Idiotez extrema I

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Estoy en proceso de relajación, después del trabajo, sentada en la tranquila terraza de un bar, con una copa de verdejo fresquita.

Por fin es miércoles. Dos días más y fin de semana.

Pensando en ello, lo veo aparecer cuando gira la esquina, sube con su impresionante moto a la acera y la aparca cerca del bar. Imposible no reconocerlo, con su camiseta del escudo del Capitán América y unos vaqueros oscuros.

Unos ojos negros aparecen detrás de sus gafas y el pelo corto al quitarse el casco.

No nos conocemos. Seguro que ni siquiera ha reparado en mi presencia, habitual cada miércoles en la misma terraza, en la misma mesa. No soy mujer de destacar especialmente, por ello tampoco esperaba que se fijara hoy en mi.

Sin embargo al pasar frente a la terraza sí que ha dirigido su mirada hacia donde estoy yo sentada. En plan tonto, se me ha escapado una sonrisa que he intentado disimular cogiendo la copa para beber un sorbo de vino. 

Dudo entre marcharme o terminar mi copa. Sale del bar con una flauta de cerveza en la mano y se sienta en la mesa de enfrente en plan macho, espatarrado. Y me mira. Descaradamente.

Siempre he huido de los "chicos malos", aunque la verdad es que quedarme con un chico bueno tampoco me ha salido tan bien.

-Disculpa, ¿me das fuego? -me pregunta.

-Claro... toma...

Es impresionante la bola que me puedo formar yo sola. Ya me imagino sus manos acariciando mis brazos y sus labios besándome para agradecer el ápice de fuego que le acabo de prestar.

-Gracias, preciosa.

Vaya! Uff, gracias, las que tú tienes, corazón! Solo lo pienso, jamás se lo hubiera dicho.

-De nada...

Mi cara se ha puesto colorada, lo siento sin verme. ¡Por favor! ¡Si parezco una cría! 

Mi Capitán Am?rica tras unos momentos en silencio, tras un largo intercambio de miradas, inicia una conversación intranscendente conmigo, a la que me incorporo con ganas, para romper la rutina, para conocerlo, y porque me gusta un huevo!

Y tan tranquilos estábamos, yo cada vez más suelta, apreciando su sentido del humor y descaro, cuando aparece una pelirroja llamativa que se dirige directamente hacia nosotros. 

-¡Hola bombón! ¡Siento llegar tarde!, -le dice. Él se levanta, la coge por los brazos y le pega un morreo de campeonato. 

-Bueno, yo ya me iba...

Aún pude escuchar su voz diciendo: -Hasta pronto, guapa!

Pago mi consumición y me dirijo hacia mi casa, lentamente, pensando en el alto grado de idiotez extrema de mi imaginación.


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