Tráigame devuelta la serenidad y un poquito de templanza.

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Venga, búsqueme a donde estoy porque aquí todo está oscuro. No puedo ver más allá de la punta de mi nariz, no puedo tocar más allá de la desesperación de encontrarme sola.

Yo no dependo de usted, pero qué bien me complementa.

Mi cuerpo es sólo una pieza perdida de un rompecabezas si usted no me abraza; todo mi ser es un pedazo de hielo si usted no me toca… todo de mí es un árbol marchito si usted no viene a saciar mi sed.

Usted me debe la templanza, porque se la llevó y ahora estoy descarriada. Me es casi imposible contener mis deseos, incluso sin su presencia. Termino revolcándome en las sábanas de mi cama mientras entono en jadeos desesperados, su nombre, esperando ilusamente su llegada para darme un verdadero motivo para gritar.

Hombre, necesito serenidad y esa sólo la consigo cuando sus ojos grises miran los míos. Yo no recuerdo haberle prestado mi virtud, pero se la llevó junto con mi cordura. Ya no pienso en otra cosa que no sea la llegada de la tarde para verle tendido en mi cama, esperando que yo tenga la iniciativa de montarme en su cuerpo.

Me he querido resistir, quiero que sea usted quien me recueste y arranque mi ropa sin delicadeza alguna. Pero he de complacer sus deseos porque al final también se convierten en los míos.

Y es a usted a quién deseo, por lo tanto es mío. Sólo mío.


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