El imperio negro / II

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¡Ahora me he calmado amigos! ¡La cola del zorro se agita para enfriar el viento, me ayuda a estar mejor!

¡Nos hablaba del temible Olvido!

Cierto es, amigo lobo, cierto es…

Al parecer se conocían de hace tiempo, porque ella le tenía miedo, mucho miedo. El Olvido aplaudió y sus asquerosas criaturas se volvieron brillantes como el oro, Vanidad y Mentira fueron entonces, criaturas muy hermosas, Otoño lo reconoce.

Livianas como el viento, Vida las cargó en sus hombros, ellas le susurraban al oído mientras me veían de reojo con malicia ¡pero Vida no me creía! Poco a poco nuestras tardes en silencio fueron diluyéndose y su sonrisa se volvió distinta… caminábamos por el bosque con El Olvido a nuestras espaldas…

Una tarde parámonos a comer, Vida parecía tranquila pero me esquivaba con la mirada, sus nuevas amigas me señalaban y reían. Intenté levantarme para enfrentarlas pero caí en el acto, El Olvido señaló mi pie, me miraba con excitación:

¡No podía ser! La negrura del bosque, no me enjuagué y empezaba  a apoderarse de mi cuerpo, subía por mi extremidad con una tranquilidad profunda. Debía ser valiente, así que afronte mi destino, mi felicidad era que Vida podía andar mejor, así que les pedí que se fueran, dejarme solo era mejor, podía contagiarlos.

Vida se compadeció, no quiso marcharse, a pesar de que Mentira le insistía en hacerlo… en un último acto de benevolencia me regaló el alma del cuervo, en parte porque ya no pude caminar y en parte porque mi color se había vuelto el del hollín.

Cantar desde entonces no pude, cada palabra mía era un graznido de alboroto y en algún punto me volví molesto para ellos… Vida pidiome que dejara de seguirlos.

 

II

¡Ahora saben cómo tuve alas! Pero después fui lo que soy ahora.

¿Cómo paso? - pregunta el arbusto… a todos le respondo.

Pasaron lunas, muchas lunas sin saber de Vida,  la negrura ya no crecía, es cierto también, pero la que había quedado… terminó con todo. La ausencia de Vida me puso triste, muy triste, dispuseme  a dormir para siempre y deje de volar, pero la muerte no venía, se entretenía con mi tristeza, de a poco mis alas pegaronse a mi cuerpo, torpe me volví ¡extrañaba a  los antepasados de la liebre, del petirrojo, de todos ustedes, al menos para que se burlaran de mí!

Me recosté sobre el piso y cerré mis ojos, esperé el embate del sueño, pero no sucedió, desperté con miles de criaturas bajo mío, cargándoseme con alegría:

¡Gran banquete! ¡Gran banquete!  –cuchicheaban entre ellas.

Hormigas, dijeron llamarse, las creo la Miseria, por eso son negras ¡son sus emisarias! Ahí donde llegan no habrá prosperidad nunca.

Desesperado empecé a graznar, con las pocas fuerzas que me quedaban.

¡Vida me escucho! Me rescato y me cuido con esmero, con mucho esmero. Me contó que El Olvido la había engañado, y lloraba amargamente ¡habíase enamorado de él!

Pena sentí por ella, más que otra cosa, así que lloramos juntos, mucho tiempo, de a poquito, hasta que Vida recuperaba su alegría ¡entonces llore más! ¡Con alegría! Y mis alas volvieronse  cobrizas, en su lugar me nacieron hojas de árboles sabios, me transforme hasta volverme casi etéreo, ahora soy el viento, el cauce, el follaje, el eco…

Recorrimos el bosque juntos, otra vez. Ella cogió mi mano y  con mi ayuda pintamos todo aquello que era negro; me gustaba verla exhalar a los animales, me conmovía verlos volver a su antiguo estado… le regaló el invierno al zorro, la gentileza de la primavera al colibrí y el reconfortante verano al agua:

Otoño – me dijo, serás mi Otoño, la nostalgia de mi existencia.

Antes de irse me agradeció, sin quererlo habíamos creado el equilibrio… después, cuando los elementales crearon el tiempo decidimos vernos una vez cada año. Siempre procuró llegar antes, en verano le gusta bañarse en el río, en naturaleza viva.

¡Es hora de partir, amigos! Cuando la vean por aquí, díganle que siempre seré su incondicional sirviente, su fiel amante.


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