La lluvia tierna

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Julia bajo por la escalera, aun sin despertar por completo, pero con la elegancia propia de su carácter. Encontró al obispo en persona, sentado en la amplia sala, ligeramente mojado por la lluvia; comprobó que no traía puestos sus ropajes de autoridad eclesiástica, tenía una herida profunda en la ceja derecha.

Señor Obispo –le dijo, preocupada- es muy temprano y no se ve bien.

Señorita Julia –contestó él, incorporándose y haciendo una ligera reverencia- son las consecuencias del cargo, suelen suceder cosas extrañas.

¿Algún feligrés descontento padre?

Nada de eso señorita, digamos que cosas mucho menos terrenales.

Julia pidió permiso para entrar en la cocina; salió tres minutos después con un trapo limpio en las manos y una infusión de árnica, conversaron durante largo rato mientras le limpiaba la sangre.

Antes que todo le agradezco la curación –dijo el obispo, lo pensó tres segundos y soltó la verdad por la que estaba ahí:

No quiero irme sin preguntarle, y perdóneme el atrevimiento Julia ¿hay alguna cuestión de la que deba enterarme bajo secreto de confesión?

Julia no levanto la mirada, al instante una ráfaga de certeza le oprimió el pecho, pero no se intimidó. Mientras hablaba continuó enjuagando el trapo sucio en la infusión:

Padre, usted sabe… Rafael, si te refieres a mi encuentro con Alejandro en la galería del seminario, tú sabes la respuesta…

Julia, si prefieres hablarlo así, está bien, lo sé todo –contesto él, claramente adolorido por la presión sobre su rostro- pero no puedo absolverte si no me lo pides.

Entonces perdóneme padre… pero no me arrepiento.

Hay historias que Dios enreda –dijo el, pensativo, contemplando a través de la ventana la lluvia tierna que caía sobre las hortensias- complica y desbarata para entenderlas solo el mismo.

Son las ventajas de ser el titiritero –respondió ella-

Dios este con usted señorita –replicó el obispo y se despidió rápidamente. A medio camino encontró al velador del seminario; por el susto en su rostro parecía que hubiese visto una aparición.

¡Padre Rafael! –le dijo- ¡es don Alejandro! Lo acaban de encontrar tirado en la recamara, ya no respiraba.

Madre mía –contesto el obispo, apresurando el paso- acaba de nacer un ángel.

 

Nota:

Este escrito es parte complementaria de “Para lavar las penas”, relato publicado en días previos en este mismo foro; a su vez, los dos relatos son complementos de “La temporada más lluviosa”, un relato más extenso y rebelde que no permite ponerle aun el punto final.


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