ASTAROTH (parte 2 de 2)

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Despertó recostado sobre el escritorio sin saber qué había sucedido. De pronto escuchó una música de glam rock que lo obligó a mirar por la entrada de su cubículo. Nadie más se asomó al pasillo, era como si solo él escuchara la melodía. No la oía con claridad, parecía provenir de adentro de un frasco cerrado o como si la estuviese escuchando sumergido en el agua. 

Entre los paneles blancos, la sensual secretaría del gerente iba recorriendo el pasillo hacia él. Las luces de tubos fosforescentes se apagaban y encendían; solo la que estaba justo encima de ella iluminaba sus rizos dorados, siguiéndola como lo hacían los ojos de Daniel. Llevaba un vestido rojo hasta las rodillas que, de tan ajustado, era como si lo hubieran pintando sobre su voluptuosa figura. Sus piernas se movían balanceando su cuerpo, sin embargo, los finos tacos de sus zapatos se apoyaban en perfecta línea recta. Se acercó a Daniel para darle un sobre de papel madera y luego se retiró guiñándole un ojo en un gesto que duró una eternidad. Él vio como sus pestañas bajaban una a una, arqueándose y rebotando al ascender de nuevo.

El sobre tenía un pequeño papel dentro que decía: “Te espero en la fotocopiadora en 5”. Daniel estuvo allí a los dos minutos y medio. La bella señorita estaba junto a la puerta, y luego de que él ingresara la cerró con llave. La secretaria se sentó en la fotocopiadora y levantó su vestido rojo, dejando a la vista unos carnosos muslos. La fotocopiadora estaba encendida y, mientras él la penetraba con fuerza, sacó suficientes copias del acto como para empapelar el templo de Afrodita.

Pronto se corrió la voz de que Daniel era una especie de máquina sexual. Era cierto; el pacto con Astaroth lo había convertido en un demonio con las mujeres.

El jueves Daniel tuvo una punzada en la boca del estómago mientras bebía su café en el trabajo. Daniel estaba tenido una gran semana, pero comenzó a pensar si podría seguir tolerando tanto sufrimiento.

Tiró el vaso del café en el cesto y fue como si ese fuera el interruptor de la corriente de todo el piso. Las luces rojas de emergencia iluminaron el lugar y una sexy compañera de trabajo con quien jamás había hablado ingresó en su cubículo. Quedó petrificado, contemplándola desde la silla con el rostro a pocos centímetros del busto de la muchacha. Ella llevaba la camisa con los botones superiores abiertos, mostrando el amplio escote como una invitación al paraíso ida y vuelta. La joven empleada se acercó a su oído y describió con un susurro una escena que Daniel solo había visto en sábados solitarios frente al ordenador.

Esa misma noche ella fue a su casa junto con su mejor amiga. Al principio él tuvo miedo de no lograr complacer a las dos morenas paradas en el umbral de su puerta, pero pronto fueron ellas las que no lograron seguirle el ritmo. A mitad de la velada el televisor se encendió sin que nadie hiciera nada, y pasó una melodía psicodélica con imágenes de colores que iluminaron la habitación. En el torso de Daniel se dibujaron rostros amorfos mientras él reía fuera de control.

Luego de que todos se vistieran volvió a ser el mismo hombre amable de siempre, y las dos jóvenes se retiraron agotadas tras el encuentro. Antes de abrirles la puerta hizo un comentario parte en broma parte en serio:

–La próxima vez vengan con otra amiga.

Ellas hicieron una sonrisa cansada y se retiraron aún sin poder recuperar el aliento.

Minutos más tarde Daniel corrió al baño para terminar pasando la noche entera vomitando, casi sin poder disfrutar del recuerdo de lo que acababa de suceder en su departamento.

El viernes, antes de ir a trabajar, fue al médico; aunque sabía que ningún remedio podría detener su sufrimiento. Nada salió en las radiografías, y cuando le preguntaban qué era lo que sentía, sus descripciones no parecían provenir de una mente sana.

Una espiral de lava burbujeante ascendiendo por su vientre. Una serpiente de mil cabezas mordiendo sus intestinos y dejando dos mil pequeños huecos sangrantes. Un líquido corrosivo fluyendo por sus tripas, causando quemaduras que se elevan hasta las puertas de un dios demasiado ocupado para socorrerlo.

Una vez en la oficina, luego de otro fuerte dolor estomacal, fue al baño y se quedó allí durante horas hasta que un compañero fue a buscarlo.

–¡Dani!, ¿estás bien? El gerente te anda buscando. ¿Será que por fin te darán ese ascenso?

Daniel vomitó sangre en ese momento y supo que tenía que tomar una decisión respecto a sus placeres y a sus dolores. Esa misma tarde se dirigió al lugar en donde había conseguido el libro con el que hizo el pacto con Astaroth:

–Buenas tardes –dijo Daniel. Su rostro estaba pálido con excepción de una aureola negra en los ojos. Sudaba profusamente y apenas podía mantenerse erguido frente al mostrador.

El empleado no contestó, solo se limitó a apretar los labios arrugándolos para luego carraspear como hacía siempre.

–Ahora recuerdo que usted no es un gran hablador –dijo Daniel–. El demonio está creciendo en mi interior, y he pasado los días de prueba. Ahora sé bien qué es lo que quiero respecto a todo el asunto; ya he tomado la decisión.

Sacó el libro sin nombre de su portafolios y lo apoyó sobre el mostrador. Un dolor como nunca antes había sentido lo atacó en el centro del estómago. Las gotas de sudor caían de su frente mojando la tapa negra del libro.

–¿Ya ha tomado la decisión? –preguntó el empleado– ¿Quién dijo que la decisión es suya?

Un instante después dos garras atravesaron el abdomen de Daniel, abriéndolo al medio mientras él gritaba y se desangraba. Pronto un pequeño rostro se asomó por el agujero; la decisión sobre su vida ya había sido tomada.

 

 

FIN

 


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