Historias de la ouija: Secretos

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El sonido emanado  por cada impacto del martillo sobre el clavo, invocaba en mi mente innumerables recuerdos de toda una vida juntos. Mis lágrimas empapaban de lamento la caja de madera en la que se encontraba.

Aunque aún recordaba la última mirada que nos cruzamos, mi cerebro se apresuraba en suprimirlo  para recordar una mejor imagen suya. Mi estado natural era la felicidad y para conseguirla, inconscientemente, aquellos pensamientos que me causaban algún tipo de dolor eran una efímera reminiscencia en mi interior.

En el momento que comenzó todo, ninguno de los dos pudo imaginar un final tan nefasto. Sabedor de la larga lista de conocidos y amigos que le apreciaban, no ver a nadie presente durante su entierro me partía el corazón en dos.

No fui capaz de comunicarle al exterior lo que había sucedido con el amor de mi vida.

Recuerdo como brillaba el sol de verano bajo un cielo completamente azul, volví a respirar la suave brisa que traía olores a jazmín y hierba fresca que se desprendían de su embriagador perfume. Vislumbré de nuevo a todos nuestros seres queridos felices mientras cerrábamos un enlace que había estado predestinado desde que nos conocimos. Mi cuerpo seguía en el presente pero mi alma se había trasladado al pasado, al día más feliz de mi vida. Ahora aferraba  todos mis pensamientos a una frase que repicaba como una campana en mi interior y que en este instante se asemejaba a los martillazos que propinaba a cada trozo de metal que cerraba el ataúd en el que se encontraba.

“Te querré ahora y para siempre. Sí, quiero casarme contigo”

Como si de un hechizo se tratara, ese conjuro comenzó un período mágico en el que la vida nos otorgó mucho más de lo que habíamos deseado. Nuestro amor ha dado como fruto 3 hijos maravillosos y un sinfín de alegrías para una familia modesta como la nuestra.

Tras aquel día, la vida transcurrió felizmente hasta que apareció él. En principio me desesperé intentando averiguar cómo habían podido conectar. La desesperación se tornó en rabia al sentirme engañado. La rabia me cegó tapando lo evidente. Y finalmente, el desasosiego invadió cada centímetro de mi piel al descubrir que ya no había retorno posible a la época en la que todos éramos felices.

Aunque su rostro nunca se cruzó con mis ojos, he sentido su presencia tan cerca de mí que podía oler su fétido aliento. He podido oír cómo de la manera más soez posible, me susurraba mis temores más profundos.

Él le arrebató toda la vida que contenía, se la exprimió y la escupió sobre mí. Poco a poco fue transformando a mi mujer en un monstruo que era irreconocible para los que la querían. Su simpatía se convirtió en frialdad, su trato amable desapareció  para transformarse en una persona  violenta. Cualquier resquicio de alegría se esfumó y la tristeza inundó cada rincón de su piel y de la casa en la que tantos momentos felices habíamos pasado.

 Aún recuerdo nuestro periplo por los hospitales buscando una respuesta a todas las preguntas que nos surgían. Ninguna pastilla ni droga que le recetaban tenía efecto sobre ella. Cada vez que llegaba la noche y caía en el mundo de los sueños, despertaba  a las pocas horas transformada en otra persona. Corría en la oscuridad  bramando improperios, golpeaba y destrozaba a su antojo todo lo que se encontraba en su camino. Despertaba  a los niños bufando barbaridades y aterrándolos hasta el punto del desmayo.  En más de una ocasión nos tuvimos que encerrar en la habitación todos juntos para defendernos de ella.

Cada noche iba a peor,  la tensión en casa llegó a un punto en el que tuve que mandar a los niños con mi madre por miedo a que les hiciera algo.

Los pocos días que hemos estado solos en casa han sido un auténtico infierno, y prueba de ello son las heridas y marcas que me ha dejado ya para toda la vida.

No tuve más remedio que matarla, era su vida o la mía.

Ahora me encuentro en el garaje, metiéndola en una caja de madera para después enterrarla en la parte trasera de mi jardín. Las lágrimas me caen a borbotones, pero el vivo recuerdo del cuchillo penetrando en mi estómago me hace que empuje con más fuerza el siguiente clavo.

No sabría cómo explicar a las autoridades y familiares que María ya no era ella, se había transformado en otro ente, un demonio que no pertenecía a nuestro mundo. Simplemente diría que nos había abandonado, había que guardar el secreto y esta era la mejor solución para no dejar a mis hijos huérfanos de madre y con un padre en la cárcel.

Mi cabeza no para de dar vueltas buscando explicaciones a todo lo sucedido, ¿Por qué a María si nosotros no somos cristianos? ¿En qué momento se truncó todo? ¿Habría sido posible curarla pidiendo ayuda a los representantes de Dios? En definitiva, eran preguntas sin respuesta que solo me generaban dolor y tristeza.

Finalmente, pala a pala, puse fin a nuestra historia de amor.

Al entrar en casa y ver el caos que era, no pude más que descargar mi rabia contra todo lo que quedaba en pie dentro de ella, iba de habitación en habitación destrozando todo lo que encontraba a mi paso, hasta que oí un fuerte estruendo en el sótano.

Ya sin ningún temor, me he apresurado a llegar al sótano para ver qué había ocurrido. Al llegar, la imagen encontrada me ha dejado helado.

Mi hijo mayor se encontraba sentado en el suelo, rodeado de velas en frente de un tablero de la ouija.

-Hijo, ¿Qué haces aquí?

El, con lágrimas en los ojos, se arrinconó y empezó a gritar desesperado:

-No papá, ¡por favor, a mí no me mates! Yo soy bueno.

Se me cayó el alma a los pies y una pesada carga de culpabilidad se posó sobre mis hombros.

-Pero hijo, ¿Qué me estás diciendo?

-Él me lo ha contado todo, me ha dicho como te has vuelto loco y has terminado matando a Mamá, que ahora se encuentra enterrada en el jardín. Yo no quiero acabar como ella…

Sus lágrimas salían en cascada de sus ojos rojos.

-Querido hijo, Mamá ya no era ella…. Y ¿Quién dices que te ha contado eso?

-Azazel, mi amigo secreto. Y me dice que no ha podido ayudar a Mamá pero que a mí no me pasará nada.

Me quedé en blanco, caí sobre mis rodillas y solo alcancé a suspirar mi última pregunta…

-¿Cómo lo podremos evitar…? – Lo decía mientras observaba el santuario satánico que había montado su hijo.

El niño, sin decir una sola palabra se acercó con el mismo cuchillo que había empleado María para agredirle, y el cual, él había usado para dejarla sin vida.

Cuando me clavaba el frio hierro en el corazón, oí las últimas palabras de mi enemigo, mientras una mueca terrorífica se dibujaba en la cara de su hijo.

-Adiós Jaime, nos veremos en el otro mundo.


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