Baile de máscaras II

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Bárbara se extraña, pero le encanta jugar y sigue sus pasos, emocionada, por tanto misterio. Al entrar en el palacete, una preciosa camarera pelirroja de ojos verdes, boca sensual y un cuerpo intuitivamente perfecto, le acompaña junto con otras invitadas, a un cuarto repleto de espejos, vestidos, zapatos, guantes, tocados maravillosos…el sueño de cualquier soñadora. La fiesta de disfraces está a punto de comenzar y todos tienen que estar listos. Ella abre su paquete envuelto en papel de seda y descubre, curiosamente, una espectacular máscara italiana con pinceladas doradas, rojas, blancas y brillo. Su excitación no puede ser mayor. ¡Que empiece la fiesta!

La música inunda el palacete. El volumen de las risas y voces, no le habían permitido darse cuenta de que según en qué estancia entrara, la música era de un tipo. A medida que se paseaba deleitándose con la decoración, las atenciones dispensadas por los camareros, los vestidos de época tan preciosos, el ambiente que, paulatinamente, estaba tomando un tono rojizo, los bailes y las risas, iba escuchando un tipo de música diferente. Música acorde con la temática, Verdi, barroca, de órgano, clásica, orquestra…Todo era de ensueño y en armonía. Entró en una estancia con techos altos, en verde claro decapado, cortinas a tono, dos gigantescas lámparas araña iluminaban, muy acertadamente, el ambiente y su música era barroca. Aceptó la copa de champán que un atractivo camarero le ofreció con un guiño, y se dispuso a disfrutar del ambiente y los bailes. Se preguntó para qué sería la llave que le entregaron a su llegada. Sin darle más importancia, empezó a bailar junto con unos invitados muy animados y que, le acogieron en el intercambio de cruces danzarines. Giraban, se cruzaban, se marcaban miradas, algunos se besaban acaloradamente, reían, corrían en pequeños círculos intercambiando posiciones. Todo invitaba a disfrutar. Tras unos cuantos bailes y unas copitas de champán, necesitaba sentarse y respirar. 

Todo le daba vueltas. Prefería no cerrar los ojos, ya que el mareo se hacía más intenso. Buscó una ventana o balcón para despejarse. Una vez recuperada, entró y se encontró con su adorada amiga. Perfectamente caracterizada y luciendo un vestido espectacular. Su original máscara le cubría sólo media cara. Le asió de la mano y le dijo: “Ven Bárbara, tienes que ver esto”.

Salieron, no sin antes, teniendo que esquivar a los bailarines que, animados por el champán y alguna cosita más, les cogían de las manos para bailar. Se dirigieron al piso superior por unas escaleras amplias de mármol y al llegar arriba, el salón que las recibió era simplemente majestuoso. Quizás, la estancia más significativa del palacete por su exquisita decoración, iluminación y por su imponente balcón al jardín. Aún con la boca abierta, Bárbara es sorprendida por la voz de su amiga que le invita a seguirla. Quiere unirse al resto de amigos, y presentarle a alguien. “Bárbara, éste es Sasha. Por lo visto ha sido nuestro compañero de palco en la Ópera”. Bárbara no sabía si morirse ahí mismo, salir corriendo, o simplemente, morirse de nuevo. El palco de la perdición.

El extraño, ahora llamado Sasha, le miraba atravesando su máscara. Esos ojos negros penetrantes, volvían a estar frente a los suyos. Temía que pudiera descifrar su mirada y adivinar que le temblaba todo su cuerpo. Ese cuerpo que ella, un rato antes, había deseado que acariciara y tomara. 

Nada más terminar las presentaciones, suena una pieza que a todos anima y se lanzan a bailar. Excepto él. Ella se vuelve y le pregunta si no se anima y responde: “No, id vosotros. Yo prefiero mirar”.

La noche era perfecta. Tan perfecta que hasta su amiga estaba perdiendo la noción del tiempo, y seguía bailando sin importarle la hora. Estaban disfrutando como nunca. De repente, suena una campanita y ruegan a los invitados que sigan las instrucciones y reglas del juego. (Ella se pregunta qué instrucciones ni reglas de juego). Reparten en bandeja de plata unos pequeños papelitos y mapas. El papelito, tenía un número, y el mapa, marcado con una X, un lugar perteneciente al palacete. Los vítores no tardaron en salir. Aplausos y risas de excitación. 

Los números unían por duetos, y el mapa, indicaba un “tesoro”. Todos empezaron a seguir el juego, abandonando la estancia entre risas, tocamientos y carreras. Era su primera vez así que empezó por el mapa, en busca de su “tesoro”.

Se perdió varias veces entre tantas estancias, pasillos, escaleras y recovecos oscuros, pero no le importaba, pues disfrutaba de lo que iba descubriendo y del ambiente que tal ocurrente juego, provocaba en los invitados. Finalmente llegó a la estancia marcada con la X en su mapa. Entró y se topó con la camarera pelirroja del principio. Se exaltó. Había escasamente tres candelabros iluminando. La camarera se excusó pero antes de que abriera la puerta para salir, Bárbara le pidió que se quedara. Desconocía lo que tenía que hacer allí. No entendía el por qué de esa estancia. Su “tesoro” supuestamente se encontraba ahí. La camarera se acercó y con una voz suave y seductora innata, empezó a explicarle. Notaba a Bárbara desconcertada y se mostró amable. Tenía algo que le atraía. Lo que no se imaginaba es que a Bárbara también le atrajo por un momento. En plena explicación del juego, se abre la puerta y entra. Su perdición entró. En el papelito que portaba él, venía el número 7. La camarera, indica con la mirada y un gesto, a Bárbara para que abriera el suyo. El 7. 

Sasha saluda a la camarera por su nombre. Laura. Ésta, experimentada, rompe el hielo sirviendo un poco de champán. Atendiendo deliciosa y discretamente al dueto que el destino ha querido unir esa noche.

Laura rozó intencionadamente la mano de Bárbara al entregarle la copa. Su insinuante mirada no dejó indiferente a Bárbara quien respondió, sin saber por qué, con una sonrisa. Empezaba a relajarse gracias a la entretenida e interesante conversación que mantenían. 

El ambiente se fue relajando cada vez más y al rato, estaban tumbados cada uno en un sofá, con copa en sus manos, riéndose de anécdotas de la fiesta y brindando por el momento que estaban viviendo. Las chicas congeniaban a las mil maravillas. En el fondo, pensaba Bárbara, eran bastante parecidas. Mismos gustos, manías, tics, ilusiones, viajes etc etc…Mientras charlaban, Sasha se había levantado hacia el gran ventanal con vistas a un jardín, repleto de estatuas de mármol y, a una pequeña fuente, rodeada de todo tipo de flores salvajes. La estampa parecía sacada de un cuadro. Apagó las velas de uno de los candelabros de la estancia. Una a una. Bárbara le observaba mientras Laura contaba algo de su perro. Ella se preguntó qué hacía Sasha. Y como si lo hubiera preguntando en voz alta, él se giró y le dijo: “Dan mucho calor”. A su intervención, Laura guardó silencio y sonrío picaronamente para sí misma. Se puso junto a Bárbara y rellenó las tres copas. Puso su mano en la rodilla de Bárbara y le pidió que la acompañara al baño contiguo al dormitorio, al fondo de la estancia. Se fueron.

Continuará...


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