Lluvia de sangre.

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   El sol siempre brilla. Pero el tiempo y los crímenes tienen más fuerza que la luz. Porque nadie regresa de la muerte, porque todos nacemos con una sombra en el interior.

   Cada paso que dé será recordado. El mundo observa mis actos con los ojos llenos de sangre, y el destino sinuoso, a camino entre mi voluntad y la fragilidad de las circunstancias, me espera con los brazos de la oscuridad abiertos.

   Los amaneceres pesan y las noches son depredadoras de ilusiones que jamás podrán hacerse realidad. He de despedirme de las personas que habitan en mi corazón. De las que continúan vivas y de las que descansan bajo epitafios de amor y amistad roídos por la venganza. ¿Cómo se dice adiós a quien forma parte de ti? No hay palabras para alejarse de alguien que comparte tu aliento. No existen miradas ni caricias suficientes para sanar el caos. Hay hemorragias que duran eternamente, ocultas en un sórdido rincón del alma, desgarrándonos hasta el fin de nuestros días. ¿Es posible medir las pérdidas humanas? ¿Contar los gramos de vida que dejamos ir con ellas?

   Los sueños son ciertos. Y la felicidad. Sin embargo, en ocasiones, solo palpamos las estrellas con los dedos antes de desaparecer en el agujero negro de las malas decisiones, de los lazos rotos y de los cuerpos enterrados.

   Pero si algo he aprendido durante estos años, es que el mundo no perdona. Somos el despegue y el descenso de nuestro propio vuelo. Hemos de mantener el rumbo en todos los ascensos y proteger a nuestros seres queridos. Porque cuando llegue el momento de respirar por última vez, seremos los encargados de liberar nuestros pecados y expiar nuestras culpas.

   Somos el cazador y la presa, el ayer y el hoy, el destello y las tinieblas. Y a cada segundo elegimos en quién queremos convertirnos.

   Y aquí, en el seno de mi hogar, firmo mi historia. Me marcho sin abandonaros, me voy con el silencio de los que años atrás tuvieron voz.

   El sol naciente cuidará de mis hermanos y de mis hijos.


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