El sugestivo técnico de computadores (2)

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En el capítulo 1, se narraba la rica aventura erótica que tuve con un joven y bello técnico de computadores que vino a prestarme servicio en mi apartamento.  El "servicio" terminó siendo una maravillosa mamada que me dejó completamente escurrido.  Él quería continuar y yo le pedí que me dejara recuperarme un poco.

Me acabé de desnudar, me serví un trago fuerte y me tendí en el sofá a paladearlo.  El chico se sentó, todavía vestido, a instalarme en el computador un juego nuevo muy solicitado, cortesía suya; no me costaría nada.  Desde ahí me miraba de reojo mi diminuta herramienta, agotada después del rico tratamiento que me le había hecho y se sonreía socarronamente.

–No te rías.  Espera lo que te voy a dar.

–No veo con qué, ja ja ja.

Su atrevido reto me lo hizo crecer más pronto de lo que era usual después de escurrirlo de esa manera; mi experiencia autoerótica me lo decía muy bien.  En una de sus ojeadas, se lo mostré en mi mano, ya grueso y muy salido de los ocho dedos de longitud.  Me pidió una esperita para terminar de probarme el juego.

–No te apures, yo también voy a probar cómo me le haces juego a esto.

–Ardo de ganas.

Terminó y no le tuve que pedir quitarse la ropa; se la arrancó en un minuto y se me lanzó.  Quedó echado boca abajo sobre mí, con su cara sobre la mía y me robó un dulce y prolongado beso, mientras estregaba su cosa contra la mía y ambas crecían desmesuradamente.  Le pasé mis manos, con toda ternura, pero con toda pasión, desde su cuello, a lo largo de su tersa espalda, hasta agarrarle esas nalgas turgentes que le amasé desesperadamente. Empezó a gemir en un tono provocador.

–Ya gemirás cuando te tenga para mí; esto apenas son caricias.

–Hazme tuyo, entonces.

–Colócate, pues, boca abajo sobre el sofá y déjame libre.

–Aquí me tienes, papi.

–Ábrete de piernas.

–Listo, papi.

Y me fui con mis dos manos, piernas arriba, acariciándolo, y tras ellas, dándole besitos en esas extremidades tan bien contorneadas.  Al llegar al orificio, ingresé un dedo, con todo el cuidado del caso, pero noté que entraba sin dificultad hasta el fondo.  “Este ya lo tiene muy bien amaestrado, va a ver cómo le doy” y le introduje dos dedos y luego tres, que deslizaban deliciosamente hacia dentro y hacia fuera, sacándole al muchacho nuevos gemidos, placenteros e incitantes.  Acto seguido, lo tomé de su pecho con mis dos brazos, sin consideración, para moverlo hacia el borde del sofá y acomodarlo con las piernas hacia fuera y ese trasero listo para recibir.  Me le acerqué por detrás con mi miembro rígido, mi cuerpo medio inclinado, y se lo introduje todo de una vez.  Gritó.  Lo retiré inmediatamente y protestó; me dijo que estaba rico, que gritaba de placer, que se lo metiera todo otra vez.  Obedecí, pero entrándolo ahora despacio y con suavidad, con el fin de escuchar morbosamente sus reclamos porque no lo metía a fondo; eso me hacía gozar más.  En fin, terminé de nuevo bien adentro y me dijo unas palabras tales que me hicieron desarrollar rápidamente; no recuerdo esas palabras tan incitantes, pero el hecho es que le llené ese recto de semen y retiré lo mío solamente cuando ya estaba de un tamaño irrisorio.

El chico me abrazó y me besó apasionadamente, se vistió y se fue, haciéndome prometer que lo llamaría de nuevo la semana siguiente.

FIN


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