HISTORIA DE UN SASTRE

Por franciscomiralles
Enviado el 07/10/2018, clasificado en Reflexiones
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En el taller de trabajo en el que estaba donde se hacían toda suerte de arreglos en las prendas de vestir, había un sastre que procedía de un pueblo rural del interior de la península, el cual además de ser muy tradicional respecto a su folkclore, y a las viejas costumbres de sus antepasados, se sentía muy vinculado a la indiscutible autoridad paterna. Él recordaba con frecuencia que cuando era un niño, si en medio de una conversación de los adultos se le ocurría opinar sobre el tema que se estaba tratando el pater-familia le gritaba con una mirada severa que ponía la pìel de gallina: "¡Tú te callas!"; o si por cualquier cuestión el chico se atrevía a replicar a su progenitor, éste le arreaba un desnaturalizado bofetón que se le pasaban las ganas de replicar a sus mayores.

Pues el padre, al igual que muchos de su condición social, consideraba que los hijos eran como un árbol torcido que neesitaban un palo - esto es, mano dura- para endrezarles.

Podría pensarse que el sastre se sentía desgraciado en el hogar, sin embargo aquel agresivo autoritarismo paternal en el que se confundía el temor reverencial con el respeto puesto que se prescindía del concepto de persona, y el sujeto tenía cumplir con su obligación y nada más, a dicho trabajador le confería una sumisa sensación de seguridad, de consistencia espìritual, en la que también iba implícita esa misma agesividad familiar bastante sádica.

Por eso mismo el sastre que a su vez se había educado en las enseñanzas religiosas de su localidad que ensalzaban el caudillismo de algunos personajes míticos de la Biblia como si de héroes sacralizados se tratara, e ignoraba completamente la historia de la Democracia nacida en la antigua Grecia, auspiciada por el rey Pericles, y que favoreció a la Filosofía, y a la libertad de expresión mediante la dialéctica, él  admiraba los régimenes políticos totalitarios como el de los nazis que no admitía ninguna discusión en sus decisiones.

En efecto. El sastre tenía la convicción que había que ser contudente, tajante, y combativo con quien no pensaba como él si quería sacar las cosas adelante. Pues el dialogar, el persuadir, o el discutir se le antojaba que era pura cháchara de gente ociosa, pija, y débil. Para aquel hombre importaba más la emotividad, la vehemencia, que la racionalidad.

El sastre no era el único que estaba en esta misma onda autoritaria, intolerante. También habían miles de personas que aunque tuvieran estudios superiores, quienes desengañados de un difuso sistema político y sobre todo económico que enriquece a los que más dinero tienen en perjuicio del hombre común y que les lleva a un callejón sin salida con una crisis de identidad, asimismo se les activa de un modo fascinante el mito de la Tierra Prometida a través del carisma y la grandilocuencia de un falso mesías, o héroe que en el peor de los casos puede ser un asesino, porque lo que anima a este mito es un sentimiento rígido y fanático carente de comprensión hacia el diferente.

Mas lo que yo he podido ver es que este mar de fondo, estas causas del problema social tanto psicológico como en el caso del sastre, como el económico y político, aunque se sepan, la gente no les da gran importancia, o lo ignoran. Se atiende más a lo que salta a primera vista, al efecto de una situación que a sus causas subyacentes. En consecuencia corremos el peligro de cometer los mismos errores del pasado, pero con otros ropajes más modernos.

Por tanto no hay que ser aucomplaciente con nuestra simplista manera de ser, en base a un banal concepto de derecho de expresión en el que cualquier estupidez es válida. Es conveniente retornar a nuestra capacidad reflexiva, que aunque no nos sea cómoda es lo único que nos hace evolucionar.

 

 


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