¿Un amor imposible? II

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Estuvo pensando toda la tarde en las palabras que le había dicho Jaime, y se sentía feliz. Quizá sólo lo había hecho para animarla, pero, fuera como fuera, se sentía muy bien.

Estaba en su habitación a punto de acostarse, delante de un espejo de pie, donde podía verse de cuerpo entero. “Eres guapa y atractiva”, resonaban esas palabras en su cerebro. Se empezó a desnudar, quitándose la camiseta. Contempló sus pechos, recogidos en un sujetador blanco que le quedaba muy ajustado. Con la destreza que le daba la cantidad de veces que lo había hecho en su vida, se lo desabrochó y lo dejó caer al suelo.

Sí, tenía unas buenas tetas. No eran demasiado grandes, pero estaban duras, muy firmes, como tenía que corresponder a una chica de su edad. Se las tocó y acarició, notando en las palmas de sus manos esa dureza, unida a la suavidad de la piel. Sus pezones, de un color marrón oscuro, no eran muy grandes, y solían estar bastante erectos. Ahora sobresalían de las areolas y Paula los pellizcó levemente. El contacto de sus dedos con los pezones le proporcionó una sensación que conocía bien.

Apartó sus manos de las tetas y se quitó el pantalón de chándal que vestía. Al comenzar el curso, Paula estaba más gordita, tenía más carne, y sus caderas y la cintura estaban más rellenas. Luego decidió comer un poco más sano y hacer algo más de ejercicio. Esos meses produjeron un efecto en su cuerpo. Ahora, en aquel espejo, Paula veía la imagen de una chica más estilizada, con unas piernas fuertes y un vientre plano, en el que destacaba un ombligo hundido. Sus muslos también se veían duros, y sin apenas celulitis.

Metió los dedos en la tira de las bragas blancas que llevaba y las dejó caer hasta el suelo. Al colegio solía llevar bragas porque le resultaban más cómodas y porque le gustaba cómo le quedaban. Cuando se cambiaba en los vestuarios para la clase de educación física, observaba cómo la mayoría de sus compañeras usaban tangas, algunos tan diminutos que apenas tapaban el coño. A otras las veía con la tira metiéndose dentro del culo, y se preguntaba si no les resultaba incómodo. Paula tenía tangas para ponérselos sobre todo con mallas o ropa más ajustada, pero no eran tangas de hilo, con lo cual podía soportarlos mejor.

Completamente desnuda ya, observó el oscuro triángulo de vello que cubría su pubis. No era un vello muy fuerte, y nunca había tenido demasiado. Le gustaba tocarlo porque era muy suave al tacto. Siempre le había gustado tener pelo ahí, porque le daba un aspecto de mayor. Solía recortárselo ella misma, bien con unas tijeras o bien con una maquinilla, intentando que mantuviera siempre esa forma geométrica. Tampoco entendía muy bien esa moda de afeitárselo del todo, que algunas de sus compañeras llevaban a rajatabla.

“Eres guapa y atractiva”. Jaime le había dicho eso con esa voz que tanto le gustaba a ella, mientras la miraba directamente a los ojos. A lo mejor sí que soy guapa, y gusto a los chicos, se decía mientras miraba su cuerpo, y se giraba para ver un culo pequeño y redondo, pero que sobresalía muy sensualmente.  Se dio unas palmadas en las nalgas y notó que estaban duras, como el resto de ella.

Empezó a tocarse nuevamente las tetas. Las apretaba y las amasaba, y con la palma de la mano volvió a rozar los pezones. Hizo unos giros suaves y notó cómo reaccionaban a su estímulo. Sabía muy bien lo que tenía que hacer.

 

¿Continuará…?


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