Con Teresa me tiré al ruedo.

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Tenía dieciocho años y estaba tan salido que se me ponía dura con solo mirar una tía. Teresa era una mujercita ya de veintiséis o veintisiete años y un historial de amores que no cabría en un folio con letra pequeña. Un veterano de los nuestros me había dicho que a las tías les encantaba que les comieran el coño. Con todo esto de premisa me encontré a Teresa bajando del Camino Suarez y la abordé con todo mi entusiasmo, estuve simpático, dicharachero e incluso chisposo. Ella me reía la gracia consciente de que estaba atrapado por su tela de araña y comenzó a jugar, me pidió que le contara mis hazañas y me hice el valiente, le dije que más de una me buscaba para repetir, ella me seguía el rollo hasta que llegamos cerca de su casa y entonces me dijo 

Ya no veremos otro día por aquí, Así, sin más, me salió algo atribulado ¿Y qué esperabas?, me respondió ella dueña de la situación Bueno, unos besitos para conocernos mejor, le dije haciéndome el machote ¿Unos besitos?, me dijo sorprendida Para empezar, le dije tirándome al ruedo Anda ya, niño, le salió con tono despectivo y lo de niño me hirió profundamente Pues tu te lo pierdes, nadie te comería el coño como yo, le solté sin saber muy bien por qué. Tú lo que eres, es un guarro y un niñato, me espetó con genio.

Ahí quedó todo, ella se metió en su portal y yo me fui con el rabo entre las patas, nunca mejor aplicado el dicho.

Dos años después, ya estaba en otras cuando nos encontramos de nuevo, fue en Puerta del Mar, Teresa seguía llamándome al enviste bravo y parecía tener olvidado aquel encuentro. Charlamos desenfadadamente. Pronto aprecie, sin embargo, por su nerviosismo, que tan olvidado no lo tenía. Le dije de acompañarla y me aclaró que había quedado con una amiga, pero no puso reparos en proseguir la conversación hasta donde habían quedado ellas (concretamente en el Edificio de la Equitativa al fondo de calle Larios). A unos veinte metros antes de llegar me advirtió señalándola que, ya su amiga le esperaba, nos dimos unos besos de despedida y adiós otra vez.

El siguiente encuentro fue menos casual, al menos eso es lo que pensé yo, se produjo dos meses escasos después y tuvo lugar en un espacio común para ambos. En mi calle se celebraba una fiesta tipo verbena que nos reunía a una mayoría de los que ya no vivíamos en ella. Al rato apareció Teresa, la recuerdo como si fuera ayer, venía con un vestido claro vaporoso, una camisa rosa con encaje y un chaleco corto de un color oscuro precioso. Traía la melena suelta y los labios pintados de rojo. Me impactó tanto, que me costó acercarme a ella. Cuando lo hice ya me esperaba y por su gesto adiviné que le extrañaba mi tardanza. La acaparé como si me fuera en ello la vida, hacia de cortafuego para que ninguno de los tíos se le acercara. El quinteto de músicos contratados para el evento comenzó su actuación y nos pusimos a bailar, ella olía a perfume francés y me quedé atrapado a su figura. Los lentos llegaron y sin querer nos fuimos abriendo hasta alcanzar una zona menos visible. Allí la comunión de los cuerpos se hizo mucho más evidente. Tenía un calorcito adorable y su piel me resultaba tremendamente suave y delicada. Le hablé al oído y le hice cosquillas al hacerlo y el contacto se hizo más intenso. Los kilómetros que yo ya había recorrido en cuestiones amorosas le cabían a ella en un solo sostén. Nos fuimos animando con el roce, los besitos se me escapaban sin querer y ella se abandono en mi hombro amorosa. Mi mano izquierda sin pensar, cubierta por su chaleco, se acoplo acunando su pecho derecho y con el dedo en giros suaves desperté su pezón grandote y agradecido. El hueco entre sus piernas se hizo más generoso y en él ya no sólo estaba mi rodilla tomando su espacio, sino también mi machote haciéndose notar. Su contacto parecía perturbarla porque la presión de su cuerpo se hizo más manifiesta y fue entonces ella la que empezó a soltarme besitos y yo a derretirme con cada uno de ellos. Parecíamos bailar, pero solo nos movíamos al son de los deseos.

De súbito me dijo bajito,

Recuerdo aquello que me dijiste, que granuja eras, 

Lo interpreté como un ¿te atreverías a hacerlo?.

Desde entonces he cogido práctica y ya tengo magisterio.

Ella soltó una risita harto elocuente, estaba claro que tendría que darle con la lengua en su coñito.

A partir de ese momento las cosas rodaron más deprisa, sus besos se hicieron más intensos y además su mano, con disimulo, bajo, palpó e hizo una apreciación de lo que se iba encontrar bajo mis calzoncillos y empezaron a temblarle las piernas.


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