El polvo del camino

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Ese sábado, mi mujer se fue adelante con el resto del grupo de amigos, pues yo tuve que atender una urgencia de mi trabajo y no quería retrasarlos a todos.

–Vete y empieza a disfrutar del programa, que luego yo caigo.

–Disfrutaré; eso no lo dudes.

A media tarde, dejé ese dichoso software funcionando a las mil maravillas y lo comparaba con mi sexo, al que también quería hacer funcionar a las mil maravillas en aquel encuentro social.  Encendí mi motocicleta, pues mi mujer se había llevado el carro para ayudar a transportar algunos compañeros, y emprendí el camino, que fui recorriendo valido del mapa que me habían trazado sobre un papel, pues nunca había estado allí.

Iba pensando en que la sagaz de Mónica con seguridad se las ingenió para llevar solo a Sebastián en nuestro carrito y se habrían manoseado por toda su geografía humana mientras recorrían la geografía entre la ciudad y el destino; eso me ponía a la vez celoso y arrecho.  En una curva, me percaté de que había extraviado la ruta y nada me coincidía con el rústico mapa; miré a quién pedir ayuda y vi a un muchacho sentado a la vera del camino, con cara de aburrimiento.  Era un chico campesino, de unos diecinueve años, hermoso y varonil, vestido a la manera citadina y con sus buenos tenis de marca.

–¿Puedes darme una ayuda? –Le dije.

–Si usted me ayuda a mí también, será con gusto. –Contestó, más serio que amable.

–Igualmente con gusto te llevaré.

–No necesito transporte.

–¿Entonces?

–Dígame, primero, qué necesita usted.

–Hallar por dónde debo seguir, según este mapa.  Ya todo el grupo está en la finca y yo veo que no les voy a llegar.

–A mí tampoco me llegaron.

–¿Quién?

–Un señor de la ciudad.  Venía por mí a las tres para llevarme y ya son las cinco.  Íbamos a pasarla muy bien, se supone.

–Yo también quiero pasarla bien a donde voy.

–Cogiendo, imagino.

–Bueno… sí.  ¿Y tú que ibas a hacer? –Pregunté sabiendo, pero morbosamente quería que me lo confesara con sus labios, sus sensuales y carnosos labios que me excitaban.

Me miró con un exquisito chispazo de esos ojos verdes y me señaló hacia dentro del bosquecito que atravesaba la vía.

–Allí le puedo demostrar cuál era nuestro plan, vamos.

Lo seguí obedientemente, ya dispuesto a hacer cualquier locura que me pidiera, pues me tenía casi que enamorado.

En un pequeño claro del bosque, con prado suave, paró, se volvió hacia mí y se me plantó de frente, con otra mirada de esas perturbadoras y seguro de que con solo eso yo me le entregaría.   Y así fue; lo traje hacia mí, lo apreté contra mi cuerpo, propiciando contacto de dos miembros que ya estaban agrandados, y acariciándole su ancha espalda.  Respondió pegando su boca a la mía y, después de un enloquecedor beso, nos despojamos de varias prendas y rodamos al suelo.

Allí las caricias ya fueron sobre piel desnuda, los dos penes adquirieron su máxima dimensión y sólida rigidez; yo hacía perder mis manos entre los cabellos de su hermosa melena dorada, mientras él entretenía las suyas en mis abundantes crespos púbicos hasta agarrar fuertemente mi miembro y comenzó a agitarlo con pasión.  Entonces llevé una mano hacia su gran trasero de redondez femenina y le introduje un dedo por el orificio que lo ornaba, despacio al comienzo y luego con más intensidad, hasta hacerlo gemir.

Antes de que con el agite de su mano me hiciera desarrollar, le dije que quería metérsela hasta el fondo y me contestó que ya era tiempo.  En verdad, se fue toda la longitud de mi polla hasta un fondo que parecía no tener fin y, después de desesperados movimientos besándolo en su nuca y sus cachetes, escuchando sus “dame más”, “dame más duro”, “llévame al cielo”, me desarrollé adentro de él con un chorro tan abundante que cuando se la saqué le corrió mi semen por toda su pierna y él lo contemplaba gozoso y mojaba sus manos en él.

Un poco más retozamos, yo le dije que lo había quedado queriendo, él sonrió complacido e intercambiamos números telefónicos para encontrarnos de nuevo.  Al mostrarle el mapa, me propuso llevarme hasta allí, montado en mi moto, lo que no me disgustó nada, como tampoco me disgustó en absoluto que se abrazara a mí, supuestamente para asegurarse.  No estábamos lejos del destino; llegamos pronto a la portada, lo despedí de beso y le hice prometerme que nos veríamos de nuevo.

Recorrí los cien metros hasta la casa y, buscando aparcadero firme para el vehículo, alcancé a ver al pie de un seto a mi Mónica follando locamente con Sebastián.  “Los voy a dejar tranquilos, yo ya tuve lo mío y puedo asegurar que la pasé mejor que ellos”.


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