EXTRAÑA SOCIEDAD 2

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- ¿Si? Y se puede escribir en catalán? - preguntó con cierta inocencia.

- Se puede, pero nadie te va a entender.

- Pues vaya.

- Pero vamos a ver hombre de Dios. Tu ¿En en que mundo vives? Si solo escribes en tu lengua materna porque la quieres tanto, limitas tu producción, y la única que te leerá tu tía Pepita y algunas de sus amigas.

- Claro.

- Piensa un poco, hombre. En un mundo que todo está interconectado no es normal que vivamos mirándonos el ombligo desde un punto de vista nacionalista y linguístico - le dije-. Y en medio de esta revolución cultural tecnológica, para justificar este cerrado nacionalismo tu no tienes más remedio que mirar al pasado para culpar al presente. Precisamente te fijas en una época en la que los medios de transporte estaban en mantillas, y para viajar por ejemplo a Madrid se tardaba dos o tres semanas y claro, uno no tenía más remedio que centrarse y enfatizar su lugar de origen. Pero en cambio ahora todo es distinto. Si quieries viajar a la capital del Reino coges un avión y en una hora y media ya estás allí.

- Es que yo soy muy sensible con mi tierra - replicó Eduardo.

- Todos amamos a nuestra tierra. Pero los árboles no te dejan ver el bosque - proseguí con mi discurso-. El gran error de la gente, es que ha subido en un altar el concepto de la sensibilidad, de las emociones, y se desprecia a la razón. En este altar de la sensibilidad se crea una épica nacionalista que sustituye al tradicional misticismo religioso de otros tiempos. Se puede ser muy actual, pero inconscientemente se sigue teniendo un antiguo modo de sentir. Es como si fuésemos por la calle con un ordenador en la mano, pero a la vez vamos vestidos con un ropaje del siglo XlX. Y vuelvo a insistir. Tu si quieres puedes seguir cantando a tu tierra pero no exageres en ello, porque si quieres que lean tus poemas, tienes que ser más mundial y adaptarte a las nuevas circunstancias.

- Bueno, ya pensaré en lo que me has dicho.

-¡Amigo Eduardo! Hazme caso, y no te dejes comer el coco por los políticos. Y como te doy tan buenos consejos, me pagas doscientos euros, y todos tan contentos - le dije bromeando.

-¡Vaya que cara tienes!

Aquella celebración duró hasta bien entrada la noche, y cuando terminó mi familia y yo regresamos a nuestro hogar. Pero en mi fuero interno tenía la sensación de que vivía en una extraña sociedad que sólo se movía en la superficie de las cosas, temerosa de cambiar sus viejas costumbres.

 ¿O es que era yo el extraño en relación a ella?

 


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