LA MONJA

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LA MONJA

Aquel día se conmemoraba el aniversario de la devastadora tormenta.
El horror que sufrieron en el hospital y el pánico que vivieron, se contemplaba en la pintura que había en la entrada al nuevo y reformado edificio.
Un dibujo hecho por uno de los pocos supervivientes, dejaba ver el holocausto causado por el viento y la lluvia, sin dejar atrás las vidas que a causa de todo aquello se perdieron, entre enfermos y profesionales médicos...

Fue difícil para Irene levantarse ese día y afrontar la jornada de trabajo que le esperaba.
Tenía guardia, que fastidioso era aquel horario, pensaba mientras cerraba la puerta de casa y se despedía del hogar hasta el día siguiente.
La primera parada era en la cafetería, un café caliente, allí y junto a unas compañeras suavizaria la molestia del tiempo. Una lluvia intermitente había estado cayendo toda la mañana y el cielo amenazaba en seguir con la tormenta.
Irene era auxiliar de enfermería y desempeñaba aquel trabajo desde hacía unos meses por lo que no había oido hablar mucho de la monja y de la catástrofe que provocó el aluvión que cayó casi hacía un siglo.
Poco sabía de aquella historia, pero aquello que le habían contado la ponía nerviosa cada vez que pasaba a los baños, dejándo la puerta abierta y sujeta por una silla.
Allí precisamente había estado antes la parte del hospital que más daños había tenido, cuando era una de las salas para enfermos y donde todos habían perecido incluida la monja.
El tiempo no mejoraba, aquel viento enfermizo la volvía loca, soplaba cada vez más fuerte y de no haber sido las ventanas de seguridad, seguramente, dijo un médico, ya hubiese pasado al interior del hospital y sin duda el suceso se hubiese repetido.
Entonces en aquel intervalo de trabajo, entre cirugía y aseo del quirofano, salió a la conversación la monja.
Ella murió por los pacientes, decían, nunca se apartaba de ellos, ese pabellón lo atendían tres monjas, entre las que se encontraba ella.
Pero aquel día sus compañeras abandonarían su sitio, por miedo por temor a la tormenta, pero ella no, se quedó al cuidado de sus enfermos y perecieron todos. Como se ve en el cuadro.
Diciendo esto y mirando el dibujo, continuó hablando su amiga. Dicen que hay noches que la monja se pasea por el hospital, en ese momento se fue la luz.

Unas horas más tarde y ya oscureciendo el equipo médico e Irene habían terminado la guardia, ella se retrasó guardando el material quirúrgico que estaba a su custodia.
Aquel trueno la asustó tanto que fue a parar al suelo.
Mientras lo recogía bromeó hablando con la monja y diciéndole que en lugar de entorpecer su trabajo que la ayudase.
Terminó y cerró el quirófano, salió al pasillo y cuando iba a cruzarlo vio al fondo a alguien que iba disfrazado, como estaban en fiestas eso creyó, porque el otro motivo que podía ser le daba risa.
Llegando a un punto de lo andado Irene vio claramente que se trataba de una monja ataviada con aquellos uniformes que se complementaban con aquella cofía extravagante.
Iba con la cabeza inclinada mirando al suelo y las manos metidas de aquel modo tan singular como de recogimiento.
Al pasar por su lado un frío extraño envolvió a Irene y cuando se dio la vuelta la monja ya no estaba.
Ya no podía decir que no la había visto, incluso la saludo y ésta le correspondió con un movimiento de cabeza. No volvería a bromear con aquella historia, pues al encontrarse con su compañera ésta se asusto al verla, blanca y desencajada tenía la cara, preparándole una infusión al insistir Irene, que lo que le ocurría era que estaba indispuesta.
Cualquiera no enferma con semejante experiencia o no?

©Adelina GN


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