Revele mis deseos en una sesión de sicologo. Parte 1

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Jamás hubiese imaginado en qué derivaría la sesión con la psicóloga. De hecho, me cuesta creer que llegué a acostarme en aquel diván para contar lo que llegué a contarle.

No me gustaban los psicólogos. Hasta que uno me empujó al abismo. Para mis son licenciados que saben escuchar, chamuyeros que cobran, y para eso tenía buenos amigos que me cobraban un par de cervezas y unas pizzas. El pequeño detalle fue que nunca me percate de que a un amigo jamás le hubiese dejado llegar hasta donde llegó en mi cabeza, una sesión. Sin lugar a dudas más barato eran mis amigos, pero eficaz fueron dos sesiones.

Comencé a concurrir a las sesiones, por una apuesta con mi pareja. Mi pareja perjuraba que yo soltaría lo más oculto de mí y yo que jamás a otro ser humano podría sacarme lo que no quería decir. Así comenzó una tonta apuesta que con el tiempo entendí la complicidad de la psicóloga y mi pareja podría llegar a tener.

Los días pasaron y por insistencia de ella, accedí a la consulta. Con la idea de que me relajara un poco y terminará contando lo que no le contaba a ella. Así comenzó a convencerme de que la visitara. Que seguro me iba a enganchar a charlar de cualquier cosa. Yo sostenía firmemente que no necesitaba un psicólogo para nada y que jamás me engancharía, a lo sumo una sesión o dos, contarle mi vida a un extraño; que poco conocía de mi vida, no me despertaba el sueño. Bueno eso no fue lo que pasó.

Cuando llegué al consultorio en aquel edificio moderno de la calle Madrid 101, no me recibió un psicólogo, si no una atractiva cuarentona llamada Noelia.  No me interesaba para nada los psicólogos y menos las psicólogas. Y no es que fuese machista, pero si no creía en los psicólogos, jamás me podría llegar a entender una psicóloga. Pero allí me encontraba yo, por sentarme en ese diván con una señora a contar lo que fuese, yo no tenía idea por donde empezar y menos a ella. No tengo nada contras las mujeres profesionales, y menos que menos soy machista, pero sin lugar a dudas creo que las mujeres no nos entienden a los hombres y cuando conocen nuestras verdades más íntimas se enfurece aún más, así que me costaría llegar a entendernos.

Nuestra primera sesión se trató obviamente de mí, recuento de la infancia, de mis afectos, de lo que estaba haciendo hoy en día. La hora pasó volando ya que además de todo me gusta mucho charlar. Quedamos que la visitaba una sesión más, total la apuesta ya estaba y yo estaba por ganar.

En la segunda sesión obviamente ella hacía preguntas en telegramas, ahí es cuando desconfío de estos seres, para mi son muy extraños los psicólogos. De todas forma sus palabras parecían muy armadas. Si bien nunca había ido a un psicólogo antes, esto me parecía un poco armado. Pero bueno pensé, seguro esto se repetía en cada una de sus consultas y que yo era uno más de sus loritos a escuchar.

Al iniciar la hora pensé que comenzaríamos a hablar de nuevo de mí. Pero la conversación se disparó para el lugar más extraño que puedan imaginar. Todo derivó en algo aún más extraño para mí. Pero esto va suceder un poco más adelante. Las preguntas venían normales hasta que me preguntó por mis amistades, se encendió una primera chispa de lo que explotaría al final de la sesión.  Recuerdo que hice un comentario, algo como:

-”Amistades solo hombres, es imposible la amistad entre un hombre y una mujer. Ustedes, las chicas nunca nos entenderán y si lo hicieran sería más fácil llevarnos bien, seriamos amigos, pero con derecho a sexo”-. Creo que toque su fibra más íntima femenina y en lugar de mandar el telegrama de pregunta que venía realizando, me mandó un pequeño monólogo de lo posible que es tener amistades entre ambos sexos.

Inmediatamente de terminar su monólogo sacó una pequeña sonrisa falsa, insinuando que mi vulgar respuesta, patética sobre los hombres y las mujeres estuviera totalmente excluida de cualquier libro de Freud, y además dejo claro que lejos estaba de ser un el genio que lo sabe todo en relaciones humanas. Mi respuesta fue:  -” Es muy fácil, si ustedes pudieran entrar en nuestra forma de pensar, sin lugar a dudas nos entenderían más, sin lugar a dudas nos sacarían las fichas más rápido de lo que queremos y lo que nos gusta, y no tuviéramos que hacer tantas cosas para llegar a hacer lo que ya sabes”. Ella se ajustó lo lentes en la nariz, cruzó las piernas se acomodó hacia atrás en su sillón gris de cuero y me dijo: - “y tu piensas que no olfateamos lo que ustedes los hombres nos quieren decir, con sus acciones, sin palabras y sin meterse en sus mentes?” . Y como me encanta entrar en las buenas charlas y discutir por cualquier cosa, caí en su red y lo tomé como un desafío.

Comenzó entonces más que una sesión para mi, se transformó en un ir y venir de posturas de mujeres y hombres. Me acuerdo que comencé con algo básico, le dije - “Noelia, te lo acabo de comentar, partamos de la base de que la amistad entre el hombre y la mujer no existe”- la respuesta fue contundente, -“Por supuesto que puede existir una relación de ese tipo, de hecho la tengo con un amigo desde hace años, se llama Javier y lo quiero como amigo, nunca lo miré con otros ojos”. A ver, lo que Noelia no entendía, es que la relación que ella quería tener con su amigo era diferente, con la que él quería tener con ella, y aunque yo no conocía para nada a su amigo y mucho menos a su relación con él, me atrevía a decir que era imposible que no hubiera algo detrás del pensamiento de “Javi” para darle con todo. Los hombres tenemos ese deseo por el sexo opuesto, sea amiga o no. -”Es fácil Noelia”-, le dije, -”o tu amigo es gay, o todavía no dio el zarpazo para atacarte”-. “Es imposible que no te tenga ganas, por más que seas fea, linda o lo que fuese, si quieres conocernos, a los hombres, sabrás o descubrirás que indirecta o directamente siempre vamos a verte con otros ojos para acostarnos, o por lo menos verte sin ropa, bueno salvo que realmente estes muy fea!”.


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