Mi crepúsculo y su amanecer-2

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Antes de ver su figura ya la presiento en la línea nubosa de arena en el horizonte, se enmarca tomando cuerpo único en todo mi objetivo ocular y en su aproximación trae una aureola de mágico relieve fruto de la fijeza de mi mirada.

No viene hacia donde estoy como ansío, se dirige perpendicular hasta alcanzar la orilla de la playa, no hay más de veinte metros de distancia, se sumerge y nada mar adentro con brazadas largas y rítmicas. Cuando ya sólo es una cabecita minúscula en la densidad del mar se vuelve y siento que me mira, que me quiere decir algo. Me abandono hacia atrás sin perderla de vista y percibo como ella inicia la salida de una forma rápida y sin concesiones. Se me para el mundo y sólo ella vive para mí. La veo volver a la orilla, pero esta vez está frente por frente. Cierro incluso los ojos porque no tengo fuerzas para mirarla más. Se me acerca, corta con su imagen y la proximidad los rayos de sol y me pregunta con encanto y cierto descaro - ¿Tienes algo de beber?, olvidé traer…  

Se sienta a mi lado, le ofrezco cuanto tengo, mira sorprendida mi pequeña nevera que viene surtida de caprichos variados, me encanta disfrutar de los pequeños placeres pero también es un arma prevista de seducción. Su expresión es de deliciosa complacencia, adivino que lo quiere todo, hace giros graciosos con los labios a modo de querer caer en la tentación. Durante más de una hora está conmigo. Hablamos de todo y la veo interesada, siento que coquetea y se me envalentona el hombre joven que aún queda en mí. Disfruta de mis viandas caprichosas con manifiesto deleite. Me siento feliz.  

Desde bien temprano la espero en la playa echado en la hamaca, provisto de todo aquello que pienso que puede complacerla. La espera se me hace eterna, desespero, me armo de paciencia, leo sin poder concentrarme, miro una y otra vez hacia el lugar por donde debe aparecer y el tiempo queda colgado moviendo con una lentitud hiriente las manecillas del reloj. Cuando pienso que ya no vendrá su silueta se enmarca en el horizonte provocándome una aceleración en mi ritmo cardiaco. Cierro los ojos y apoyo la cabeza hacia atrás intentando conseguir calmar mis ansias de ella, me controlo para no dar rienda suelta a los sentimientos que me afloran con vehemencia juvenil.

Cuando la presumo a corta distancia la miro y observo, su andar es pausado y cadencioso, cubre su cabeza con una gorra naranja con visera y su melena se levanta en rizos dorados. Está tan cerca que puedo definir sus rasgos, sus ojos están perdidos en la lejanía y sus labios gordezuelos se muestran contraídos. Me apercibo, que sus pasos no la dirigen hacia mí, sino que la llevan directamente hacia la orilla. Allí se descalza y sigue andando con un gesto de placer que asocio al suave oleaje que rompe a sus pies. Espero su mirada y que esboce ese gesto suyo entre pícaro y zalamero que tanto me gusta. 

Está a mi altura y aún no me ha mirado, pienso que quiere sorprenderme, pero prosigue su marcha imperturbable, no se da por enterada de mi presencia. Me conciencio de que me obvia de forma manifiesta. Su cabeza erguida es como una provocación, anda marcando cada paso con poderío, se sabe por encima de mí, se me encoge el alma, la sensación es dolorosa.

Quedo perplejo, sufro el desconcierto de lo inesperado, toda la ilusión acumulada se esfuma, se me queda sólo un vacío que no controlo, el don Juan de cartón piedra que me he construido se rompe en añicos. 

Tengo cincuenta años, una larga experiencia en relaciones con otras personas, pero no he adquirido aún el antídoto a este veneno nuevo que, si bien, no puede acabar con mi vida me produce un escozor profundo y persistente.

Aún me queda por sufrir algo más, ya que al rato aparece acompañada por un hombre alto y delgado, le sigue a medio metro de distancia, cuando llega a mi altura me dirige una mirada ausente. Siento como la misma pasa a través de mí y se pierde en la lejanía. En esta ocasión, sin embargo, percibo en ella una tristeza, que no puedo evitar hacer mía, la sigo con la vista hipnotizado, mientras, la desesperanza me muerde las entrañas. 

Al día siguiente hago las maletas y emprendo el viaje de vuelta, me quedan aún cinco días más de vacaciones pero no quiero lamerme las heridas en estas playas, prefiero volver a mi escondrijo urbano, leer hasta la extenuación, comer el menú diario de mi amigo Federico e intentar olvidar que existen hembras así.

 


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