Renata y sus calenturas (1)

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Renata está salida, esto es, caliente como hembra en celo, lleva más de tres meses sin hacerlo con su marido y cómo es fogosa, sueña y precisa de unos ciertos empujones. Se humedece tan sólo pensar en un miembro viril en erección. En estas circunstancias no es de extrañar que desde su ventana otee el horizonte en busca de cualquier varón que ose entrar en su área de visión. Sabe que no tiene capacidad de rechazo porque va, lo que se dice, a por todas. 

El joven Carlitos no es consciente, ni por asomo, que venir a la casa de esta mujer conlleva alguna que otra sorpresa. Viene ufano y, como manda la edad, con la mente puesta en muchas cosas a la vez. Toca el timbre con mesura, de forma casi imperceptible, pero esto no es óbice para que la puerta se abra casi al instante. 

La sonrisa franca de ella, en confianza, le facilita la pregunta, 

- ¿Vive aquí Juan Luís?.  -  A ver…, dice ella como pensando, a la vez que le da paso, él lo hace de forma autómata, ya dentro ella le pregunta interesada,  - ¿Juan Luís es un chico delgado, alto, con espinillas en la cara?,  -  Sí, ese, afirma él con resolución. 

Entonces ella le coge del brazo y lo guía hasta una habitación próxima (que hace las veces de sala de estar) se sienta y le ofrece un lugar a su lado, allí empieza a explicarle solicita 

-  Verás, Juan Luís es un chico muy majo, vivía aquí al lado, pero de esto hace unos meses… De súbito corta el relato y le pregunta  -  ¿Te apetece un refresco de limón recién hecho, el joven le responde encantado,  -  Sí, sí, claro, lleva lo suyo andado y la sola mención del refresco le suena muy apetecible. 

Ella desaparece y él, mientras vuelve, se entretiene mirando los nombres de los libros de un estante grande que tiene enfrente y a la vez curiosea a su alrededor. 

Unos minutos después de tan ensimismado no se apercibe de su retorno, la siente por el roce de sus prendas. Huele bien, tanto, que instintivamente busca su proximidad. Ella, mientras le acerca el vaso de refresco, también pone de su parte. 

Uno y otro en conjunción producen el tocamiento, en él no hay malicia, en ella es claro que sí, la mano del joven, que no coge vaso, sin querer se adentra en su parte descarada y el contacto propicia un cambio en su actitud, se le despierta de forma súbita el duende que lleva en los slip quien solivianta al pequeño dormilón que hasta ahora no estaba al tanto de nada. 

Cuando ella se sienta de nuevo a su lado, tan cerquita que se hacen uno, él ya no está tan perdido, mucho menos el de abajo, así que mientras ella prosigue 

-  Como te decía, la familia de Juan Luís tuvo que irse, sabes… Cosas del paro, él asiente atento pero se mantiene callado y con el vaso intacto. 

Ella le ánima a beber y él lo hace a pequeños sorbos. Su atención, sin embargo, la tiene centrada en el calorcito tan agradable que desprende la mujer. 

- ¿Te importa que beba de tu vaso?, le dice ella abriéndose en confianza,  -  No, no, que va, responde él algo desbordado. 

Ella no coge el vaso sino la mano que lo sujeta para acercarlo a su boca, ni que decir tiene que la proximidad es ya más que manifiesta. Como el de abajo se le envalentona el no quiere ser menos y acepta la situación (es fácil de decir porque no he dicho que recién cumplió los diecisiete años ¿a ver cómo actuaría otro en su lugar?). 

La mujer viene sin braguita y lo siente todo alborotado, sus rizos de abajo como tirabuzones tienen ya los aleteos de la necesidad, así que no se anda con muchos rodeos, 

- Estoy muy solita, sabes, mi marido es marinero y lleva meses fuera. 

Mientras habla se le va abriendo la bata como de forma espontánea, lleva debajo la enagua y poco más, a él se le pone cara complaciente, nunca pensó que una tía se le pudiera ofrecer así, pero las cosas son como son. 

La mujer tiene los pezones erectos y grandes como bellotas ¿Qué puedo hacer en una situación así?, se dice para sí mismo a la vez que le responde a ella en un susurro 

- La comprendo, como asumiendo su realidad.  -  Que hombre eres, le suelta ella de sopetón mientras abre del todo la bata a la vez que, coge el vaso (que está a punto de caer) y lo pone en la mesita, lo atrae cariñosa, le da besos en la cara y como él sigue valiente, prosigue por el cuello y cuando llegan al morreo ya la cabeza del joven se apoya atrás y saca el culo para adelante. 

No se puede decir más, es mas que un valiente, así lo entiende ella y ya su mano busca contenido en su bragueta y lo encuentra, quizás no sea todo lo que precisa pero no está para hacerle ascos. Sabe manejarse con una mano y de que forma, en un, plis plas, ya se la ha puesto fuera, 

- Esto, no desmerece, se dice no sin cierta resignación, pasa de besar arriba a besar abajo, se la pone contundente y la lame con preciosismo, pero no quiere latigazos, lo deja en plena madurez.

Le baja rápida el pantalón, se pone sobre él a horcajadas y se la clava a la primera mientras suelta un quejido largo. 

Después, viene un entusiasta arriba y abajo hasta que explosionan, ella por demasiado ansiosa y él por nada experimentado. 

Se quedan quietos, pegados, como imantados, después el calorcito hace lo propio, están tan a gustito que los besos se ponen de parte de los dos. Vuelve el duende en él y en ella el movimiento se hace ritmo de samba, torna ella al arriba y abajo de antes, pero ahora es distinto, está más entregada, le lame el lóbulo de la oreja y le dice todo lo que él quiere oír. 

Mirándoles de frente a ella se le siente en plenitud y a él, con los ojos cerrados, como en éxtasis. Será la primera y última vez que lo hagan allí, en las próximas, que van a ser muchas, los lugares serán otros. 

El tiempo le va a imponer al joven un nuevo itinerario: casa, calle, Instituto y ahora muchas veces… Renata. Ya no se conforma con dejarle hacer a ella, también busca hacer sus cositas, incluso encuentra su otro agujerito donde se siente más prieto y realzado. 

Indaga con todos los beneplácitos de ella, se aviene también a darle besitos en su cueva de rizos negros y aprende a darle aleteos de lengua sobre su bastoncillo mágico. Toma afición a bajarse y ella se lo premia con solos de trompeta que le hacen aullar como a un jefe de manada.


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