Qué sorpresa me dió Dani

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Después de unas horas de recorridos por los lugares turísticos del puerto, me fui a relajar en la playa, tendido muellemente sobre una toalla, contemplando las suaves olas, que siempre han tenido un mágico encanto para mí.  Cuando me sentí caliente y sudoroso, agarré mis bártulos para irme al hotel a ducharme y dormir el resto de tarde.  Estaba apenas saliendo hacia el camellón, cuando ella me miró desde su sensual posición horizontal; yo le piqué un ojo y ella me correspondió; me le acerqué y la invité a una copa en el bar playero, lo que aceptó de inmediato.

Se puso su pareo y tranquilamente me pasó un brazo por la cintura mientras nos dirigíamos al sitio.  Pidió un trago fuerte de una vez, lo que yo imité; después de tres tragos de esos, conversando temas muy subidos de tono y manoseándonos ansiosamente, la invité a mi habitación y lo aceptó sin pensarlo un instante.  Yendo hacia allí, nos preguntamos nuestros nombres; se llamaba Danielle, eso entendí.

Desde la recepción, ordené bebidas para el cuarto y, apenas entrados a este, le quité el pareo y la prenda superior del bikini; le besé y acaricié apasionadamente sus no muy grandes, pero turgentes tetas, mientras ella me amasaba mis genitales con una gana, al tiempo que suavidad, que ya me hacía sentir casi en el orgasmo.  Bajé entonces mis manos por su abdomen y penetré en la pequeña prenda inferior, empujándola simultáneamente hacia abajo.  La vellosidad era abundante y sedosa y, al buscar su pequeño rudimento femenino de miembro, encontré un miembro, sí pequeño, pero nada rudimentario; un poco asombrado seguí explorando hacia abajo y efectivamente encontré sus dos compañeras, las que amasé como el(la) había hecho con las mías, con lo que le arranqué unos dulces gemidos que me hicieron olvidar mis preferencias sexuales y desear más disfrute con aquella compañía.

Todavía albergaba la esperanza de encontrar ahí detrás dos orificios en lugar de uno; solo pude palpar uno igual al mío y ya me “resigné” a completar la conquista.  Terminamos de quitarnos las ropas y nos lanzamos a la cama a acariciarnos por todas partes y penetrarnos el uno al otro con una fiereza que yo no recordaba haber tenido con ninguna dama.  Desde entonces, en mi fría ciudad capital, busco el calor de compañías análogas a aquella Danielle, que en realidad se llamaba Daniel (¡enredos de pronunciación!).


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