Historias del metro (3 minutos)

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Hora punta. Día de suerte, estoy sentado. La gente entra a borbotones, empujando hacia atrás, hacia los lados. Frente a mí un hombre alto, muy alto, sobresale del resto. Su mano derecha arriba, agarrada a uno de los asideros que penden del techo.

La gente empuja y el hombre alto, poquito a poquito, se aleja de su posición. Estirando el brazo hasta lo imposible intenta continuar agarrado. Mira alrededor buscando otro punto de apoyo, no lo hay. Un último empujoncito y su último dedo se desprende definitivamente de la barra.

Arrastrado hacia el interior veo cómo intenta bajar el brazo pero no puede. En un estrato inferior un manto infinito y continuo de cabezas se lo impide. Su codo en alto busca un resquicio por donde colarse.

Tres estaciones más allá la búsqueda continua. De vez en cuando una cabeza sorprendida se alza mirando hacia arriba, no entiende de dónde le ha venido el golpe ni por qué. De repente alguien grita “¡Fascista!”, y veo varios dedos que le señalan. La cosa se complica. Sigue con el brazo en alto, y su parecido con Bertín Osborne no le ayuda.

Mi vocación cívica me lleva a arrojar luz sobre los hechos. Hago por explicar la situación pero en menos de dos minutos también soy otro peligroso fascista que quiere ayudar a un compañero de lucha. Ahora algunos de los dedos cambian de dirección y me señalan a mí. Curiosamente también me parezco a Bertín y llevo de politono a Manolo Escobar.

De pronto, cosas del destino, una llamada inesperada y el “ Qué  Viiiva España, la gente canta con amooor, España es la mejooor...”  empieza a sonar in crescendo... Mal momento, me temo, teniendo en cuenta los ánimos y que el vagón está hasta arriba de esteladas con destino a una manifestación indepe.

Entre zarandeos e insultos varios intento responder educadamente a la llamada. Son los de Jazztel; me hacen una oferta que dicen no podré rechazar. Me ofrecen 400 gigas al precio de 200. Antes de concretar si los gigas son de subida o de bajada veo como el teléfono sale volando de entre mis dedos producto de un acertado bolsazo de una adorable viejecita que estaba sentada a mi lado. La cosa se complica.

Por suerte las puertas se abren antes de que la viejecita dispare por cuarta vez su bolso. Es rápida y certera, sin duda sabe lo que se hace y dónde golpear. Ya en el andén suspiro aliviado. El otro Bertín está a mi lado. Sigue con el brazo en alto hasta que se da cuenta que lo puede bajar.

Mientras observo alejarse el tren intento pensar en qué le voy a contar al nuevo Jefe de Planta para justificar mi enésimo retraso. No me gusta alargarme en las explicaciones. Dudo entre la verdad o una excusa menos rebuscada. La  tos del niño, que es propenso a cogerme frío  podría estar  bien. Mejor tos con fiebre y algún sarpullido, por eso de darle  darle mayor empaque al asunto. 

Aunque no tengo hijos empiezo a preocuparme por la criatura, fiebre y sarpullidos no puede ser bueno... :)



 

 

 

 

 

 

 


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