En mi oficina

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Inicia una nueva semana, lunes de tráfico, de juntas y resolver pendientes; y precisamente hoy el tránsito pesado, voy retrasado a la oficina. Al llegar al edificio, lo miré desde lejos, pensaba en cómo se ha convertido en testigo mudo de algo tan hermoso que ha sucedido dentro de él.

Miré hacia el cuarto piso, esas ventanas que apenas dejaban pasar un pequeño rayo de luz y que ese pequeño rayo de luz, dejaba ver tu cuerpo desnudo.

Tanto he detestado trabajar en fin de semana; y sin embargo, ese sábado fue distinto, cuando llegaste, todo me imaginé, excepto que fueras mía en la oficina.

Después de dejar el auto, entro a la oficina, pero fue imposible no mirar el sillón de la recepción y recordarte desnuda frente a mí con un juguete y mi dedo metido en tu culo. No pude evitar tratar de oler, para ver si aún quedan vestigios de un reencuentro amado, de un reencuentro deseado, de un reencuentro hermoso.

Saludé a mis compañeros sin mayor importancia y relevancia, quería ver mi lugar, mi mesa, tal vez aún estaban marcadas tus hermosas nalgas o tus manos reposadas para poseerte por detrás.

Ojalá hubieras escurrido para que una mancha de ese líquido sexual fuera la evidencia de que fuiste mía, de que eres mía y que serás mía por siempre.

La silla aún está donde la dejamos, fue mi apoyo para penetrarte para poner mi dedo en tu hermoso y rico ano y poder observar el mejor espectáculo que me ha dado la vida.

Los vestigios fueron borrados, las huellas eliminadas; excepto las marcas de tus hermosas nalgas en mi lugar, ¿recuerdas? ahí no limpiamos, ahí están, la prueba de que tuve al amor de mi vida desnuda, en mis brazos y la hice mía, la prueba de que estuve dentro de ti, y que te penetré cómo a ti te gusta y cómo solo yo lo sé hacer.

Ese mete y saca a veces rápido a veces despacio, a veces suave a veces con fuerza, aún retumba en mi vientre, aún mi miembro lo siente y vuele a despertar, de solo recordar en esa imagen tan bella: tus piernas abiertas, tu vagina expuesta y mi pene duro decidido a entrar hasta donde se pueda.

Aún me parece escuchar el eco de tu voz, de tus sonrisas y de tus gemidos, todavía escucho tus palabras el “te amo”, “te necesito” “me hacías falta” y aún me estremecen esas tres palabras “soy tuya, cógeme”


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