Una más... La rusa

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En mí todo es manifiesto, porque soy de natural espontáneo. No me ando con tonterías, pero si tengo que hilvanar lo hago con hilo de seda. En este instante estoy rematando el cocido que me ha puesto la buena de Irene (la cocinera) y que lo hace con ese sentir malagueño que tanto me gusta. Ha dejado para el final una pequeña fuente llena con los ingredientes fuertes y pan abundante para una buena “pringá”. Elijo sólo panceta que es grasa a un treinta por ciento, deliciosa de ver y exquisita al paladar. Enfrente mía está la joven de turno una rusa de labios prominentes y ojos de color zafiro intenso (huelga entrar en más detalles porque sólo en lo dicho tengo fija ahora la imaginación). Ya sé cómo me la va a engullir golosa y al completo. La saboreará haciendo giros expresivos y sonoros sobre su parte noble. También zarandeará con movimientos suaves mi parte descolgada y lo hará con abandono, pero haciéndome sentir cada centímetro de piel. Aún con los ojos cerrados adivino su mirada para advertir dónde estoy. Le fascina saberme deseoso y espera un mínimo gesto mío para levantarse como una pantera. La sigo disfrutando un poco más en la imaginación antes de dejarle que lo lleve a la práctica. A Irene Ia imagino expectante, aunque lejana, ella sabe lo que vendrá después, pienso que también dejará correr su imaginación. Supongo que recordará, que hace sólo unos años era ella quien se arrodillaba para engullir algo que ahora le es vedado. Entreabro los ojos, veo como ahora luce el sol de forma hegemónica y se mece en el agua de la piscina. Admiro como sus rayos se enredan en giros infinitos sobre el jardín y mi imaginación vuela. Al fondo suena la voz de la Caballé (pletórica y deliciosamente única). Alargo el instante un poco más. Otra joven anterior acostumbraba a sentarse a mi lado y se abría generosa para que percibiese al tacto como fluía su deseo al compás de mis caricias. Recuerdo a una pequeña argentina que me servía de fuente calmando mi sed de lujuria en su deliciosa concha. Me abro en el recuerdo a tantas experiencias pasadas que no sé si quiero dar el siguiente paso. Aquella costurera malagueña que decía siempre no a que entrase por ese otro lugar suyo y luego aullaba de placer. O la chica de ébano, delgada y sutil, que se sujetaba con los pies en el cuello como en una liana y se abandonaba echándose hacia abajo colmándose de mí. Hubo una oriental también que acunaba mis pies en sus senos y me los lamía con fruición, nunca tuve la capacidad de decirle basta. Me levanto y siento como se me yergue libre, altiva y soberana, no tengo que decir nada, se inicia por sí mismo el proceso. Los pasos de la rusa ya me siguen detrás. A ti lector te toca decir ahora, tan solo… Buen provecho.


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