Fascinado con mi Ángel (4)

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4. Encuentro en casa.

–Hola, mi angelito.

–Demonio terrible, ¿cómo estás?

–Con ganas de verte, desde el mismo sábado.

–Yo también.  Te invito a mi casa.

–¿Cómo va a ser?  No sabré cómo comportarme con tu familia.

–El viernes no van a estar.  Me quedo solo.  Puedes venir tranquilo.  Quiero que conozcas mi cuarto, mis cosas.

–Me encanta que así lo desees.  ¿A qué hora voy el viernes?

Y así convinimos ese encuentro en su casa.  Yo me fui al cafecito donde habíamos estado la primera vez, allí me encontró y me encaminó hacia su vivienda, que estaba a cinco cuadras, según él.  Andando, me dijo que no deberíamos entrar juntos; yo esperaría en la esquina hasta que él entrara y luego yo llegaría a preguntar por él.

–Pero a quién, si estás solo.

–A Margarita, la empleada del servicio.  Ella está.  Pero no será ningún problema.  Siempre y cuando no me vea llegar contigo, no sospechará nada.  Le dirás que eres un nuevo compañero de trabajo y vienes a conocerme mis colecciones.

–Mejor vamos a otra parte.

–No…  Quiero que me conozcas en mi medio y es la oportunidad porque mis padres se fueron a un programa de toda la tarde.  Margarita estará en el patio, muy ocupada lavando unos tapetes.

–Llegarán tus hermanos.

–Soy hijo único.  ¡Nadie va a venir!  ¿No quieres?

–Cálmate.  Haré como tú dices.

Me presenté según instrucciones; Margarita me condujo a la sala, subió a llamarlo y se fue, supongo que a su lavado de tapetes.  Bajó mi lindo amigo, se sentó pegadito a mí y me atornilló un beso; yo, un poco turbado, mirando hacia la puerta de la sala, no fuera a aparecer Margarita.  Me aseguró que no se metería para nada con nosotros y me tranquilicé.  Con una mano, le tomé su mano y con la otra, le acariciaba sus pechos cuando apareció Margarita.  Mi inmediata reacción al sentir sus pasos tal vez impidió que nos viera en esas posiciones.  Venía a ofrecernos algo de tomar.

Nos llevamos los vasos a su habitación, para evitar nuevos “accidentes” con la muchacha.  Sus colecciones estaban a la vista y eran preciosas.  Una de modelos a escala de automóviles y aviones, otra de muñecos y otra de sus cantantes y modelos favoritos.  Gastamos un buen rato en ello y, al final, nos detuvimos un poco en esta última, admirándoles sus atributos físicos a los personajes;  él se sentía enamorado del “paquete” de Fulano, del “derriere” de Zutano…

Esto último nos excitó y nos empujamos mutuamente a la cama, a tocarnos nuestras partes homólogas, así de afán, por encima de la ropa.  Él me sobaba mi bulto, yo le acariciaba el suyo; él simulaba penetrarme con un dedo por detrás, yo le friccionaba con ganas sus genitales.  Me dijo que ya era tiempo de aligerarnos de ropas y nos incorporamos para hacerlo.  Llevaba ya mi mano a desabotonarle su camisa cuando se abrió la puerta de la pieza; entró la eterna Margarita al tiempo que yo bajaba velozmente mi mano; pero por lo despeinados y asustados que nos encontró, tuvo que haber sospechado y me lanzó una mirada castigadora para decirle a continuación a Ángel que lo solicitaban a la puerta para entregarle un paquete y que debía pagar el envío.

Bajé tras él.  En las escalas me pidió volver a la pieza, que ya regresaba.  No lo quise; lo esperé sentado en la sala.  Llegó mirándome con intriga y desconcierto y me preguntó por qué no quería seguir en su cama, al tiempo que abría la encomienda ante mí para mostrarme su contenido.  Eran varios pantaloncillos, de atrevido diseño e incitantes colores.

–Los encargué para lucirlos ante tí.

–Cosa que me encanta.  Pero respondo a tu pregunta:  No quiero que esta mujer nos siga espiando, con una disculpa y otra.

–No nos espió: ella no sabía que llegaría el correo y tuvo necesidad de avisarme.

–¿Abriéndote la puerta sin tocar?  Pero dejémoslo de ese tamaño.  Te propongo que me exhibas una de esas cositas lindas en un próximo encuentro, en otro lugar.

Aceptó a regañadientes, me quedé un ratito más, dándole ternura para tranquilizarlo y me despedí con la promesa de llamarlo para acordar nuestra nueva cita.

(Continúa)


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