Atraco camino al supermercado.

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Ayer por la tarde fui a comprar porque no había comida en casa, y hacía tres días que no tenía nada para comer. Pensé que no correría peligro porque aún lucía el sol. Llegando al supermercado, una perfumada mujer se me acercó hábilmente por detrás y me metió las manos, incompresiblemente, en mis partes; hasta llevarme a la callejuela que hay detrás de los bloques amarillos, camino al supermercado. No pude decir nada porque el fuerte aroma a perfume entró en boca y nariz, dejándome grogui. Me dio un abrazo como el del oso, reteniéndome y aplastándome brazos y cabeza contra la empercudida pared de la estrecha calle. Me di cuenta que la mujer en cuestión tenía grandes senos, porque los sentí en mi espalda, una sensación, en efecto, formidable. Todo sucedió rápidamente y nada pude hacer para librarme. Imaginé que tendría una cara formada por enormes manchas marrones y horribles llagas infectadas, pero el aliento no me decía eso, porque el aliento y el olor corporal olía a lavanda, olía a ese clavel solitario que nos encontramos de vez en cuando en un arriate aislado de alguna urbanización costera. Yo llevaba unos pantalones vaqueros, de esos elásticos, y sentí cómo unas manos suaves me recorrían los muslos. Apretaba sus duros pechos contra mi espalda, con fuerza. Su humedecida boca recorría la parte posterior de mi cuello y murmuraba faltonamente: << Puto >>, << zorrito joputa >>, al oído. También me dijo, que si no me quedaba quieto me quemaría los huevos, sin ningún tipo de miramientos. Era la una de la tarde. Me tenía inmovilizado y yo daba por hecho que me iba a violar. Me martirizó con palabras vulgares y soeces. Yo le dije que no se preocupara por nada, que haría todo lo que me pidiera. Me quitó el dinero, una cadenita preciosa de oro con un Cristo monísimo que yo tenía en mi cuello colgado, el teléfono móvil, el reloj…Me quitó hasta una piedra pequeña que me encontré una vez en la playa, que yo siempre llevo encima ¡me arrebató mi simbólica y amada piedrecita, la sabihonda mujer! Empecé a temer de manera lógica y realista, que corría peligro. Ella tenía unas condiciones físicas tremenda…Se percibía que estaba entrenada. Con un movimiento impresentable me puso de rodillas y me dijo sentenciosamente: << cómeme el coño zorrito mamón >>. Le comí el coño velludo, el cual, curiosamente, olía a hojas silvestres ¡magnifico olor! Empezó a llover y se fue, yo levanté la cabeza para ver cómo desaparecía por la bocacalle. Aquella misteriosa mujer, vestía una chaqueta “Adidas”, falda de licra y zapatillas de deportes “Asics”. Yo me fui a mi casa escupiendo pequeños pelitos negros de coño que permanecieron en mi boca, con una sensación agridulce. Al final no hice la compra, puesto que me quitó el dinero ¡la muy lista!


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