Fascinado con mi Ángel (2)

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2.  Conociéndonos.
Me recibió con otra deslumbrante sonrisa y me tendió una mano, mientras me recorría con su mirada desde el rostro, pasando por el pecho, abdomen, mi sexo, donde se detuvo discretamente a observar la discreta protuberancia, hasta los pies.  Ese sería el mejor saludo en esas circunstancias; nada de abrazos, pues no éramos antiguos conocidos; nada de besos en lugar público.  Le agité suave y tiernamente su mano, tanto que le saqué un leve gemido de placer.  Me turbé con ello, pero me sacó del trance con un “¿Cómo estás?  Te esperaba ansioso”. Eso rompió el hielo; eso me sacó de todas mis vacilaciones.  Le pedí dirigirnos a las escaleras y me preguntó a dónde iríamos.

–No sé.  Yo andaba sin rumbo fijo y no conozco esta zona.

–Será creerte lo del rumbo; llevabas uno muy definido y lo cambiaste para encontrarme.  Yo, en cambio, sí sé muy bien a dónde voy, pues vivo allí cerca.

–Pues bien, tú que conoces el sitio me vas a sugerir un buen lugar para tomarnos algo.

–En la placita anexa a la estación hay dos cafecitos acogedores y con buena oferta.

–Decidido.  Conversaremos al calor de un aromático café.

La tertulia en el café fue algo más que gratificante.  Aquella bella persona era, además, inteligente y de rico manejo de la conversación, aunque usaba muchos diminutivos.  Tocamos todos los temas y no nos tocamos ni las manos; nos respetábamos uno al otro.  Encontré coincidencias conmigo en sus gustos literarios y artísticos y en sus apreciaciones políticas; también coincidíamos, aunque no del todo, respecto al gusto musical.  En algún momento, caímos en cuenta de que no nos habíamos presentado mutuamente; no sabíamos nuestros nombres; cuando me dijo llamarse Ángel, di gracias al cielo por haberme enviado ese ángel y le disparé mi extraño nombre: Leonardo, el amo de los Sabbats; demonio del Primer Orden. Tras un estremecimiento, soltó una risotada.

Bueno, ángel y demonio hicimos buenas migas, intercambiamos números telefónicos y hasta algunas fotos y quedamos en encontrarnos de nuevo el sábado por la tarde en otro café, en el centro de la ciudad, donde se degustaban exquisitas cervezas y deliciosos pasabocas.  Cuando nos despedíamos ya en la puerta, me llevó unos pasos más allá, donde, al refugio de un árbol corpulento y una gruesa pilastra de anuncios, me obsequió un fugaz beso en la mejilla, que le correspondí igualmente, y salió raudo hacia su casa cercana.

Así quedó sellado el ardoroso pacto de amistad entre los dos desconocidos.  Estuve contando los días que se me interponían ante el deseado sábado; en el trabajo me decían que me veían extraño; “es este calor sofocante”, yo les respondía.  En mi apartamento de solteros, me reclamaban porque súbitamente dejé mi locuacidad; “estás enamorado”, y yo reía.

(Continuará)


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