Prohibido usar las manos

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Diego me gustaba mucho, era puro fuego cuando estábamos solos, pero también era como un témpano de hielo si estábamos con gente que nos conocía alrededor y eso me confundía mucho, pero no hacía preguntas solamente disfrutaba lo que me daba, así, sin compromisos, ni preguntas, sin futuro.

Cuando salimos del bar yo estaba completamente excitada al igual que él, así que el siguiente lugar a dónde iríamos sería al hotel de siempre. Empecé a caminar por el pasillo hasta que llegué a la puerta del cuarto, Diego se acercó por detrás sosteniendo la perilla sin abrir la puerta mientas me hacía sentir su erección en las nalgas, besaba mi cuello y mordisquea mi oreja derecha. Mi respiración se agitaba, mis pezones se ponían duros por enésima vez en la noche.

Nuestros juegos siempre tenían un poco de perversión y es que en ese aspecto nos entendíamos muy bien y tanto Diego como yo nos divertíamos.  Ni bien entré en la habitación sabía que esta vez sería yo quien lo haría sufrir.  La última vez me torturó con un juguetito.

En una esquina había una mesa y a su lado dos sillones mullidos con respaldo. Diego se sentó en uno mientras habría una botella de champan para luego servir en las copas, yo me senté en su pierna izquierda mientras le desabrocha la camisa para poder besarle el pecho.  Lamí sus pezones y luego se los mordí cuando su mano me apretó contra su pecho. Luego me paré delante de él y le pedí que me ayudara con el cierre de mi vestido me quedé en ropa interior, sabía que la de color rojo era su favorita y finalmente me senté en el otro sillón colocándolo frente a él con mis piernas a cada uno de los costados de las suyas mientras tomaba de mi copa de vino y lo miraba sonriendo.

No pronunciamos ninguna palabra. El aire se tornaba espeso y la luz de la lampara que nos iluminaba desde un rincón le dada un aire romántico a nuestra cita.  Su mirada hambrienta y sus manos traviesas me quemaban cuando empezó a acariciarme las pantorrillas subiendo por las rodillas hasta llegar a los muslos y que se deslizó por detrás aparentándome las nalgas y acercándome hacia él quedando yo sentada sobre las piernas de Diego con el pecho erguido y mis tetas prácticamente en su cara.

-¡Salud! -Me dijo con una sonrisa de medio lado que me hizo temblar.  Bebimos de nuestras copas y él no dejaba de estudiarme con la mirada.  -Esa carita de ángel no me va a confundir, sé que me harás pagar por lo que hice la última vez así que adelante, soy todo tuyo.   -Su sonrisa me confundía al no saber si era un reto o un pedido.

-La verdad no tengo pensado nada, todo se irá dando en el camino lo único que te puedo decir es que quiero tus manos en los brazos de la silla y que no puedes tocarme mi acariciarme.  -Diego sonrío. 

-Vas a terminar rogando que te toque, pero si quieres jugar de ese modo por mí está bien.  
-Ja. -Respondí. 
-Abril te mueres de ganas porque te toque, tu calzón está empapado, estás sentada sobre mis piernas puedo sentir cuando contraes los músculos de tu vulva y hasta aquí puedo oler tu aroma de mujer que me vuelve loco y solo deseo sumergirme entre tus piernas.

Escuchar lo que me decía era una mezcla de emociones por una parte aceptar de que, si estaba muy excitada y por otra que él estuviera seguro de eso, me ponía en desventaja.  Pero este era un juego y aproveché que yo estaba encima de él, sin decir nada descendí mis caderas y restregué mi vulva contra el bulto en su pantalón. Diego cerró los ojos cuando sintió que me frotaba y sus manos se acomodaron en mis caderas para guiar mis movimientos a su conveniencia y placer.  Dejé que lo disfrutara por un momento   mientras jadeaba en su oído.

-Mmm.   

Una vez que lo sentí perdido me alejé de Diego sentándome nuevamente en mi sillón frente a él para ver como desabrochaba su pantalón que ajustaba su gran erección. Mmm tenía el asiento en primera fila para ver esa punta dura, brillante y roja que me mostraba amenazante y la cual estaba empapada Diego empezó a acariciarla de arriba abajo mirándome a los ojos y provocándome.  Sin darme cuenta me estaba lamiendo y mordiendo los labios.  Ya con la seguridad de que la deseaba, la tomó con su mano derecha y la apretó haciendo que saliera más líquido. 

-¿Quieres sentarte aquí?

-No. -Respondí. 
Diego sonrío tal vez porque entendió que lo que yo quería era probarla y lamerla.  Me estaba provocando tal vez con la intención de llevar él el mando.  La sangre me hervía y puedo jurar que nunca en mi vida había estado tan excitada como ese día.  Me quité la ropa interior y me volví a sentar en las piernas de Diego con las mías completamente abiertas y mostrándole mi sexo empapado sin ningún pudor. 

-A ver mi amor recuerda que puedes hacer de todo menos tocarme con las manos.  -Asintió Diego tragando saliva.  Me hice en el pelo una cola, me acerqué y lo besé tiernamente respirando despacio y mordiéndole los labios mientras que mi vulva chorreante se frotaba contra su punta caliente.  Empezamos a jadear y cuando sus manos me apretaron las nalgas me alejé de sus garras.

-No, nada de manos.  -Le recordé.

-Como tú mandes.  -Tomó la botella de champan y me llenó la boca con el líquido hasta que rebalsó y empezó a caer por mi cuello, pecho, ombligo hasta que un pequeño chorro me mojó el clítoris.  -Ahh. -Grité y mis uñas se clavaron en el brazo de Diego, quien sonrió complacido.  Me mordió el pezón izquierdo y me hizo gritar nuevamente.  Se levantó y conmigo encima caminó hasta la cama, me colocó en una de las esquinas con las piernas totalmente abiertas y vertió un chorro de champan en mi vulva procediendo a beberlo desde ahí.  Su boca absorbía, me besaba, me comía y me empecé a mover buscando el placer.  Sus dedos me abrían los labios y exponían mi clítoris hinchado y rojo el cual devoraba hasta que se detuvo justo cuando estaba a punto de venirme.

-Voltéate.  -Le obedecí y al instante me clavó.  Su miembro me abría y yo podía sentir todas sus venas recorriendo mi interior.  Los cuerpos sudorosos se sacudían al pie de la cama; cuando le movía las caderas en forma circular se estremecía y cuando sus bolas me golpeaban el clítoris yo gritaba.  Sus manos me apretaban las nalgas, las rasguñaba y me atraía a él, tratando de entrar hasta lo más profundo, tratando de romperme en dos y yo ajustando tanto los músculos de mi vagina para atraparlo y que no saliera jamás. El placer nos envolvió y explotamos, terminando jadeantes, él encima de mi cuerpo.

-Y sin usar las manos hasta el último momento.  -Dijo antes de caer dormido.

  


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