La putita del sargento

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El sargento Contreras era un andaluz maduro, soltero, con cara de pocos amigos, listo por demás, cumplidor sobrado de sus obligaciones y poco dado a las zarandajas. Un hombre sobresaliente pero sin grandes pretensiones. Me eligió como ordenanza suyo y de tres sargentos primeros más, todos ellos de más edad y con familia. Envidié y de qué forma, a los asistentes de los oficiales, porque ellos tenían sólo una familia a quien servir y yo llevaba tres familias y al sargento Contreras, que no era labor, ni fácil, ni recomendable a timoratos. Tenía que ingeniármelas cada día para no entrar en dificultades con las esposas de mis suboficiales, todas ellas celosas de las otras y prestas a detestar privilegios y a machacarme por ello. En el reparto de fruta, había que ser justo y equitativo en cantidad y calidad. En el consumo de abastecimiento equilibrista en el género y en el tiempo proporcional de cada una. En todo esto, además, había que andar listo y fino, porque ninguna era directa, se valían de “sutilezas", si el fruto estaba verde, cualquiera de ellas me decía - Me ha parecido ver que los había más maduros. No podía entrar al trapo, cualquier excusa que diera servía tan sólo para iniciar una serie de réplicas, en las que se enumeraban otras desigualdades reales o presumidas. Enfrascarse en disculpas escalonadas era entrar igualmente en arenas movedizas, mejor ni probar. Mis respuestas nada tenían que ver con el hecho, entraba en un juego de adulaciones, sonrisas, juegos de palabras, todos menos discutir. Acabé siendo un artista en el disimulo y la risa fácil, era un perfecto lame culo. 

Cuando mi Sargento entraba de guardia, lógicamente me refiero al Contreras, los demás eran sargentos primeros, don Antonio, que así se llamaba de nombre, preparaba ésta con la antelación necesaria que requería tal circunstancia. Se pasaba dos días antes por la “Casa Antonia” y advertía a Sonsoles (su puta fija), que ese día en concreto tenía que subir al cuartel a una hora convenida y pasar la noche de guardia con él. Esto ocurría aproximadamente cada treinta y tantos días, era la única obligación en la que se permitía concesiones. A los otros suboficiales de guardia, les venían a acompañar otros compañeros y solían hacer timbas de cartas con pequeños incentivos económicos. En el caso del Sargento Contreras todos sabían que subiría su putita y por tanto, nadie se atrevía a aparecer una vez ésta traspasaba la puerta lateral, que era por donde el centinela de guardia (que tenía orden expresa) le daba acceso al recinto acuartelado. 

Yo era el encargado de recibirla y hacerla llegar hasta el pequeño recinto o dependencia en donde éste cumplía su servicio (él estaba a cargo de todo el personal subalterno del cuerpo de guardia, bajo la autoridad del Capitán de cuartel, que era quien asumía la responsabilidad de todo). Una vez ella dentro me cabía la carga de mantenerme ojo avizor, para que nadie y digo nadie, traspasase la línea o espacio de su intimidad. Ninguna persona, animal o cosa podía distraerle de sus ocupaciones. Debo aclarar, que en el cuerpo de guardia todos eran conscientes de dicha circunstancia y en muy pocas ocasiones tuve que advertir a nadie de tal hecho. A lo sumo, algún Capitán se acercaba y me hacia un gesto de cabeza para saber si ya había llegado, creo que les complacía saber que ya estaba en pleno proceso amatorio. Si les hubiera invitado seguro que más de uno se habría sentado a mi lado para disfrutar de la escena.

Asumí la obligación con autoridad y disciplina, me marqué exigencias, me impuse ser lo más efectivo posible. Para ello, sentado ante la puerta semicerrada, estaba al loro de cuanto ocurría dentro y fuera del espacio amatorio. Desde el primer día observe que entre Sonsoles y Antonio existía una relación mas allá de lo habitual entre puta y cliente. Tenían una confianza manifiesta, ella le comía la polla y cuanto le pidiese, pero él no le iba a la saga, vamos que se comían bien ambos. Sonsoles tenía una pelambrera negra rizada allá abajo y mi sargento la apartaba con maestría y metía su bigote fino de por medio y la hacía aullar como loba en celo. Desde que empezaban los primeros escarceos hasta la traca final estaba yo en plena erección, sin poder liberar la presión y atento además, de que nadie en la distancia se apercibiera de ello.

El Contreras (con la polla al aire huelga lo de sargento) no tenía un arma de calibre y dimensiones muy militares, pero en cuanto a estrategia, tesón y resistencia lo era por demás, podía estar el tío follando toda la noche sin poner un pero, la cogía por abajo, por arriba, por detrás, resultaba agotador mantenerme atento y en alerta. Antes de amanecer cuando daba él por terminada la contienda le soltaba dentro de donde fuera, no tenía lugar predeterminado, todo lo que había acumulado en sus repletos cojones. Entonces ella se mostraba concienzuda en su limpieza y en la de él. Cuanto mimo le ponía y yo en un estado de claro agarrotamiento. 

 


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