La colombiana

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Desde que vivo en este ático de la zona norte del Puerto Banús mi vida ha cambiado de forma radical, antes era más social y mundano, pero desde un tiempo a esta parte me he vuelto solitario, huidizo de todo contacto más allá de lo estrictamente profesional (en donde sigo dando la apariencia de hombre cordial, atento e incluso afectuoso). 

He resuelto todas las cuestiones domésticas con Maribel, que es una mujer aún joven, colombiana, que se ocupa de todos los quehaceres de la casa, con ella tengo garantizado no sólo la atención de la vivienda sino también mi cuidado personal. 

Maribel lleva conmigo desde que me mudé y de esto hace ya unos once meses. Durante todo este tiempo siempre se mantuvo serena, es de trato agradable, tremendamente servicial, trabajadora incansable, invisible la mayor parte del tiempo porque sabe y respeta mis preferencias y espacios. Está donde yo no estoy y de esta forma es imposible llevarse mal, por lo que nuestra relación es excelente, diría maravillosa.

A Maribel le pierden tan sólo sus ojos, que le han salido juguetones y su mirada pícara, se resisten a mantener el orden que ella se impone en todo el cuerpo, a través de ellos leo cosas que me llevan a la contradicción, es como si no pudiera controlarlos, cuando me muevo ellos me siguen a pesar de que su cuerpo sigue inflexible a lo suyo.

Desde hace unos días me vengo apercibiendo de un cierto cambio en su actitud, ha perdido cierto control en ese recato suyo que me hacía pensar en una monja sin hábito de las que hacen servicios sociales, incluso su ropa, que antes era anodina y sin rasgos de femineidad, ahora es más breve, más manifiesta y destacable, incluso su andar es más cadencioso, su pisar más firme y confiado, sus movimientos más cercanos, incluso se dan posiciones de roces antes impensables.

Ante todo esto soy más consciente de su proximidad, presto más atención a su figura, valoro sus caderas contundentes, sus pechos firmes, sus labios gordezuelos, su nariz respingona, su mirada brillante, se ha adentrado en ese espacio mío propio en el que estaba enclaustrado de forma voluntaria y en el que me sentía en perfecta armonía.

Me he despertado varias veces en la noche, estos desvelos tienen que ver con escenas eróticas, de esas que te envalentonan el macho, de las que no quieres salir porque te saben a besos escondidos, a higos dulces abiertos en flor, a lozanía. Me he levantado a orinar y he vuelto a la cama con la conciencia manchada con deseos, he visto altivo el mástil, he terminado el sueño sudoroso y entrado en deseos.

Maribel parece saber de mis sueños, o ella también ha estado en ellos sin saberlo, es una impresión de imagen inmediata, sin titubeos, por su sola presencia, todo es tan manifiesto que hiere mis sentidos, me golpea fuerte en mis debilidades, se hace grande su figura aún algo alejada. Está asomada en la ventana del lavadero, sus rodillas posicionadas en el poyete de obra y su movimiento de cuerpo hacia delante dejan al descubierto sus muslos firmes, su hendidura oscura, que ya en la distancia presumo desnuda, en libertad, sin prenda que la cubra con decoro.

Me voy acercando con parsimonia como queriendo confirmar cuanto ya me es dado saber de antemano, traspaso el umbral de la cocina y todo es cada vez más evidente, más agresivo el nudo en el estómago, más manifiesto el deseo interno. Ella persiste en su actitud tranquila, sosegada, al menos aparentemente, no hace ningún movimiento que confirme todas mis precipitadas conclusiones, pero sé que me espera.

Me pongo detrás de ella sin una palabra, levanto del todo su faldita y posiciono mi mano con descaro sobre sus nalgas desnudas, pongo mi dedo sobre su hendidura y da un respingo, en poco se humedece, un fuego interior sube y fuerza mi entrepierna. Con suavidad mi dedo entra en ella, me recibe deseosa y cálida, emite sólo un gemido breve, me adentro con más firmeza, vuelve el gemido y su cuerpo se electriza, se irgue un poco, retiro mi dedo descarado y lo subo humedecido hasta su otra hendidura, la ponga a prueba y noto como afloja su presión, se deja abrir y también permite que me adentre en él, todo está dicho ya.

Dejo caer el pantalón del pijama y el ariete se muestra con la misma insolencia que la raja abierta y deseosa de Maribel. Empujo con deseo y la muchacha emite un sonido ronco, pero sé que volverán otros muchos. Entro en ella con suavidad pero de forma contundente y una vez tomada posición me vuelvo loco en un vaivén adentro y afuera que hace mis delicias y por sus gemidos también las suyas.

Tomo conciencia de mi gran capacidad, de la fuerza arrolladora que me invade y sigo apretando fuerte, luego la disfruto de otra forma, entro y salgo de ella sin desmayo permitiéndome verla salir nervuda y grande de su sonrosada y hermosa raja. Me regodeo en esta sinfonía de movimientos acompasados y ella me alienta con sus gemidos y algún quejido gozoso.

Podría haber seguido así, alargando el momento en un disfrute delicioso, mientras la visión de sus nalgas me acompaña en cada movimiento, pero ella se resiste a permanecer pasiva, se vuelve y se me enfrenta valiente. Ya no es la mujer prudente y recatada, en sus ojos expresivos arde la llama que siempre quiso mostrar, su boca me busca, sus manos me aprisionan, a poco que me deje… Pero ya es ella quien manda, me ensaliva la cara, me busca la lengua y la entrelaza con la suya, luego me abre la chaqueta del pijama y me recorre con besos húmedos, aprisiona la cabeza de mi ariete y lo envuelve con su lengüecita juguetona. Me lo pone al máximo de congestión y entonces me pide que la empale de nuevo, que la llave al cielo. Pero el sitio ya no es el adecuado.

Nos vamos con precipitación y en la habitación vuelve a las suyas, mi hombretón responde con premura. Maribel está totalmente desinhibida, se echa en la cama de espalda, abierta de piernas, deseosa y yo fuera de mí.  Cuando mi ariete descarado y en estado sublime la toma, ya no hay vuelta atrás. El mete y saca se hace rotundo y ella gime como una posesa, me dice palabrotas y cuando le llega, lo hace con una fuerza que me impresiona. Grita con desesperación e incluso me golpea el pecho con su puño.

Luego, queda desmadejada, como rota. Yo sigo, la muevo con delicadeza, la posiciono lateral y me adentro entre sus muslos, tengo el pie derecho en el suelo que me da apoyo y la  rodilla izquierda en la cama, su raja abierta se me ofrece como una flor madura, la sujeto bien por las nalgas y entro en ella y la disfruto a conciencia. Miro con lascivia como la grandota entra y sale de su cuevecita, aumento el ritmo y ella vuelve a la vida, está de nuevo tan excitada que me pide más, le llega de nuevo y grita. Yo, ahora, también grito y me dejo ir.     


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