¡Uy, Uy, Uy!... Alicia.

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Estoy sentado en un incómodo taburete fijo de la barra de un bar, dejando pasar el tiempo que resta hasta la hora de la cita con Rosi. Me adelanto a mis citas por impaciencia. Llego con una exagerada antelación y luego dejo transcurrir el tiempo hasta la hora prevista. Sé que es un contrasentido acelerar pretendiendo adelantar los hechos cuando éstos de forma obstinada se van a producir cuando toca. Tengo mis manías y éstas me llevan a unas esperas que a veces me resultan eternas. Estoy a escasos metros del lugar elegido por ella porque la proximidad me sugiere acercamiento físico. 

En éstas y de sopetón, me aborda una chica rubia de pelo lacio y labios gordezuelos que se me presenta como Alicia, amiga de Angel Liciano. Esto me obliga a pensar en retrospectiva (dado el tiempo que hace que no veo a este viejo y querido amigo). Advierto en ella como si esta carta de presentación eliminara cualquier obstáculo para entrometerse en mis espacios lúdicos.

Excedido aún de tiempo y sin mucho mejor que hacer la invito a sentarse y a que se manifieste (previendo que esas son sus intenciones). 

Sin que medie compás alguno de introducción, la joven que me presentó mi amigo hace varios años (según me dice ella), me acapara con una charla desenfadada, extravertida y simpática que pronto invade todos mis huecos internos de color grisáceo y los expande dándoles tonalidades vivas. No quiero mostrar la sensación de gozo que experimento, temo que advierta en ello inconsistencia y pierda los puntos acumulado en mi haber personal a través de los referentes generosos de mi amigo Ángel. 

Estoy tan acostumbrado a que todo el mundo me cuente sus pesares y me tome como vertedero de sus reciclajes internos que oír a esta amazona de la ilusión me resulta tan gratificante como el olor fresco que percibo cuando se inicia la primavera. Tal es así que cuando se aproxima la hora establecida en la cita con Rosi, me falta el valor necesario para salir de su mundo de ilusión. 

Mis mecanismos mentales son tan rígidos, que cinco minutos antes de la hora prevista los nervios empiezan a manifestárseme de forma externa y antes de que éstos se conviertan en tic, me avengo a disculparme por tener que marcharme. Antes de hacerlo tengo la previsión de tomar su teléfono, pagar la consumición de ambos y dejar una generosa propina para ganar puntos ante ella (un gesto suyo casi imperceptible me deja con la impresión de que tengo que reconsiderar determinados valores apreciativos). Nos despedimos con dos sonoros besos.

Luego, estando ya con Rosi, mi mente está lejos en la distancia y cerca en el tiempo de Alicia. Su alegría, vivacidad y encanto me sigue inundando de colores vivos e ilusionantes. Hace nada que la he dejado de ver y ya la echo de menos. 

Mi amiga me mira con cierta perplejidad porque he sido yo quien ha propiciado el vernos y a estas alturas parecen cambiadas las tornas. Pretende llamar mi atención y lleva decidida el peso de la conversación. Mí ambigüedad y auto ausencia me proporciona, al parecer, un aditivo especial que ella valora al alza. Al punto, que ensimismada entra en un tipo de acercamiento y proximidad por el que habría dado, no hace mucho, mi colección DVD de películas preferidas. Persevero inconsciente en mi ausencia y ella se me agarra ya con decisión, me habla al oído y me hunde en el costado sus enormes y sueltos pechos, que se abandonan y acomodan sobre mí, haciéndome adquirir la certeza de que la cosa va por muy buen camino.

Terminamos la segunda copa y me insinúa un cambio de escenario, salimos y quedo un tanto expectante, ella se sujeta fuerte a mi brazo y melosa me sugiere una pequeña sala de baile que está próxima y que es muy acogedora e íntima. Me dejo convencer con facilidad y en diez minutos ya estamos agarrados en el centro de la pista siguiendo los compases de un bolero dulzón.

Nuestras respectivas anatomías van sugiriéndose otras alternativas aún más satisfactorias. Con dos copitas más Rosi ya no es la que era, está decidida a llevarme a su apartamento y yo no estoy por resistirme y ponerle muchos reparos. Así las cosas, en un santiamén (con coche y a toda velocidad), ya estamos subiendo (a la carrera) los escalones que nos separan de su apartamento, sin paciencia para esperar siquiera el ascensor.

Abre y me deja pasar y ya dentro me agarra y apoyado como puedo en la puerta cerrada recibo su primera acometida en la que quedo con lo justo. Consigo no obstante alcanzar el dormitorio con alguna que otra prenda, así como alzarme glorioso con su braguita de encajes.

Cuando al final del retozo me quedo traspuesto y sin resuello me vuelve a la memoria la imagen luminosa de Alicia que parece decidida a no dejarme en paz y curiosamente me encanta que así sea.


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