La cámara de seguridad (2)

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Miguel observó el pubis cubierto libremente por ensortijados vellos pelirrojos y se lanzó a saborear la oferta. Estiró sus brazos hasta tener los senos de Estela en sus manos. Su boca chupaba el clítoris de ella, bordeaba los labios de su concha, lamía la abertura de la misma y absorbía los jugos que brotaban incesantemente.

Estela levantaba su culo del escritorio buscando aumentar la satisfacción de las acciones de Miguel. Éste se deleitaba con el efecto de su boca sobre la vulva de la pelirroja que tanto lo excitaba y de sus manos sobre los pezones de la misma. Una de las veces que Estela presionó su concha contra su boca, Miguel metió sus manos entre el culo de ella y el escritorio y pasó a comprimirle las nalgas.

- Miguel, me estás haciendo gozar como loca. – dijo Estela. – Ven, quiero chuparte la pija otra vez.

Miguel puso su verga al alcance de la boca de Estela, quien se la chupó inmediatamente mientras la masturbaba con una de sus manos. Miguel estimulaba el clítoris de ella con dos de sus dedos y, ocasionalmente, los enterraba en la concha empapada que pronto recibiría su verga.

- Olvídate de la pantalla, - dijo Estela con voz enronquecida por el deseo – y métemela ya mismo. Vamos, penétrame, quiero sentir tu pija dentro de mí.

Miguel volvió a donde antes había estado gozando la chupada de concha y le entró a Estela su engrosada y caliente pija. No detuvo su ingreso hasta que la tuvo toda adentro, pero lo hizo sin apuro, viéndola gozar la parsimoniosa penetración de la misma manera que él la estaba gozando.

- Ahhhhhh, - exclamó Estela sintiendo el ingreso de la barra de carne endurecida que momentos antes había tenido en su boca. – Así, así, penétrame, cógeme, cógeme.

Miguel echó una mirada relámpago a los monitores y vio movimiento en la pantalla que mostraba a Hernández y su pelirroja. Ésta última se puso en cuatro patas, como una perrita, y Hernández la taladró desde atrás. La visión no hizo más que excitarlo aún más.

- Mira la pantalla. – le dijo a Estela, sin detener sus bombeadas.

Estela volteó su cabeza para mirar, sonrió y dijo,

- Tal vez hagamos eso otro día pero no hoy. No te detengas, adentro, empújala con todo. – dijo sincronizando sus palabras con las penetraciones de Miguel.

Raúl, que había entrado al cuarto sin ser advertido por los amantes, se había excitado al punto de extraer su pija afuera del pantalón poco después de comprender lo que sucedía.  Entre los amantes de la pantalla y los que tenía delante en carne y hueso, se había calentado y ya tenía la poronga endurecida por la acción de su mano derecha. Ya no era posible detenerse.

Cuando avanzó hacia el escritorio donde yacía Estela piernas abiertas disfrutando de la verga de Miguel, la pelirroja se percató de su presencia.

- ¡Raúl! – exclamó Estela y miró a Miguel interrogándolo con la mirada.

- No me dejen solo. – dijo Raúl.

- Yo no tengo inconveniente si te va a gustar. – le dijo Miguel a Estela, encogiendo sus hombros.

La mujer miró a Raúl masturbándose y sin dudarlo dijo,

- Ven acá, que voy a mamarte la pija y tragarme hasta la última gota de tu leche.

Tan pronto Raúl estuvo a su lado, Estela comenzó a chuparle la poronga enrojecida, que no tardó en verterle su leche en la boca, tan excitado estaba su dueño.

Coincidentemente, Estela sintió su primer orgasmo y casi simultáneamente sintió cómo Miguel le llenaba las profundidades de su concha con el caliente semen que su verga expelía, mientras atraía sus caderas con sus manos para enterrarle su falo más profundamente, estremeciéndose con cada descarga del blanco líquido.

Los tres se quedaron dónde estaban, gozando sus orgasmos y observando a los amantes de las pantallas. Vieron como el señor Hernández bombeaba a la pelirroja desde atrás y finalmente le apoyaba su verga en ambas nalgas. Coincidieron en que la verga del tal Hernández estaba escupiendo semen.

Cuando Estela se incorporó de la posición en que estaba repartió besos de amante a los dos que había tenido esa tarde.

Media hora más tarde su turno terminó. En tanto Estela y Raúl se dirigieron a sus casas, Miguel se encontró en un bar con… el señor Hernández.

- Hola primo, - dijo este último – ¿funcionó?

- ¡Vaya si lo hizo! Estela se calentó tanto que quiso hacer el amor de inmediato, imitando lo que hacían ustedes en los monitores, tal como le propuse.

- ¡Muy bien! – dijo Hernández.

- Hasta Raúl, que entró a último momento tuvo una mamada de verga. ¿Le dijiste a Raquel que estaban frente a las cámaras?

- Sí y le encantó coger con audiencia. ¿Y sabes qué? Me sugirió reunirnos los cuatro para hacerlo más divertido.

- Mmmm, ¡qué buena idea! Voy a preguntarle a Estela. – respondió Miguel y su mente ya fabricaba imágenes del encuentro con las dos pelirrojas.


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