Despojo

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Negro, estás aburrido –dijo el sacerdote. Su voz retumbo por  la amplia cocina, había adquirido  en el seminario la costumbre de hablar casi gritando cuando estaba solo, creía que así espantaba a los malos espíritus. El perro ni siquiera volteó a verlo, no estaba aburrido, solo era que se había acostumbrado a su escandalo diario; afuera se escuchaban los disparates de los borrachitos que orinaban la pared del ex convento.

El café terminó de hervir y su olor combinado con la esencia de la canela se esparció rápidamente, el sacerdote se sentó al filo de la mesa, como cada noche, bebiendo pausadamente mientras rezaba la última novena del día. Escuchó claramente  3 golpes en el portón pero decidió no abrir. Pasados unos segundos volvió a escuchar los golpes, ahora con más fuerza.

Debe ser algún borrachín, tal vez necesita confesión de último momento -le dijo al perro. Su vocación lo convenció de que no podría concentrarse hasta saber que pasaba; con trabajos se  incorporó, cogió la sotana del respaldo de la silla próxima y se la  puso. Antes de encaminarse a la entrada miro al perro nuevamente y lanzo una de sus frases célebres: no en vano les llaman el escuadrón de la muerte.

-

Abrió el gran portón y se encontró con un muchacho tirado boca abajo, la mujer que lo acompañaba lo miró fijamente: Padre Gabriel,  yo le insistía en que no fuera al río de noche –le dijo- mire usted como regresó.

-Gabriel se arrodilló ágilmente, a pesar de sus problemas de salud,  intentó hacer preguntas pero la mujer se paró y empezó a alejarse con pasos rápidos, hasta que la perdió de vista, consternado miró  a ambos lados de la calle para pedir ayuda, los borrachos ya no estaban y una neblina pesada cubría el ambiente, sintió un escalofrío certero cuando volteó al muchachito, tenía la cara llena de símbolos que solo se encuentran en libros prohibidos, parecían cicatrices recientes… lo soltó al instante y se acercó a su boca, estaba balbuceando algo, Gabriel tuvo que acercarse aún más, reconoció blasfemias mayores y burlas en lenguas muertas, no supo que hacer:

No te preocupes Gabriel- le dijo el muchacho con la mirada completamente ausente, riéndose y retorciéndose levemente- no hay nada que hacer,  mientras yo esté aquí las almas puras correrán la misma suerte.

¡Ya viene! ¡Está viniendo! –Repetía con júbilo el despojo de humano tirado en el piso-

¿Quién? –Preguntó Gabriel-

La bella muerte –contestó lo que sea que estuviese respondiendo. Después dio un alarido y no se movió más.

-

Gabriel recordó la invitación que le habían hecho en el obispado para convertirse en exorcista, entró a la galería y preparó sus cosas, se hizo acompañar de Negro y partió fugazmente a la presidencia; encontró al guardia de turno, pidió hablar con el presidente pero aún no había llegado.

Niéguenle  el entierro al muerto que esta fuera del ex convento –dijo severamente- mándenlo lejos. Tengo que hacer un viaje urgente.

-Partió a la capital con las caravanas que iban a vender sus productos de lana, se colocó en la parte trasera del último carro disponible, Negro recostó su cabeza contra su brazo y ambos durmieron hasta entrada la mañana, no imaginaban en ese momento que un año después solo uno de los dos regresaría.


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