Con un beso me bastó

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Durante los servicios y sin darnos cuenta empezamos a cruzar miradas burlándonos de los clientes, me encanta su sonrisa, de cerca es sumamente amable, incluso me enseño a servir el vino sin derramarlo, tomándome de la mano,  –te pusiste rojo- dijo burlándose. Siempre me pareció muy sexy  detrás del impecable mandil de flores, especialmente cuando me di cuenta de que se veía a escondidas con el trapeador para sesiones de baile nocturno.

¿Vienes? –dijo una noche sin perder el ritmo de la canción, - no eres tan sigiloso como crees. 

Sentí una vergüenza total mientras espiaba en la oscuridad. Me acerque muy lentamente -ahora resulta que estas asustado ¿no? -al tiempo que lo dijo se secó el sudor con el antebrazo, apago las luces y extendió la mano-. Nos caímos dos o tres veces el primer día hasta que logramos dominarlo, un mes después el trapeador lloraba en los rincones, solitario, bailábamos apropiándonos de la gravedad, curándonos los rasguños domésticos, siempre hasta las doce, la hora inoportuna en la que llegaba el auto que llevaba a Julia a casa. Su esposo.

El cantinero que fue cómplice siempre nos prestaba las llaves de la parte trasera del club para que pudiésemos escapar hacía la libertad, nos encantaba acostarnos tomados de la mano y mirar las constelaciones buscándoles formas nuevas, contando chistes bobos, como la ocasión en la que le insinué que me gustaría ser su Florentino Ariza; nunca fuimos más allá, salvo en la ocasión en que por motivo de mi cumpleaños me dio un beso con el que me basto para sentir que mi alma fue y vino a las Pléyades en un instante.

Todo transcurría con normalidad hasta la semana pasada, en un giro inesperado Julia se presentó muy temprano y entro a la oficina del gerente, me encontraba haciendo el aseo y pude escuchar que se marchaba, sentí una opresión en el pecho y huí a esconderme en la cocina. Julia salió media hora después con el cheque del finiquito, la miraba a través de una rendija con el suetercito azul entre las manos, seguro de que me buscaba con la mirada.

Sandro –le dijo al cantinero- por favor dile que…

Esta por allá –la interrumpió Sandro, traidor, señalando la puerta que me servía de guarida-

Por favor léela –dijo enfocando la mirada, dejo una carta sobre el mostrador y dio media vuelta-.

Cobardemente espere a que partiera y me acerque.

-Con gusto seré tu Fermina- decía la misiva, también confirmaba que pronto terminará su proceso de divorcio y quisiera que nos sigamos frecuentando...

Le pediré que sea mi novia.


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