Mi yo más sumiso.

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Sí, esa sonrisa canalla de la que no quería alejarme; esos ojos color almendra que me incitaban a seguirle allá donde quisieran llevarme; esa expresión que me embaucaba sin poder hacer nada al respecto. La verdad es que tampoco quería.

Entre mis sábanas con él en mi cabeza todo parecía sencillo, cálido a la vez que intenso. increíble e insondable. Siempre inverosímil. Siempre él. No quería escapar de ese dulce letargo al que me inducía todo su ser, ese que sabía que fuera de mi habitación desaparecería sin que hubiera retorno posible. Mi sexo gritaba su nombre, mis gemidos ahogados pedían salir a la luz y respirar su aliento, aunque estuviera a kilómetros de distancia. Una distancia que parecía insalvable sin poder sentir su aroma cada mañana, su aliento cada noche, su interior en mí más de lo que pudiera suplicarle. De manera inconsciente me mordí el labio inferior mientras mi lengua humedecía mis labios perdida en su recuerdo.

«¿Por qué no estás aquí acariciando cada uno de mis recovecos? ¿Por qué te quedaste solo en un recuerdo del pasado del que a veces dudo si fue real?», no dejaba de preguntarme mientras cientos de hormigas me recorrían de arriba abajo alentadas por mi deseo. Uno puro y sincero. Hacia él, hacia nosotros. Percibía la textura de sus labios, su grosor en cada una de mis areolas y cómo podía degustar su sabor que era especial cuando su dureza la provocaba él. Siempre él, nunca otro. Ese pensamiento fue el que llevó a mis manos a introducirse en mi interior sin más demora. Rodeando mi clítoris rollizo por ÉL y su recuerdo. Estimulando, acariciando, a falta de sentir el roce de su húmeda y traviesa lengua. Más rápido, de nuevo lento haciendo que mi clímax se alargara hasta que quise gritar de angustia placentera y sus ojos, solo el recuerdo de estos, paró el tiempo. Mantuvo mi apogeo en una deliciosa meseta que no parecía tener fin, ni falta que hacía.

Su lengua entre mis piernas, su sonrisa traviesa provocando la mía, su ÉL más puro en mi YO más sumiso.


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