La morita (1)

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Al marchar me llevo una sensación de vacío tremenda, soy consciente de lo mucho que represento para los que dejo aquí y que la distancia no nos va a venir bien a ninguno.

Ya embarcado soy otro, mi pensamiento me lleva a la costa malagueña, mil pensamientos y deseos se van abriendo transformándome en otro. 

No tengo ningún propósito concreto, no sé cuáles serán mis primeros pasos, voy totalmente abierto y disponible. 

El trayecto es breve pero estoy demasiado atento a todo, las mujeres me llaman poderosamente la atención y enseguida me hago con lo que me interesa. 

Una mujer francesa de mediana edad está pendiente de mí, tiene nalgas consistentes, habla francés marroquí, debe llevar tiempo viviendo aquí, intenta llamar mi atención y lo consigue. Estoy pendiente de sus movimientos, pero de pronto me fijo en una joven marroquí que me mira con descaro. No es muy guapa, pero tiene encanto en los ojos, le acompaña una mujer con una diferencia de años notable pero no es su madre, pueden ser hermanas. 

Es delgada, pero tiene una bonita figura y la otra es rellenita y viste de forma descuidada. Me muevo en la curiosidad entre la joven y la francesa. Esta última es consciente de que me tiene pendiente de sus gestos. Hace varios amagos y al final se decide a salir a cubierta, pero antes de hacerlo me mira, parece invitarme a seguirla. Entro en la indecisión, no es momento para iniciar nada y me invade la pereza. Cuando un rato después salgo cansado del viaje y del olor a falta de higiene de los que me rodean, ella, ya está en animada conversación con dos jóvenes europeos de complexión atlética. 

Me voy a la única parte solitaria y me recreo haciendo planes para cuando llegue. No me apercibo hasta que me habla, de la joven marroquí que antes me miraba fijamente y que ahora está a mi lado. Se dirige a mí de forma directa, me dice que de niña me veía mucho en “Omar” (me habla en marroquí dando por hecho que lo entiendo), se refiere a un cafetín situado cerca de la oficina en donde solía desayunar con Ángel Luís, un amigo vasco. 

Me llama la atención, le digo que efectivamente iba mucho a ese lugar pero que de eso hace ya algunos años. Sus ojos son vivos y penetrantes, de cerca resulta más interesante, quizás por su forma de hablar sin complejos y la suave contundencia de sus caderas (le presumo un culito redondo y empinado que me lleva al interés). 

Me dice que tiene grabada mi imagen desde entonces, que me hacía señas desde la calle y yo le respondía de una forma simpática. Le gustaba verme allí e incluso llegó a venir con algunas de sus amigas para que me vieran. Me veía mayor, pero era para ella como un actor de cine. 

Me sorprende oírle decir esas cosas, incluso recuerdo a una chiquilla muy morena a la que veía mucho pero que no me llamaba especialmente la atención. 

Me interesa su conversación, me cuenta que van de paso a Málaga, que la acompaña su hermana mediana, que le lleva quince años, que tomarán de madrugada un avión que les llevará a Holanda, donde trabaja su hermana mayor. 

Es una joven muy abierta y espontánea, gesticula con la suavidad de una danzarina. Le pregunto en dónde pararán en Málaga y me dice sin pudor que en la calle, le digo que son muchas horas y hace un gesto quitándole importancia. 

Me las imagino deambulando solas y me sensibilizo, le digo que tengo una vivienda alquilada en el centro, que si quieren pueden parar allí y descansar hasta que tengan que marchar. 

Ríe complacida, le encanta la invitación, no esperaba tanto del encuentro, me dice que se lo va a decir a su hermana y se mueve con rapidez. Vista por detrás tiene un andar vistoso y efectivamente su culito se levanta haciéndose notar.

No tarda en aparecer con la hermana, la diferencia entre ambas es bien notoria. La mayor es más retraída y desconfiada, viene a asegurarse, no tiene clara mis intenciones. Me cuesta bien poco convencerla de mi falta de malicia, le explico simplemente que no me parece adecuado que estén tantas horas solas en la calle. Me aclara que es porque andan justas de dinero y que además no será toda la noche, que salen sobre las 6´30 h. y deben estar en el aeropuerto una hora antes. No tengo que insistirles mucho para que accedan a estar en casa hasta la salida del avión.

Desembarcamos juntos, estamos muy cerca y llegamos rápidamente a la vivienda situada en la Alameda Principal. Llevamos poco equipaje, ellas una maleta cada una y yo una bolsa deportiva, no he querido traer prendas de vestir, quiero comprar aquí todo lo necesario. Me apetece tomar distancia de Marruecos, es cómo empezar una nueva vida, darme otras oportunidades, intentar cambiar la rutina de antes. Parece como si no estuviera contento conmigo mismo, también es que siento como pasan los años. 

La persona con la que he concertado el alquiler por Internet me espera en el portal, es un hombre negro de unos sesenta años, es amable y muy sonriente, nos acompaña y ayuda a las chicas con las maletas, en quince minutos hemos terminado, le he firmado un contrato y pagado la cantidad convenida. Al marchar mira a las chicas y me pregunta si son familia, le digo que van a pasar un rato porque salen de nuevo de viaje y su gesto es de desconfianza, diría que no le gusta y aunque no dice nada, ya no me sonríe tan abiertamente cuando se despide.

Azima, la mayor, se muestra cansada y deseosa de un espacio privado. La joven Sadira, por el contrario, está vivaracha y me acompaña a ver cómo es la vivienda. La elegí especialmente por su situación, pero es además amplia y está amueblada con gusto. 

A ella le encanta la cocina porque tiene muchos electrodomésticos, abre cajones y puertas de armarios para curiosear dentro. Al llegar a la habitación grande (la vivienda solo tiene dos), se echa en la cama y prueba si es cómoda. Se ríe con todo pero tiene malicia en la mirada. 

Cuando nos reunimos con su hermana está parlanchina y le cuenta todo al detalle, la otra no se muestra muy interesada, pero cuando les digo de ir a comprar algo al Mercado de Atarazanas, entonces se vuelve diligente e incluso me parece hasta simpática. 


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