña tara.

Le sale un hilo. ¿No lo ves?  ¡Y este color tan pálido ya no se lleva! ¡Está claro que te han

enredado! - gritó la mujer colérica.

- Yo no veo nada malo en esta camisa - respondió el hombre extrañado.

-¡Claro, como que tú nunca ves nada! ¡Vives en las nubes! Pero lo peor no es eso. Lo peor es

que te has ido de compras sin consultarme nada. ¡Has ido a la tuya como siempre! Ahora

mismo la iremos a cambiar; o que te devuelvan el dinero. Pero esto que no se repita Manolo.

¿Me oyes?

- Que sí mujer... - expresó el tal Manolo con una expresión de fastidio.

De manera que la pareja volvió a aquel establecimiento donde le atendió Esteban, y tras

mucho mirar la mujer eligió la camisa que a ella le gustó más y  que no era tan diferente de

la anterior.

A veces a Esteban le molestaba la altanería de muchos clientres; le trataban como si él fuese

un simple sirviente que tuviese que estar a disposición de los absurdos caprichos de ellos por

el simple hecho de que dichos clientres pagaban lo que tenían que comprar. Sin embargo

se tenía que aguantar y sonreir a pesar de los problemas personales que le pudieran abrumar,

con el objeto de que éstos quedaran contentos con el trato y volvieran otra vez a la misma

tienda a comprar.

Todos trabajaban a destajo, y a Esteban le tocó atender a una familia-hueso medio agitanada

que querían un jersey para el abuelo. Como es de suponer el mostrador se llenó de aquella

prenda de diversos colores, y cada uno de los miembros de aquella familia daba su particular

parecer con el agravante de nadie se ponía de acuerdo.

- A mi me gusta este jersey- decía alguien.

-A mi no - contestaba otra persona.

- A mi regular... - decía una tercera indecisa.

- Bueno, ¿Pues qué hacemos?

- No sé...

La venta se estancaba. Entraba en un callejón sin salida.

- ¡Va señores! Háganme caso. este jersey de color vino le da al abuelo una elegancia singular.

Y además de estar bien de precio, es muy fresco para estas fechas. - dijo al fin Esteban con

resoluición.

Y aquella firme actitud del joven convenció a toda la familia, por lo que se quedaron con tres

prendas más.

En aquella tienda había un joven dependiente llamado Rafael, el cual era un pícaro a la hora

de vender y se las ingenienaba todas para convencer al cliente. Así que en aquella tarde en

la que ya se oían algunos petardos celebrando la verbena de San Juan, entró en aquel local

una familia llorosa que querían un traje gris marengo - muy oscuro- para vestir a un pariente

difunto. Pero se dio el caso que en aquel momento no había porque todos se habían vendido.

Entonces Rafael, ni corto ni perezoso, con su verborrea sacó una vieja americana de un feo

color morado que nadie quería, y unos pantalones casi del mismo color, y dijo que se los

quedaran porque eran como el vestido que llevaba la Vírgen de su pueblo, lo cual era mentira.

Mas los clientes se lo creyeron y compraron aquella indumentaria.

Como el dinero de la recaudación ya no cabía en la Caja la madre de Esteban se tuvo que

llevar una parte del mismo a la trastienda. En el entretanto a Esteban le dolían los pies de

estar trabajando desde primera hora de la tarde sin parar, y en un momento en que la venta

empezó a descender él se sentó en u  taburete a descansar.

Al final de la jornada, un dependiente auxiliar que era un pariente de Esteban le dijo al chico:

- En el  futuro la dinámica del comercio cambiará, y se instaurará el "Sírvase usted mismo"

y sólo habrá  alguien vigilando al cliente, por lo que también se perderán muchos puestos de

trabajo.

Y así sucedió. Mas por el momento Esteban se sentía satisfecho de sí mismo porque se dio

cuenta de que podía vencer su tendencia al aislamiento, y también convencer a los demás.

 


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