Brenda, mi cuñada (parte 2/6)

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Pasó el tiempo y no volvió a ocurrir algo similar entre Brenda y yo, ella me trataba como si nada hubiera pasado y yo a ella igual, la deseaba tanto pero era feliz con Karina, Brenda solo era un deseo sexual. Un familiar lejano de mi suegra falleció y ella quiso ir al entierro, pero era en otra ciudad. Aprovechando que Karina, estaba de vacaciones, se ofreció a acompañarla, se irían por 3 días a una ciudad a 500Km de distancia. El día que se fueron las llevé a la terminal de autobuses, partieron y fui a cenar algo en un restaurant, era viernes y tendría el fin de semana para mi solo. Mientras cenaba cayó una lluvia muy fuerte, así que me quedé más tiempo en el restaurante esperando que cesara. Suena mi celular y era Karina, dijo que Brenda le había llamado para preguntar si podía llegar a nuestra casa, ella no sabía que Karina se había ido, así que Karina me llamó para preguntar si tenía problema en que fuera mientras cesaba la lluvia. Brenda trabajaba cerca de donde vivo y al salir se encontró con la tormenta, por eso quiso ir a casa. Le dije que sí, no estaba en casa pero que podía pasar por ella, así que llamé a Brenda para ponernos de acuerdo. Quedamos donde vernos para recogerla y entonces recordé aquella vez que la vi desnuda, solo de pensar en que estaríamos solos en casa, se me paró el pene y empecé a sudar, traté de disimular todo y me dirigí a recogerla. Al llegar al punto, estaba empapada, subió al carro riendo mucho y disculpándose porque lo mojaría, le dije que no se preocupara y partimos a casa. Luego de comentar algunas tonterías, nos quedamos callados y se sintió un ambiente muy tenso, ambos recordamos lo mismo a la vez, me aventuré a decirle “No es la primera vez que te veo así, empapada”, ella pudo ofenderse, hacerse la que no sabía o seguir el juego, pensé que la tercera opción era la menos probable, y dijo “No olvido esa ocasión, me excité mucho”, volteamos a vernos y una mirada cómplice nos hizo entender lo que iba a pasar. Su sonrisa y su mirada seductora me hicieron saber lo que me esperaba al llegar a casa, lo cual confirmé al poner mi mano sobre su muslo mojado y ella poner su mano sobre la mía.

Llegamos a casa, metí el carro a la cochera y lo apagué. Se produjo un silencio sepulcral, solo nuestras respiraciones lo cortaban. Mi mano entrelazaba la suya, fuerte, firme, cada vez más firme. No nos mirábamos, nuestras miradas estaban fijas al frente. No sé cuánto tiempo pasó así, si 3, 5 o 10 minutos y aunque solo estábamos ahí, fue tan excitante. No había prisa, teníamos toda la noche por delante, la lluvia torrencial causó que muchas calles se cerraran y desde el principio resolvimos que Brenda se quedara en casa, mi esposa y su esposo ya lo sabían, pero jamás imaginaron lo que pasaría, incluso ni yo lo imaginé. El momento se interrumpió cuando volteé a verla, le llamé por su nombre y ella volteó a verme también, sus ojos cafés me miraron fijamente, tan abiertos y resplandecientes, aún corrían gotas de agua sobre su rostro que se apreciaba enrojecido. Sus labios entre abiertos, exigiendo ser besados y sus pechos se movían al ritmo de su respiración, firmes y turgentes, con sus pezones levantando la tela y solo provocando que se antojaran más. Sin más preámbulo nos fuimos uno sobre el otro, nos besamos, nos abrazamos, mis labios sobre los suyos, su lengua con la mía, mis dientes en sus labios mientras nuestras manos recorrían nuestras espaldas. Fue un largo y apasionado beso que se recorrió hacia su cuello y cuando estaba por bajar hacia sus pechos, me aparté de ella y le dije: Entremos. Ella era un delicioso manjar que tenía que ser degustado con calma y disfrutando cada uno de sus rincones. Salimos del carro y entramos a la casa, aventamos nuestras cosas en los sillones y fuimos directo al cuarto. Nos aventamos a la cama y seguimos recorriendo nuestros cuerpos, yo abajo, ella arriba, me besaba y lamia suavemente mis labios, mi barbilla, mi nariz, me daba pequeños y suaves mordiscos y yo se los daba a ella. Mis manos en su cintura, la apretaba contra mí. Mis manos fueron más al sur, sus nalgas que tanto deseaba estaban ahí, para mí, solo para mí. Recorrer su silueta, de su espalda a sus nalgas fue delicioso, sentir por fin la redondez de sus deliciosas nalgas. Levanté su falda pues traía vestido, pude sentir su piel fría por la empapada que se había dado, también su sexy calzón, muchas veces vi su ropa interior tendida cuando iba a su casa, la imaginaba usándola, como se vería con esas tangas diminutas o esos tiernos calzones de adolescente. Ese día llevaba una pequeña tanga. Apretaba sus nalgas con mis manos y a cada apretón ella gemía suavemente, apenas podía subirlas por completo, su aterciopelada piel dejó de sentirse fría. Llevé mis manos a su espalda, buscando el ziper del vestido, lo bajé poco a poco hasta el límite y lo abrí, dejando su espalda desnuda. Inmediatamente ella interrumpió los besos y mordidas que me daba para dejar que le quitara el vestido que estaba mojado. Se lo quité y lo aventé al piso, pude ver sus deliciosas tetas pidiendo salir de ese sensual brasier que las ocultaba, pero antes que pudiera hacer algo por liberarlas, Brenda empezó a desabotonarme la camisa, me la quitó y enseguida me quitó la playera interior. Comenzó a acariciar mi pecho, mi abdomen, a recorrer mi pecho con la lengua, a besarlo. Lamía mis pezones y eso me excitaba tanto, lentamente bajando a mi abdomen, sin prisa alguna, yo disfrutaba tanto y la dejaba hacerme lo que quisiera. Llegó hasta donde mi pantalón la frenó y lentamente empezó a desabrochar el cinto, luego el pantalón, mi pene estaba tan duro y goteando líquido que cuando abrió el pantalón rápidamente saltó, empujando con él la tela del calzón. Pasó su mano por mi pene erecto, sobre la tela del calzón y dijo “Que duro está”, mientras me miraba y se relamía los labios. Terminó de quitarme el pantalón, los calcetines y cuando pensé que me quitaría el calzón, no lo hizo, ella seguía en tanga y brasier, se colocó sobre mi y acomodó su vulva sobre mi pene, empezó a gemir y a moverse, se masturbaba frotándose contra mí. Eso no me provocaba mucho placer a mí, pero ella gemía mucho y su cara demostraba que realmente estaba gozando así que la dejé. Estuvo unos minutos así y yo solo la contemplaba, podría haberme venido solo de verla así y saber que era yo quien le causaba ese placer. Empezó a frotarse más fuerte y más rápido, a gemir más fuerte hasta que sentí como se tensaba toda, me apretaba con las piernas y sentía una gran humedad en mi pene, mientras esto pasaba sus ojos se ponían en blanco y su gemido era más agudo. Fue el primer orgasmo de la noche.

 

Continuará...


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