Un desayuno caliente

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Domingo en la mañana, me rehusé a salir de cama, en general ese día nunca había sido de mi agrado, sin embargo, éste tenía un "tono" diferente, un poco lúgubre, algo frío y gris; una mezcla extraña teniendo en cuenta que era la apariencia de mis días predilectos.

Decidí pedir mi desayuno a domicilio, al final ni eso deseaba hacer. Treinta minutos más tarde el timbre sonó, mi desayuno había llegado. *Siempre me acostumbré a dormir desnuda, era un placer para mi*, tomé mi levantadora de satén color rosa pálido, la até a mi cintura y me dispuse a abrir la puerta.

El repartidor era un hombre de unos 34 años aproximadamente, alto, de contextura media y una espesa y seductora barba negra; se veía prolijo en su uniforme, y su perfume era exquisito. Aunque intenté disimular, mi cuerpo no me ayudó, y por debajo de mi bata se podía notar lo endurecidos que estaban mis pezones, y como no, si en esos escasos minutos tuve muchas fantasías con ese tipo.

Él en cambio no disimuló, y su mirada pasó de estar en mi rostro a caer directamente a mis senos. No me molestó, por el contrario, despertó mi yo lujurioso, ese al que en realidad lo único que le importaba era que alguien, sin importar quien, como, cuando y donde, le quitara las ganas.

Lo invité a seguir, arriesgándome por supuesto, a que dijera que no; sin embargo, nunca dudó y muy complaciente entró. Serví dos tazas de café, lo invité a sentarse en mi comedor de vidrio, y me senté frente a él. Había un silencio tajante pero premonitorio, ambos sabíamos lo que queríamos. Lentamente abrí mis piernas y empecé a manosear mi sexo, él tragaba grueso y como buen espectador miraba atento y disfrutaba del show.

Después de masturbarme frente a él, por unos 10 minutos, logré ver como en varias ocasiones agarraba su erección por encima de su pantalón, lentamente me levanté, con una mirada lo guie al balcón del apartamento, del cual se veía la avenida y más adelante un parque, en el cual se encontraban varias personas haciendo ejercicio.

Sentí su erección deliciosa entre mis nalgas por encima de mi levantadora, suavemente me abrazó por la cintura y poco a poco subió sus manos hasta mis tetas, las apretó, pellizcó mis pezones y masajeo de una manera deliciosa, mientras se pegaba cada vez más a mi culo. Naturalmente ya estaba lubricada, era una situación que difícilmente podía pasar desapercibida, estaba lista para sentirlo. Con mucha experticia, y con mis manos hacía atrás, desabroché su pantalón, y bajé el cierre del mismo. ¡Oh sí! Salió a la vista su rico pene, duro, grande, caliente.

Levanté mi bata y sin compasión me penetró, ¡qué delicia! Que sensación tan exquisita, sus estocadas eras cada vez más fuertes y rápidas, mis gemidos eran profundos, y a la distancia logré ver cómo un grupo de chicos en el parque había parado sus actividades para disfrutar del espectáculo, me calenté tanto que al mirarlo le dije: Rómpeme el culo.

Bajó, lamió mi culo, lo llenó de saliva y metió su dedo corazón que entro sin problema, seguidamente se levantó y despacio empezó a penetrarme hasta que estaba todo adentro, ahí no podía más, sentí que en cualquier momento estallaría y nuevamente le pedí que me rompiera el culo, que lo hiciera duro, con fuerza a lo que el accedió, me tomó del cabello y como si fuera su última vez, me folló de una manera bestial.

¡Voy a terminar, voy a terminar! Le dije, ¡Échamelo todo adentro por favor! Continué, el complaciente vertió su líquido caliente y espeso en mi culo, al sentirlo tan húmedo, y en medio de sus gemidos y los míos, me corrí deliciosamente...

Es domingo, otra vez. Y me dispongo a pedir un desayuno caliente a domicilio. 


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