El argentino (2)

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A la mañana siguiente de hacer el amor con Rakel, continué mis visitas a distintos lugares de Reykiavik sin haberla visto antes de salir de la casa. Cuando volví, cansado como estaba, me di una ducha y me recosté unos minutos. Me desperté escuchando a alguien en la planta baja. Me vestí y subí las escaleras. Para mi sorpresa, en lugar de encontrarme con Rakel lo hice con Margrèt. Quedé impresionado. Llevaba sus 45 años, si ésa era su edad, muy bien puestos.

Su camisa tenía un par de botones desprendidos dejando ver la parte superior de unos  senos de buen tamaño. Instintivamente los comparé con su hija y, definitivamente, la madre era la ganadora. Llevaba puestos shorts que exponían unas piernas maravillosas que nacían en una cola súper atractiva.

- Mucho gusto, Felipe.

- Encantado, Margrèt – le respondí, estrechando su mano.

- ¿Qué tal la estás pasando?

- Muy bien, muy bien, gracias. He estado visitando varios lugares interesantes.

- Y también te cogiste a mi hija, ¿no?

Me tomó por sorpresa con esa afirmación. Me imaginé juntando mi ropa y saliendo a la calle en diez minutos a buscar otro lugar donde dormir esa noche.

- No te preocupes, Felipe. – dijo Margrèt – desde la escuela secundaria todos los varones querían acostarse con mi hija. Los comprendo totalmente, ella es hermosa, ¿verdad? Y a ella le gusta.

- Bueno, de tal palo, tal astilla, como decimos en español. – Instantáneamente me arrepentí de haberlo eso. Margrèt se rio y continuó:

- Bueno, típico latino, ¿eh? Pero gracias por el cumplido. Escucha, tengo algunas cosas que hacer en la casa. ¿Por qué no nos encontramos nuevamente aquí a las cinco de la tarde para tomar algo y luego cenar? Rakel ya se ha ido y no quiero cenar sola esta noche. ¿Te molesta hacerme compañía?

- No, por supuesto. – respondí.

Me fui a comprar una botella de vino para la cena y tomar un poco de aire. Volví a la casa y me fui al departamento para enviar algunos emails a mis amigos argentinos. Para cuando terminé era la hora de subir a tomar algo con Margrèt, así que allí fui.

Margrèt estaba más sexi que antes. No se había cambiado la camisa pero de seguro se había sacado el corpiño. No solo veía la parte superior de sus senos, sino que los mismos se notaban claramente, pezones incluidos. Los shorts habían cedido terreno a una falda estrecha y corta.

Me invitó a servirme lo que quisiera en el bar y opté por un single malt. Ella, junto a mí, se sirvió vodka con hielo. Estaba tan cerca que podía oler su perfume… y me estaba excitando. Felipe, me dije a mí mismo, ¿anoche te cogiste a la hija y ahora te excitas con la madre? Después de unos milisegundos de profunda meditación me respondí: efectivamente. Por suerte, recibí ayuda.

- Rakel me habló muy bien de ti.

- ¿En serio? – respondí.

- No te hagas el tonto. Desde que me describió esta mañana lo que hicieron ayer me he estado preguntando si puedes repetirlo conmigo. – Mientras decía esto, su mano había comenzado a acariciarme el antebrazo. Estas mujeres no perdían tiempo. Decidí que yo tampoco lo haría.

- Podemos intentarlo – respondí y la atraje hacia mí con mi brazo izquierdo en su cintura. Le apoyé mi miembro, que se estaba parando, y la besé introduciendo mi lengua en su boca. Respondió con la pasión esperada al tiempo que comenzaba a acariciarme la pija. No perdí tiempo y mi mano derecha se hizo cargo de estrujar su seno izquierdo. Por un momento le aprisioné el pezón entre mis dedos y ella aumentó la presión entre mis piernas.

- Mira, Rakel me dejó el papel en el que tomó notas ayer sobre la lección de sexo en argentino. Te chuparé la pija – dijo y se arrodilló frente a mí y puso manos y boca a la obra. Lamía y chupaba con gran habilidad. En un momento puso mi escroto dentro de su boca. Sentí su lengua jugando con mis huevos en tanto su mano continuaba tratando mi pija ya totalmente enhiesta.

Nos detuvimos por un momento para desnudarnos. Luego la empujé hasta la pared más cercana y mientras nuestras lenguas se entrelazaban exploré su vagina y la hallé húmeda, ya dispuesta a recibir mi verga. A diferencia de la hija, su monte de Venus estaba poblado. Humedecí la cabeza de mi falo con mi saliva y clavé a Margrèt contra la pared. Levantó su pierna izquierda y la puso alrededor de mi cintura, ayudándome a penetrarla cada vez que me movía hacia adelante.

- Despacio, Felipe, despacio. – me dijo después de varias penetraciones – Déjame darme vuelta ahora.

Lo hizo y le metí la pija en la concha aprisionándola nuevamente contra la pared. Gemía de placer cada vez que mi poronga se enterraba en su cuerpo. Tenía sus tetas en mis manos y podía sentir la dureza de sus pezones.

- Felipe, espera, ven conmigo – dijo. Margrèt se inclinó sobre la mesa del comedor manteniendo los pies en el suelo. – Cogéme desde atrás.

Mirando ese culo soberano que nada tenía que envidiar al de Rakel, le di unos cachetazos, unos mordiscos y mi lengua recorrió la extensión de su valle desde su concha hasta la cintura. Le penetré su orificio pequeño un par de veces con la punta de mi lengua. Una vez que terminé con mi boca, mi pija taladró su vagina mientras ella gemía. Comencé a bombearla cada vez más rápido.

- Cogéme, cogéme, así, que ya voy a terminar. – dijo y así lo hizo diez segundos después con sucesivas exclamaciones de placer. Con curiosidad observé que tomaba el papel de apuntes y lo leía detenidamente.

- Hacéme el culito. – me dijo cuando encontró el “argentino” correcto. De algún lugar sacó un envase de lubricante y me lo alcanzó sin agregar palabra. Arrojé una buena cantidad sobre sus nalgas. Le introduje dos dedos aceitados en el ano y aceité mi pija y sus nalgas, que adquirieron un brillo excitante. Acto seguido comencé a penetrarla.

Sus manos se aferraban a los bordes de la mesa mientras mi verga se iba perdiendo dentro del agujero en su cola luego de superar el arrugado acceso.

- Metéme tu poronga bien adentro – me dijo, y la otra mitad de mi pija continuó su placentero viaje dentro de su culo. Cuando estuvo completamente adentro, comencé a moverla rítmicamente. – Me encanta, me encanta – exclamaba.

Retiró su mano derecha del borde de la mesa y la puso debajo de su cuerpo. Clítoris, pensé.

- Acaba dentro de mi culo – pidió.

- Será un placer. – le respondí. Empujaba su culo contra mí siguiendo mi ritmo y escuchaba sus gemidos. Sentí los estremecimientos de su orgasmo.

Comencé a realizar mis penetraciones a un mayor ritmo. Margrèt continuaba teniendo orgasmos y los ruidos de mi cuerpo golpeando su cola nos excitaban aún más. Mi orgasmo ocurrió con intensidad y podía sentir mi semen abandonando mi verga, derramándose en el interior del trasero de Margrèt. Me desplomé sobre su espalda sin dejar de mover mi poronga dentro de ella. Cuando me desconecté de su cuerpo, Margrèt se dio vuelta y me masturbó y mamó hasta vaciarme. Su boca abierta ya vacía y su lengua se encontraron después con las mías.

- Excelente trabajo – dijo.


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