El abuelo

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La reunión en el colegio de mi hija había terminado y todos los padres y abuelos se fueron retirando. Yo no había podido evitar clavar con cierta frecuencia mis ojos en uno de los abuelos. Apenas sesenta estimé, estaba solo, parecía tener buen estado físico, una atractiva barba y estaba vestido con buen gusto. Todo un candidato para una aventura. Me pareció notar que me miraba un par de veces pero yo tenía varios familiares reclamando mi atención así que no estaba segura.

A la mañana siguiente, mientras me estaba aproximando al lugar donde mi hija bajaría del auto, miré por el espejo retrovisor y me percaté de que el candidato estaba detrás de mí en la columna de autos. Mi hija se bajó y se alejó rumbo al colegio. Mientras esperaba que el auto delante del mío se moviera, dejé que mi auto retrocediera lentamente hasta que tocó el suyo.

Me bajé, con cara de sorprendida, para ver si había algún daño y el abuelo se estaba bajando también.

- Lo siento mucho. – le dije – Fíjate que no hay daños.

- Veamos – dijo y nos encontramos en la parte posterior de mi auto. – Efectivamente, no hay daños. – y extendió su mano.

- Mi nombre es Agustín. Mucho gusto.

- Encantado, Agustín. Soy Silvina. Siento mucho haber tocado tu auto. Déjame que te invite con un café para superar este mal momento.

- No te hagas problemas.

- No es problema para nada. – le dije. Saqué una de mis tarjetas de negocios, anoté la dirección de una casa que tenía que mostrar a unos clientes y se la di… con la mano izquierda, para mostrarle que no tenía anillo de casamiento. – Trabajo en una inmobiliaria y tengo que mostrar una casa en 15 minutos. ¿Por qué no nos encontramos allí? Para cuando llegues tendré el café preparado.

- Bueno, si insistes, te veo allí.

Estaba hablando con los clientes en el living de la casa cuando observé a través de la ventana que Agustín estacionaba frente a la misma. Cuando entró, le dije a la pareja que me disculpara, lo tomé de un brazo y lo llevé a la cocina.

- Los potenciales compradores llegaron temprano. – le dije – Ahí está la cafetera y el paquete de café. ¿Te puedo pedir que lo prepares?

- Ningún problema, Silvina. ¿Te gusta fuerte o normal?

 En ese momento no pensé en segundos significados pero más tarde se me ocurrió que tal vez no se había referido al café.

- Fuerte, desde luego.

- Ya nomás lo preparo – respondió.

Mientras hablaba con los clientes durante los quince minutos siguientes, parte de mi mente jugaba sexualmente con Agustín. Sentí que mi concha se humedecía. Finalmente los futuros compradores se fueron. Cerré la puerta de acceso principal y me reuní con Agustín en la cocina. Se había sentado en una de las sillas y no me había esperado: estaba bebiendo su café.

Me serví un poco del brebaje y después de un sorbo dejé la taza sobre la mesa. De pie junto a la misma le dije:

- Gracias por preparar el café y lamento mucho haber chocado tu auto. El café es el primer paso para demostrarte cuánto lo siento. Estoy segura de que vas a quedar satisfecho con mis disculpas. No te lo dije antes, pero ayer eras el abuelo más guapo.

Mientras decía eso me había aproximado a él y al llegar me senté sobre sus piernas abriendo las mías como para que no le quedaran dudas. Nuestras lenguas no tardaron en estar entrelazándose con ardor. Mi mano izquierda atraía su cabeza hacia mi boca mientras mi derecha acariciaba su barba. Su mano comenzó a explorar el interior de mis piernas después de un fugaz pasaje por mi teta izquierda que seguramente le permitió apreciar la dureza de mi pezón.

Su mano llegó finalmente a la unión de mis piernas. Sus ojos manifestaron sorpresa al encontrarse con mi vulva ya jugosa sin ninguna barrera. Exploré el estado de su verga con mi mano derecha y me encantó comprobar la dureza de la misma. Agustín puso sus dedos humedecidos en mis jugos entre la boca de ambos y los dos disfrutamos del sabor.

- ¿Podemos usar un dormitorio? – me preguntó.

- Podríamos, pero quiero que todo suceda en la cocina. – le respondí.

- Encontraremos la forma.

Me paré y con un rápido movimiento me deshice del vestido pero no así de los zapatos de taco alto. Agustín también se desnudó y luego comenzó a besarme boca y pezones mientras yo le masturbaba la pija endurecida. Había estado acertada: tenía buen cuerpo y estaba bien dotado. Acarició mi pubis y luego bajó hasta mi concha donde metió su dedo mayor mientras su pulgar frotaba mi clítoris.

- Siéntate en la mesada. – me dijo. Tomó un almohadón y me lo puso en el culo de forma que mi vulva quedaba más expuesta. Adiviné sus intenciones y me excitaron.

Me chupó exquisitamente los pezones y luego descendió y comenzó a chuparme el clítoris, los labios de mi concha y hasta introdujo su lengua en la abertura. Me acosté sobre la mesada y con mis ojos cerrados me dediqué a gozar su cunnilingus. ¡Qué bien lo hacía! Comencé a estrujarme los pezones y las tetas. Después de gozar de esa forma por un par de minutos me incorporé, lo besé para disfrutar mis propias secreciones y le dije,

- Ven, siéntate acá. – Lo llevé a la silla, me arrodillé frente a él y puse su engordada pija en mi boca.

Comencé a lamérsela y chupársela con apetencia notando que continuaba endureciéndose más y más. Sus dedos, en tanto, retorcían mis pezones.

Luego me paré y me senté sobre él lentamente metiéndome su falo en mi concha. Por unos segundos gocé la sensación de tener su pija dentro de mi vagina sin moverme. Agustín ocupó ese tiempo en chuparme mis pezones y acariciarme los glúteos. De a poco comencé a ondular mi cadera, haciendo que su pija saliera de y entrara en mi vagina. Después de un tiempo de haber gozado de mis movimientos me dijo,

- Arrodíllate en la silla. Te voy a penetrar desde atrás.

Una vez en posición sentí que su pija me golpeaba los glúteos, sus dedos comprobaban la humedad de mi concha y, luego de mojar la cabeza de su pija en mis jugos, me penetró.

- Excelente Agustín. – le dije – Así, métela toda, empuja.

Su pistón entraba y salía de mi vagina y ambos gemíamos con deleite. Juzgué que una entrada frontal era de rigor para cuando tuviéramos orgasmos, así que le dije,

- Quiero que me la metas por delante ahora.

Extrajo su pene, se lo mamé un par de veces y luego me senté sobre la mesa con mi concha en el borde. Agustín me enterró su hermosa verga. Entraba y salía con ritmo más acelerado que antes, mis manos sobre sus glúteos acompañando sus embestidas. Me recosté sobre la mesa y él me estrujó nuevamente los agrandados, endurecidos pezones sin detener su vaivén. Se enderezó, tomó mis piernas en sus brazos y profundizó sus penetraciones. Sus testículos golpeaban mi trasero con cada una.

Comencé a tener orgasmos y él eyaculó poco después. Sentía con deleite como su pija vertía su blanco jugo caliente dentro de mi vagina.

- Acepto tus disculpas. – susurró.


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