LA MANO QUE ALIMENTA

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¿Y si cada lujo en tu vida no fuese más que una ilusión?

¿y si estuvieras en deuda por cada consumo desmedido?

¿morderías acaso la mano que te alimenta? 

 

 

La luz blanca de la habitación se prendió a la hora de siempre. Los diez individuos despertaron, abrieron los ojos y comenzaron a dar vueltas por el lugar emitiendo sonidos guturales. Todos los días comenzaban de la misma manera para los elegidos. No se llamaban así en realidad, pero “elegido” era la única palabra que sabían pronunciar.

Desnudos, desnutridos y sin identidad; los diez carecían incluso de género y nombre. Lo único que los diferenciaba era una marca en sus cuellos.

Los elegidos buscaban a su alrededor algún resto de comida, intentando utilizar su sentido del olfato que se había vuelto inútil en aquel hedor.

Por alguna razón caminaban apoyando sus cuatro extremidades, pudiendo andar de pie con mayor comodidad.

Chocaban entre sí, empujándose, compitiendo en aquella búsqueda infructífera dentro de una habitación vacía.

Las paredes del lugar eran grises a excepción de la parte inferior, donde estaban llenas de manchas de diferentes colores que habían dejado los elegidos con sus dedos.

A centímetros del suelo había una canilla que no podía abrirse ni cerrarse, ésta solo goteaba sin cesar sobre un desagüe. Encima de esta colgaba un cartel fuera del alcance de los diez individuos:

 

“Éxito”

 

Por supuesto, ellos no sabían leer, pero el cartel estuvo allí desde siempre, mofándose de la condición en que vivían.

En la pared de enfrente estaba el único contacto con el exterior: una puerta reforzada que tenía una luz roja en la parte superior.

La luz roja de la puerta se encendió, y los diez sujetos se quedaron inmóviles; sabían que aquella era la señal de que la puerta estaba a punto de abrirse como lo hacía cada semana.

Segundos después ingresó un nuevo individuo tan sucio como ellos. Estaba desnudo y, al igual que los demás, carecía de órganos sexuales. Caminó hasta el centro de la habitación, apoyando sus cuatro extremidades, pudiendo andar de pie con mayor comodidad.

Los diez lo olfatearon de arriba abajo, y pronto se dieron cuenta de que era como ellos; solo se les diferenciaba porque en su cuello se leía “H2”.

Minutos después se encendió la luz roja otra vez, y los sujetos se sentaron en el suelo a esperar el anuncio que se oía siempre luego de la señal. Entonces se oyó una voz por el altoparlante:

 

“F7 es el elegido”

 

Por supuesto que ellos no entendían esas palabras. Ni siquiera aquel que tenía “F7” en su cuello se había dado cuenta de que lo acaban de nombrar; pero entonces una luz amarilla iluminó al indicado, y los demás comenzaron a gritar a coro y en tono gutural:

–¡Elegido!, ¡elegido!, ¡elegido!, …

La puerta se abrió y aquel que tenía “F7” en el cuello salió de la habitación.

Los otros individuos se quedaron dando vueltas, buscando algo que no iban a encontrar, hasta que por fin la luz roja volvió a encenderse y enseguida aparecieron diez platos rebosantes de carne cruda por la ventanilla de la puerta; uno tras otro.

Los diez saltaron encima de los platos y comenzaron a clavar sus colmillos en la carne mientras la sangre chorreaba por sus manos. Lamían sus dedos al comer, dedos de uñas lastimadas, infectas de una mugre que les decoloraba la piel.

Tal vez acabarían los platos como siempre, sin sospechar nada, o tal vez alguno de ellos notaría que en uno de los trozos aún se leía “F7”.

 


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