¡La siento tan cerca!

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Yo estaba sentado en mi escritorio leyendo noticias cuando apareció quién sabe de dónde, caminó hasta una de las reposeras al otro lado de la pileta de natación y se acostó a tomar sol. No era la primera vez que lo hacía ni la primera vez que yo me quedaba absorto mirando su cuerpo increíble, deseándolo después de uno o dos minutos, imaginándome escenas sexuales entre los dos.

Moví mi silla hasta ubicarla frente a la puerta corrediza y acomodé el telescopio que usaba para observar el cielo nocturno en algo más terrenal. La lámina de protección solar de la puerta impedía ver desde afuera lo que sucedía en el cuarto. Enfoqué con el máximo aumento y me sorprendió verla tan bien, lo cerca que la tenía. Empecé por el cabello pelirrojo, enrulado de peluquería que ahora estaba repartido a ambos lados de su cabeza. El sol había extraído ya algunas gotas de transpiración de su frente y de su labio superior. Sus párpados pestañearon un par de veces y me mostraron fugazmente los ojos verdes que protegían.

Su bikini era minúsculo y sus turgentes senos apenas quedaban cubiertos. Me demoré sobre ellos un buen rato, interrumpido cuando vi que se movían. Observé lo que ocurría sin el telescopio y vi que se daba vuelta para tomar sol de espaldas. Se desató la pieza superior en la espalda, se la sacó y luego entregó su cuerpo a la reposera.

Bajé por su espalda admirando sus caderas y tragando saliva con dificultad al observar lo que la tanga no cubría. ¡Qué cola! Como si hubiera sabido que yo estaba admirándolas, comenzó a aplicarse crema bronceadora en ambas nalgas. Yo me imaginé haciéndolo para ella, suavemente, disfrutando de esa piel y de esos glúteos tipo pera. Fue en ese momento que me percaté de que mi cerebro estaba acusando el impacto de las imágenes y transmitía los resultados a mi pene. Me tuve que mover en la silla para acomodar mi naciente erección. Le miré detenidamente las piernas y deseé tener entre mis manos los pies delicados en los que terminaban, chuparle los dedos de los mismos lentamente, uno por uno.

La observé sin telescopio, así, de cuerpo entero por unos momentos, al cabo de los cuales visualicé que estaba rotando su cuerpo otra vez. ¡Qué senos expuso al sol! (Experimenté un nuevo, inmediato flujo de sangre a mi verga). Volví al telescopio para observarlos en detalle. Obviamente, no era la primera vez que los exponía al sol porque tenían el mismo tono bronceado del resto de su cuerpo. Sus  aureolas podían diferenciarse claramente, más oscuras que el bronceado. Sus pezones estaban en calma. Bajé desde allí a regañadientes porque quería ver su vientre y sus piernas por delante.

Vientre plano, desde luego. No en vano la había visto haciendo abdominales y corriendo. Tenía las piernas ligeramente separadas y me concentré en la unión de las mismas. No era mi imaginación: podía ver los labios de su vulva detallarse nítidamente en la tela de su tanga. (Nuevo impulso a mi pene). Le recorrí las piernas hasta los pies y aparté el telescopio para observarla toda entera. Quedé sorprendido, con la boca abierta, cuando vi lo que estaba haciendo.

Su mano izquierda estaba acariciando sus tetas una a la vez. Sin perder un segundo puse mis ojos detrás de los cristales nuevamente. Se estrujó las tetas varias veces y luego se ocupó de apretarse los pezones. Me di cuenta que yo estaba aguantando la respiración y me obligué a tratar de actuar normalmente. Miré el bulto en mis pantalones cortos y pensé en masturbarme con una mano y maniobrar el telescopio con la otra pero decidí resistir el impulso. No le iba a dar a ella esa satisfacción.

Volví a centrar mi atención en lo que se exponía ante mis ojos. Mientras su mano izquierda continuaba entreteniendo sus protuberantes tetas, su mano derecha estaba en ese momento frotando su concha por sobre la tela de su tanga. “¿Qué otra cosa podías esperar?”, pensé para mis adentros. De inmediato dio el próximo paso: se metió la mano debajo de la tanga y comenzó a acariciarse el sexo sin barreras. Yo me imaginaba sus jugos fluyendo y sus dedos mojándose con libertad. La confirmación llegó pronto. Con toda tranquilidad se llevó índice y mayor a los labios y su lengua les salió al encuentro. Los lamió parsimoniosamente, disfrutando uno a uno, metiéndoselos en la boca. Yo me imaginaba que estaba haciendo eso con mi pija. Una vez que los tuvo limpios los volvió a ocultar debajo de la tanga.

Gracias al telescopio podía observar como su mano se movía verticalmente: toda su concha, clítoris incluido, estaba siendo acariciada por sus dedos. Se llevó la mano a la boca otra vez para deleitarse con sus propios jugos como había hecho antes. Yo me los imaginaba deliciosamente salados y me pasé la lengua por los labios como si los estuviera disfrutando. Para darle un descanso a mi verga abrí mi bragueta y la dejé  libre. La erección era fenomenal y podía sentir y ver las pulsaciones de mi miembro. Empecé a preguntarme si sería posible que fuera a tener un orgasmo espontáneo. Indudablemente mi excitación seguía creciendo a medida que observaba lo que ella hacía.

Cuando clavé mis ojos en la pelirroja después de haberme distraído con mi calentura y mi pija, ya tenía la tanga por las rodillas: ¡se estaba desnudando ante mis ojos! Terminó de hacerlo, volvió a recostarse con las piernas abiertas y se puso bronceador en todo el cuerpo. Ni un vello quedaba alrededor de su sexo que, gracias al telescopio, podía ver con claridad. Recomenzó las caricias manuales de su clítoris y los labios de su concha. ¡Cómo me hubiera gustado estar allí para lamer, acariciar y chupar!

Observé cómo metía en su concha primero un dedo y luego dos, sin desatender ni sus tetas, ni sus pezones, ni su clítoris. Obviamente, estaba decidida a llegar hasta el final, a provocarse un orgasmo. Sin apurarse, mantenía el ritmo constante de caricias y penetraciones. Yo hacía lo imposible por controlarme, temía hasta mirarme la pija. Finalmente su cuerpo se arqueó, separándose de la reposera y, aunque no lo escuché, estoy seguro de que gimió con placer aprovechando su soledad. Su boca estaba abierta. Siguió mimando su concha provocándose más orgasmos y emitiendo más gemidos. Yo también gemí de placer porque mi verga no aguantó más y lanzó un chorro de semen que aterrizó en mis shorts. No los conté, pero creo que fueron cuatro los estremecimientos que sentí, sentimientos que largaron más leche sobre mis pantalones.

Cuando abrí los ojos la pelirroja se había levantado y le estaba dando la vuelta a la pileta. Llegó a la puerta corrediza, la abrió y se dirigió adonde yo estaba con una sonrisa perversa.

- Pajero, – me dijo mientras me besaba metiéndome su lengua en mi boca y cubriéndome después la cara con su tanga mojada en sus jugos salobres – te aseguré que te podía hacer eyacular sin tocarte. Sígueme: ahora tienes que pagar la apuesta que perdiste.

Sonreí debajo de la tanga y pensé: con esta pelirroja nunca pierdo, aún perdiendo.

 


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