El mecanismo del tiempo.

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Será mejor estar en casa –dijo Margarita a Julia al tiempo de limpiarle las lágrimas del rostro, la cogió del brazo y se dispusieron a entrar.

Su paso fue interrumpido por un súbito halo de luz cegadora… en cuanto se recuperó el horizonte vieron a lo lejos la diminuta figura subiendo al cielo, con las alas de criatura celestial principiante. El tiempo se quedó quieto.

Alejandro subía lentamente, llenándose de un calor que solo había leído en tratados teológicos, sintiendo como se diluía el dolor y la zozobra que padeció siempre por la voluntaria y temprana ausencia de su madre.

-El amor de las madres es incierto e inescrutable, como las leyendas no comprobadas de los seres míticos – dijo a su abuela en alguna ocasión.

Su cuerpo se iba llenando de la historia de la creación, escrita en un lenguaje divino, geométrico, indescifrable, perfectamente caótico. –Dios es matemático- entendió entre todos los susurros que escuchaba como una vorágine de voces apresuradas.

El fuego que se le notaba en los ojos desde temprana edad se avivó, como la brasa inextinguible del amor que lo condenaba. Vio a Julia como la primera vez, una tarde de agosto marchito, todavía con su uniforme de la escuelita, preguntando si estaba bien, se escuchó a el mismo respondiendo que sí, aclarando que solo se había raspado la rodilla y aguantando las ganas de llorar, sintió su mano guiándolo a través de los patios de la hacienda y tuvo nuevamente el deseo de seguir queriendo que esa mano lo guiará para toda la vida, a pesar de que ella fuese mayor. Sintió en la nuca la tierra caliente y semi húmeda de las tardes corriendo juntos, tirándose al piso para evitar a las miles abejas revoloteando sobre sus cabezas, perdiéndose sus gritos entre los zumbidos incansables.

Lo abarcaron las memorias claras, casi tangibles de la pubertad apresurada, el aliento de Julia penetrándole los poros, los dos extasiados y muriéndose de amor entre los girasoles cómplices, riéndose, burlándose, entendiéndose, completándose… sus últimos resquicios de humanidad le dijeron que ojalá se hubiesen muerto de a de veras, para evitarse toda esta pena.

Sintió que sus lágrimas lo traicionaron y se suspendió en el aire. Por fin sintió una voz clara y poderosa que venía desde la luz:

No quieras entenderlo, no te sería posible. Ahora podrás ayudar a las generaciones siguientes, en otros tiempos y en otras circunstancias. Puedes estar seguro de que vives en ella. Te prometo que volverás a encontrarla.

-La voz se ausentó y el cielo bajo sus pies empezó a cerrarse. Cayó en un estado de ausencia total, permaneció así, dorándose bajo el crisol de la divinidad, fortaleciéndose y moldeándose hasta fue requerido para auxiliar en la primer gran guerra que azotó a la humanidad.

Bajo el cielo completamente cerrado se desató la lluvia… entonces el mecanismo del tiempo regresó a su curso de desfiguros y desencantos.


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