Aló: sistema solar.

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Le gustaba mi canción, y a mis canciones ella, le gustaba que le escriba en pequeños retazos de papeles, yo solo quería adornarle el corazón, hacerla reír más de lo que ella ya lo hacía y cuanto más lo hacía más me enamoraba. Desde ese día todas mis canciones y mis textos nacían de sus pies y siempre con destino a su alma. Morían en sus espesas y maravillosas pestañas las letras, y se adentraban mis canciones en el sistema solar de sus oídos. Lo digo así porque entre las primeras orbitas que se trazaban en ese espacio auricular yacían cuatro planetas perlados y se divisaba un ápice de la luna.

El primer cuerpo celeste, el más claro, y el de mayor tamaño ubicado en el lóbulo del sistema del que puedo decir que ojalá mis palabras, mis canciones y suspiros hubiesen quedado habitados allí, como ciudadanos significativos e ilustres, pero voy muy lejos de esa fantasía. Siguiendo esa línea orbital a millones de kilómetros (¿se imaginan lo inmensa que era para mí, no?), bastante juntos, supe morder planetas trillizos, pude residir en ellos por lo menos un tiempo de seis meses, es un lugar muy agradable, pero no se lo recomiendo a nadie más que a mí. Llegando a la parte más importante, más propia, única, en la cima, sobre la hélice de su oído, se aprecia un fragmento lunar, indiscutiblemente precioso, y lo que hace a este sistema solar propio y único, por tal característica.

Intenté perderme en esa galaxia miles de veces, bucear entre las estrellas y los peces en su frente y vi el secreto de lo profundo, sin poder llegar. 

El día empezaba para mí en sus ojos. En tanto y en cuanto viese los rayos reverberados allí sabía que era mi día. Los planetas recibían calor, luz, la luna se ocultaba tras sus cabellos y yo viendo el amanecer sobre ella, siendo parte quizás, de algo más allá, observando el fenómeno mínimo natural de sus encantos despertar, sobre las luces que titilaban bajo su cama y bajo la ventana de ese segundo piso.

Ya no estoy a la atura de que esa luz me dé, intenté llegar a la cima, subir cada vez un poco más pero cada vez atardecía más temprano. Ya no me dan las piernas y lastimosamente la luz hacia atrás no va a volver, lo sé porque esperé, y hasta ahora nada. Habrá otros más rápidos, o que sepan de atajos, pero era mi sol, mi sistema microsolar, la de mis canciones, la de mis poesías, la de mis palabras, pero era.

Aunque entre usted y yo, señor lector, aún lo es.


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