La doctora Dasiro (1)

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Dos niños asiáticos me reciben en la entrada, me cogen de las manos y me llevan a un lugar oscuro pero con un ligero resplandor naranja simulando una puesta de sol. Se oyen voces de críos jugando en la distancia y un romper continuo de olas los acompaña. La atmósfera es cálida. Siento como las manos de la Dra. Hinaro se posan en mis hombros, me despojan del batín y ascienden después hasta situarse detrás de mi nuca. Una de ellas baja luego hasta el final de mi columna y con ambas me ayuda a situarme dentro de una redecilla colgada y en posición elevada que forma una base bajo mi cuerpo. En ella mi actitud es de abandono y la sensación relajada. Oigo el sonido de roces o entrechocar de chinas con arenilla de forma sutil. Mientras, las tiras que componen la redecilla comienzan a tensarse por el lado de los pies y avanza progresivamente hacia arriba. Cuando adquiere uniformidad vuelve a destensarse paulatinamente a la inversa. Inicia al llegar abajo un nuevo movimiento, pero éste cada vez adquiere mayor rapidez. Siento calor y como se tonifican los músculos y aumenta el riego sanguíneo. Una refrescante lluvia suave cae sobre mí y hace mis delicias. Las voces lejanas de los niños siguen acompañándome y me llenan de sosiego. Durante unos minutos paso de la quietud a un movimiento basculante al que acompaña el sonido acompasado del entrar de unos remos en el agua. Después las manos de la doctora empiezan a masajear las plantas de mis pies, luego me separa los dedos y a continuación introduce los suyos entre ellos. Presiona delicadamente su parte inferior interior, percibo cómo voy anticipándome a su movimiento haciendo la apertura del siguiente (es un acto reflejo). Continúa hacia arriba, pero al terminar de masajear los tobillos me sujeta por ellos con unas abrazaderas y los eleva levantando esa parte de mí. A partir de esa posición realiza con mi cuerpo variados movimientos de estiramiento, siempre al borde del dolor. Finalizados éstos me vuelve a la anterior posición y prosigue con el masaje. Cuando recibo en el cuello sus últimos movimientos de liberación se gira la redecilla y cede. Surge entonces la voz espléndida de Kiri Te Kanawa mientras quedo hacia abajo echado sobre un lecho confortable. Siento en mi piel aún las marcas de mis apoyos en la redecilla. Sus dedos con rapidez y habilidad se mueven sobre ellas redimiéndolas. Mientras lo hace siento como una bolita fría se desplaza desde la nuca hasta las nalgas, más tarde su cuerpo desnudo la acompaña hacia arriba. Al finalizar el movimiento se queda en una posición dominante desde la cual busca con la boca la zona abultada debajo del cuello a la altura del trapecio… y muerde. Experimento sorpresa, dolor, placer… es un aviso de lo que está por venir. Antes de iniciar el último recorrido me dirige la palabra por primera vez, me dice con una voz delicada y preciosa - La Dra. Hinaro se marcha ahora, queda sólo contigo Dasiro. Es como una advertencia de la que pronto saco deducciones. Una hora después sentado en un café y mirando al infinito llego a la conclusión de que ésta ha sido la última invitación. Su adiós final no me ha dejado dudas. Todo en el tío Eusebio tiene su propio sentido. Parece decirme, que es tiempo de que corra con mis propios gastos y busque yo mismo lo que desee. No sabe quizás que yo nunca accedería a una persona tan sofisticada sin su ayuda. No sé donde llamarla, como localizarla o saber de ella, me quedan de Dasiro, infinitos recuerdos y sensaciones placenteras especiales. También, su olor natural único, del que estoy impregnado en lo profundo.


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