La señorita Havisham

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Deambulaba, sin destino, sin objeto, utilizando el caminar como un instrumento que me ayudaba a concentrarme en mis pensamientos.
De repente, algo llamó mi atención, capturó mi mirada como un influjo de otro mundo, un altavoz desde donde me llegaban voces y sonidos del pasado. De un pasado demasiado lejano incluso para mí, donde un personaje que no conocí me permitió ser testigo de su vida a través de las páginas amarillentas de un vetusto y polvoriento libro.
Me paré en la acera de enfrente y observé las ventanas protegidas por los postigos de madera entornados. Estos apenas dejaban entrever la oscuridad del interior y unas cortinas pesadas de color burdeos. Lo suficiente.
Mi imaginación, siempre dispuesta, se coló saltándose todas las medidas de seguridad, hasta el interior del comedor. Y lo vi, con el mismo ambiente asfixiante que, muchos años antes, me había sido transmitido por aquel autor de mente preclara.
En una semipenumbra de atmósfera enrarecida, los finos hilos de luz que se colaban por las rendijas, atrapaban las miles de motas de polvo, invisibles en otras circunstancias, y añadían una niebla sutil que hacía la escena que allí se desarrollaba, todavía más fantasmagórica.
En mitad de la gran habitación, una mesa alargada estaba dispuesta para, al menos, veinte comensales. Vestida con finos manteles de hilo y caros bordados que amarilleaban por el tiempo y lucían agujeros consecuencia de la voracidad de algunos insectos. Los cubiertos de plata habían perdido su brillo debido a la vejez, la falta de limpieza y la intemperie, pero allí seguían, impertérritos testigos del paso inexorable de los años, dispuestos en formación, como solados esperando la batalla.
El blanco inmaculado de la vajilla se había tornado gris ceniciento, como enfermos que no pudieran soportar el peso del polvo acumulado en sus débiles esqueletos.
Por encima de la gran mesa, colgando del techo, una lámpara de infinitas lágrimas de cristal, hacía de puente para que la gran tela de araña que la cubría, pudiera acceder y cobijar al resto de mobiliario situado alrededor.
Y allí, de pie junto a la ventana, la Señorita Havisham, con su raído vestido de novia y el tul decrepito del velo nupcial tapando su cara empolvada y blanca como el yeso, observa la calle con sus transeúntes. Esa a la que renunció hace mucho cuando, todavía joven y hermosa, fue abandonada el día de su boda por su gran amor, ese hombre cruel que la hizo odiar al resto de la humanidad.
De repente, el paso escandaloso de un autobús me hizo despertar. Perdí la conexión con la casa y volví a mi realidad. Me reí y pensé “a veces dejo volar demasiado mi imaginación”.
Pero, al dirigir por última vez la mirada a las ventanas, me pareció ver una mano enguantada que se agitaba despidiéndose.


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