AMOR PROHIBIDO 2

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Guillermo no salía de su asombro, aunque hacía una sonrisita por lo bajo. Tal vez a él también le hubiese gustado tener una amante como a la de su amigo, pero no se veía capaz de ello.

- Te voy a ser sincero. Pero prométeme que no dirás nada de lo te cuente a nadie - le dijo Martín.

- Sí. Lo prometo - convino Guillermo.

- Desde que estoy con Lola me he dado cuenta de que estoy harto de tanta obligación laboral, familiar... Mi yo personal; mis emociones, pensamientos íntimos es como si no hubiesen contado para nada en todos estos años de casado. Necesitaba conocer a alguien como Lola que expulsara el polvo acumulado durante todo este tiempo en mi espíritu. ¿Comprendes?

- Ya. ¿Y qué me dices de tu mujer? Ella también podría decir lo mismo que tú. Trabajo, hijos, casa... cuidarte a tí... Andrea también puede estar hasta el moño de tanta obligación, y asimismo podría tomar a un amante. ¿Qué dirías entonces?

Martín sonrió como si hubiese estado esperando aquella espinosa cuestión que le parecía un manido tópico de la época, y supiese la respuesta.

- He estado pensando mucho con esta posibilidad. De que Andrea me la pegara con otro. Desde un punto de vista objetivo tendría el mismo derecho que yo a tener un amante. Pero ocurre algo que nos diferencia a los dos. Andrea es una mujer muy sentimental, y se enamoraría del otro para estar con él y fundar otro hogar y a mí me dejaría tirado en una cuneta - objetó Martín-. Cosa que ni yo ni ningún otro hombre en mis circunstancias se nos ocurriría hacer tal cosa. Y eso es porque a las mujeres por encima de todo les puede el concepto familiar, más que tener una aventura amorosa en sí misma. Esto es algo biológico pero que por la mania del igualitarismo político respecto a los dos sexos no se quiere ni ver ni admitir. Mas si pensamos un poco, veremos que el hombre tiende a la poligamia, a la aventura erótica. Recuerda que a principios del siglo XX los matrimonios burgueses que iban al Liceo a ver ópera, los maridos tenían sus amantes; incluso había mujeres que recomendaban a sus cónyuges que tomaran a tal mujer para su disfrute, porque ellas sabían que los hombres no las abandonarían jamás. Para aquellos señores de alto copete, las legítimas esposas eran las catedrales, mientras que las otras eran las capillitas. ¡Es ahora cuando la cosa se ha complicado de una manera hipócrita fomentando en el hombre un sentimiento de culpabilidad por su natural manera de ser!

- Sí, éso es verdad... - admitió Guillermo.

- En mi caso he descubierto que me va bien tener dos mujeres. La que no tiene la una, tiene la otra. Andrea es convencional, pero me da estabilidad; y Lola es la aventura; siempre me sorprende y me hace reír.

- Si Lola es la aventura, lo imprevisible, es muy probable que cualquier día se acabe esta historia, y tú te vas a sentir muy mal - expuso Guillermo.

- Lo sé. Lola al fin y al cabo es una mujer independiente. Vive al día, y lo que más respeta es su trabajo. Un día, y espero que cuánto más tarde mejor, ella alzará el vuelo, y me dejará colgado. Mujeres como Lola hay pocas, pero las hay. Y como bien dices, yo lo lamentaré. Pero también pensaré que he vivido una intensa vida personal, distinta a la rutina familiar, y ésto me llena de orgullo.

- ¡Venga a comer, que la carne se enfría! ¡Basta de charla... que parecéis dos viejas! - les gritó risueña Andrea

- ¡Y luego decís de las mujeres...! ¡Anda que cuando los hombres os ponéis de cháchara no hay quien os pare! - expresó la mujer de Guillermo-. Por cierto ¿De qué hablábais si se puede saber? - quiso saber ella con cierta suspicacia al notar un extraño silencio masculino.

- ¡Ah de nada en particular! De nuestros viejos tiempos - respondió Guillermo.

Y todos se pusieron a saborear las deliciosas salchichas hechas a la brasa, mientras seguían riéndose de las tonterías que decía uno u otro, como si nada huibiese pasado.

 

 


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