El Juicio Final I

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El tiempo, ha estado invariablemente marchitando mi cuerpo y rondándome la mente. Siempre sentí gran curiosidad por conocer la realidad de su significado. Cuando estudiaba en la universidad lo traté como una dimensión que era medible, llegué a creer que sabía lo que era. Una magnitud física que se podía despejar dentro de una ecuación matemática y la cual, era la única que se mantenía imperturbable en su camino hacia delante, nunca mirando atrás.

Durante esos años, este concepto me obsesionó, leí a Einstein y su relatividad, me informé sobre la perspectiva de Luhman, dónde el pasado solo existe en nuestros recuerdos. Finalmente, me aferré a la descripción científica, la cual nos indica que el tiempo es ese espacio vacío que se encuentra entre dos acontecimientos diferentes, es decir, el momento en el que se creó la tierra y hoy, después de haberle dado más de cuatro mil millones de vueltas al sol.

Cuando estaba vivo no me percaté lo rápido que pasaba y lo efímera que es nuestra presencia en el mundo terrenal. Pensar que mi existencia había significado un microsegundo dentro de toda la bulliciosa vida que existe en el universo, ahora me genera ansiedad.

Qué cierto es la relatividad del tiempo que nos comentó el genio alemán. Con actividades cotidianas, se palpa mejor lo que nos quiso enseñar.

Recuerdo mi niñez, cuando el reloj de las clases se mantenía completamente estático, cada segundo se convertía en una eternidad a pesar de que lo miraba intentando adelantarlo con todas mis ganas.

También se evocan en mi cabeza reminiscencias de como los fines de semana pasaban volando, y aquel eterno segundo se convertía en un suspiro cuando estaba junto a mi amada.

Empero, en este momento, soy incapaz de medir el tiempo que llevo dentro de esta bochornosa oscuridad. No recuerdo como llegué aquí, así, que para mí es como si el reloj de mi antigua clase no hubiera movido ni un milímetro su segundero. Lo último que guardó mi memoria de vivo fue estar tumbado en la cama del hospital, rodeado de mis allegados. Los rememoro con cara de tristeza, contemplando con pena como mi vida se iba apagando poco a poco.

Hogaño, no entiendo que está pasando. Soy consciente de que dejé atrás el mundo de los vivos. Aunque estar aún dentro de mi cuerpo me desconcierta, pues a pesar de no haber ni una pizca de luz, siento como un sudor frio recorre cuero. Palpo con mis manos mis extremidades y mi torso, todo está correcto excepto por un detalle, mi corazón ya no late. Siento mi cuerpo helado a pesar del sofoco que me envuelve.

El silencio en este lugar es completo y la incertidumbre que me invade, infinita. ¿No se supone que debiera estar en el cielo?… o en su defecto, ¿en el infierno? Por el clima y la oscuridad, deduzco que me encuentro en el segundo. Sin embargo no recuerdo que hubiera cometido actos que me trajeran a este destino.

El desasosiego me llena y mis lágrimas de desesperación empiezan a brotar de mis…. ¡Cuencas vacías!

La oscuridad no se debe a que  no haya luz, es consecuencia de mi ceguera. Nunca pude imaginar que la vida después de la muerte fuera tan cruel.

¡¡Crash!!¡¡Crash!¡¡Crash!!

El estruendo ha sido insoportable, pero al menos me tranquiliza que no he perdido también la capacidad de oír. Así que aprovecharé el momento

-¿Hola?

Una voz aterradora bramó

-¡¡Sileeenciooo!! No hagas que también te quitemos la capacidad de hablar. Ningún plebeyo posee la dignidad suficiente para dirigir su mirada ni sus palabras al Excelentísimo, Divino y Universal Gran Tribunal del Juicio Final.

Las palabras impregnadas de severidad y la potencia de la voz que emite la dicción hacen que me sienta como una hormiga ante un gigante. Se erizan zonas de mi piel que desconocía a medida que llegan a mis oídos los abruptos del ser desconocido. Un terror extremo se apodera de mí y mi cuerpo empieza a temblar.

-Los procesados por el juicio divino exclusivamente gozarán del privilegio a comunicarse cuando se lo solicitamos…. Que no será en ningún punto de este juicio.

No entiendo dónde estoy, lo único que siento es pánico y ganas de huir despavorido de aquella pesadilla.

-Te encontrabas en el limbo, ahora ha llegado tu Juicio final, por el cual serás juzgado por todas las acciones que llevaste a cabo durante tu estadía en la tierra. Posteriormente, será dictaminado tu destino, el cual, tendrás que acatar sin posible recurso. Solo existen dos alternativas, serás enviado al cielo… o el infierno.

La ronca voz emanaba una brisa empalagosa que me arrollaba como un vendaval.

¿Cuánto tiempo habré pasado en el Limbo?

-Aquí no existe el tiempo, solo la eternidad.

Parece que lee mi mente.

-Efectivamente, de ahí que finalmente he decidido quitarte la capacidad de comunicación.

Intento abrir la boca con las pocas fuerzas que me quedan, pero es imposible. Un sinfín de temores empiezan a invadir mis venas vacías de sangre.

-Pobres mortales, cuando llegáis creéis que el juicio se celebra acto seguido de vuestra muerte. Equivocados estáis, pues tu tiempo ya se acabó, le pusiste punto y final en la cama del hospital. Lo que medido en vuestra unidad sería hace unos cien años.

Una losa se cernió sobre mis hombros abatiéndome y dejándome de rodillas. Llevaba más  tiempo en la oscuridad del limbo de lo que estuve vivo en la tierra. Ya todos los seres queridos que presenciaron mi muerte habrían perecido.

-Estás en lo cierto, condenado. Algunos de ellos incluso ya han tenido su juicio.

¿Pero cómo es posible? Si mi corazón dejó de latir mucho antes que el de ellos.

-Cómo te indiqué antes, aquí el tiempo no existe, es solo una variable más del universo en el que coexistías antes. Ahora, te encuentras en otra realidad, una en la que solo estamos nosotros y la más absoluta de las nadas. Vuestro posterior destino se define en función a las decisiones que tomasteis cuando estabais vivos, mientras disfrutáis del libre albedrío. Por ende, tu sentencia estaba decidida antes de tu fallecimiento.


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