MIRANDA LIBRE Parte 8

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Salió del albergue con sigilo, ocultándose entre las sombras y se refugió en la arboleda que rodeaba el recinto. Allí se acurruco pegado a un viejo tronco de abedul, sollozando con sus manos en la cabeza. Su mente no podía asimilar tanto caos de una vez, nadie está psicológicamente preparado para esa situación. De su mente, sólo brotaban recuerdos de sus pequeños jugando en el comedor de casa, mientras Miranda cocinaba algo de cena. 
Quería abrir sus ojos, y verlos acercarse a él como si nada hubiese ocurrido, sonreía con los brazos abiertos mientras Miranda le correspondía levantando su mirada como siempre le gustó a Sebastián, y se acercaba con los gemelos de la mano entre risas. Después, todo se desvanecía poco a poco, difuminado por las últimas llamas del incendio. Despertó de su ensoñación y lo vio con total claridad. 
Todo comenzó el día que los desahuciaron de su casa. Y el verdadero culpable de sus desdichas, no era otro más que el malnacido director del banco: Alberto Cortázar. 
Ahora tenía un propósito en la vida, vengar la memoria de Miranda y sus hijos. Sabía cuál era su cometido, veía con toda claridad que aquel monstruo tenía que pagar con su vida por todo lo que le había arrebatado.
Movido por la venganza, recordó lo que su paisano le dijo el día anterior. 
Ese día, sabía dónde estaría el director del banco, al menos toda la mañana. Recordó que tenía previsto acudir al tanatorio a velar a algún familiar. 
Se dirigió hacia el Nervión y de camino cogió de unos tendederos unos pantalones limpios y un polo, se bañó en el río y se fue caminando hacia el tanatorio. No sabía que iba a pasar, que haría cuando lo tuviese enfrente, solo pensaba en vengarse, pero ni cómo ni con qué. 
Cruzó las calles del centro y pasó junto a la terraza de un restaurante, que debió cerrar tarde y habían dejado un par de mesas de un lateral, aún por recoger, dejando los servicios encima. Esa circunstancia la aprovechó Sebastián y cogió uno de los cuchillos sin saber muy bien que iba a hacer con él, ni si sería capaz de hacer algo así. 
De todas formas, lo escondió y se alejó de allí a toda prisa.
Llegó pronto a las inmediaciones del tanatorio municipal, tuvo que esperar largo rato que abrieran las puertas. Eso le hizo meditar sobre ello, y le sobrevino una punzada en el estómago.
Entró en un bar próximo y le pidió algo de comer al barman, que se apiado de él y le sirvió, algo de café y un bocadillo. Allí pasó bastante tiempo dándole vueltas a sí lo haría. Una cosa es desear que alguien muera, y otra muy distinta es matarlo fríamente. 
Aun teniendo motivos más que suficientes y desearlo con todas sus fuerzas, ¿tendría las agallas para clavarle aquel cuchillo en su corazón?
No lo sabría hasta tenerlo en frente. Así saludó al buen y samaritano camarero, le agradeció el tentempié y marchó de allí. 

El tanatorio ya tenía abiertas las puertas, una multitud con la que Sebastián No había contado, se congregó en el interior. Don Alberto era una persona muy influyente en la ciudad, y muchos quisieron acercarse y mostrar sus condolencias por la triste pérdida.
Eso lo aprovechó Sebastián, para inmiscuirse entre los asistentes y poder llegar a don Alberto. No temía que lo capturasen, o que alguien pudiera impedir lo que había venido a hacer. Nadie podía imaginarse que lo que iba a ocurrir, y aprovecharía la sorpresa en su beneficio. 
Finalmente dio con él, al fondo de un salón contiguo a donde se exponía el supuesto féretro. Nadie se extrañó de su presencia, puesto que muy pocos se conocían entre sí, la mayoría eran, allegados, empleados y amigos de la familia. 
Se acercó dando rodeos, pues lo último que quería, es que aquel desgraciado descubrirse sus intenciones, y perder la ocasión de saciar su sed de venganza. 
Consiguió acercarse lo suficiente como para oír la conversación que mantenía con alguien que parecía conocerlo bien:
-Alberto, sigo sin entender como pudo sucederle algo así. En plena juventud. 
Con toda la vida por delante, y alguien como él, con esa vitalidad, que siempre se preocupó por hacer feliz a los demás, más que de él mismo. ¿Cómo pudo resbalar por aquel acantilado, es que no había nadie cerca de él? Y don Alberto cabizbajo asentía sin apenas poder decir nada.
- ¿Si me fuese hecho caso? Siempre le ofrecí la posibilidad de trabajar en nuestra entidad, pero siempre lo rechazó. Me decía que había nacido para difundir la palabra de Jesús, y que nada cambiaría su vocación, que era feliz allí, en los Salesianos, con ellos tenía sentido su vida, enseñando a nuevas generaciones la doctrina y formándolos. ¡Hay Julio, con lo bueno que era mi hijo, ¿qué voy a hacer sin él?
-A propósito, ¿No ha venido nadie de la congregación a velar por su alma? Siendo tú hijo religioso y profesor de sus chavales. 
-No me han dado explicación alguna, solo me dieron sus condolencias por teléfono se excusaron de presentarse aquí, No sé por qué. 
A todo esto, Sebastián escuchaba con cautela la conversación entre los hombres, eso le produjo la controversia de si realmente ese hombre ¿merecía morir a sangre fría? De pronto se levantaron y los vio salir a un patio lateral, por la puerta contra incendios, donde algunos salían a fumar. Al ver aquel cartel con el símbolo de una llama, le nublo el raciocinio y salió decidido a acabar con su vida.
Abrió de par en par las puertas y se dirigió hacia él, metió su mano en bolsillo y agarró con fuerza el cuchillo que escondía. Apretaba sus dientes y estaba rígido mientras se acercaba a su objetivo. Lo tenía apenas a dos metros, era ahora o nunca, llegó la hora de la verdad y dejó su mente en blanco. No cabía otra cosa que acabar con su vida. Hizo el gesto de sacar el arma blanca cuando alguien detrás suyo gritó:
-¡Don Alberto, te lo debía, por todo mi barrio!
Sacó un pequeño revólver de calibre 38 y lo disparó sobre el cuerpo de don Alberto, hasta que vacío el tambor, mientras el poderoso Alberto encajaba las balas con cara de incredulidad y miedo, viendo su cuerpo como un queso gruyer, consumiendo su último aliento de vida, sin entender que había pasado. 
Mientras tanto el tanatorio era una locura, todos corrían para salvar su vida, desalojando el recinto precipitadamente fuera del alcance del pistolero.
En ese momento aprovechó Sebastián para salir de allí entre la multitud y huir de la escena del crimen. 
Caminó sin dirección, sin dónde ir, sin pensamiento alguno. ¿Qué había ocurrido allí? ¿Quién era aquel inoportuno individuo que vacío el arma sobre su víctima?
Al cabo de unas horas, se encontraba en los astilleros, junto al muelle de carga, miró a ambos lados y se coló dentro de un carguero, buscó un lugar donde dormir y se escondió de todos y de todo. 
Debió dormir al menos dos días seguidos, hasta que una voz lo despertó:


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