Baile de máscaras III

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No habían pasado ni diez minutos cuando al salir, Bárbara que, queda prendada del dormitorio, de su enorme cama con dosel y de todo lo que veía, se da cuenta de que él no está. “¿Qué? ¿Dónde se ha metido?” se preguntó. Laura le toma de la mano y dulcemente la acaricia. 

Empieza por la cara, la que gira para tener contacto directo con sus ojos. Le acerca a la cama y empieza a besar despacio su cuello, su hombro, baja lentamente hasta sus pechos firmes, excitados por leves mordiscos. La tumba sobre la cama y con su lengua experta, recorre su vientre plano hasta el monte de Venus. Perfectamente depilado. Oliendo su perfume genital, entrelaza sus dedos con los de Bárbara. Todo es delicadeza. Todo va lento. Todo se torna rojo. Y Bárbara se deja llevar. 

Las dos atractivas y seductoras mujeres, se dejan llevar por el deseo, la fantasía, la excitación y el alcohol. Sus cuerpos esculpidos se rozan, se frotan, se unen en un sin vivir sexual. Los pechos duros, la respiración agitada de las dos, hacen que se exciten mucho más. Sus melenas se enredan junto con las sábanas de seda fina y sus piernas terminan siendo vías abiertas al placer más puro, lento y deseado. Retozan de gusto. Gimen sin reparos. Se corren libremente. Desconociendo por completo que han sido observadas.

Quedando sólo uno de los tres candelabros, la luz que se respiraba en la estancia era perfecta. Los cuerpos se proyectaban en las paredes infinitas, olía a rosas y a madera, y seguramente, después del clímax alcanzado por ellas, todo perecería perfecto.

Sasha aparece apoyado en el quicio de la puerta del dormitorio. Máscara puesta, camisa blanca con solamente el primer botón desabrochado, y pajarita deshecha. Parecía un dios. Ahí plantado, con esa seguridad y temple que sólo algunos pocos pueden. Sus brazos a lo largo de su torso definían su alta estatura y porte. Se acerca lentamente y sus ojos…esos ojos negros intensos que, inevitablemente, llevan a la perdición, parecían querer salir de la máscara. Según avanza a cámara lenta hacia ellas, se va quitando la chaqueta. Tira de la pajarita, de su cinturón, y justo al llegar a los pies de la cama, deja caer todo al suelo. Bárbara está petrificada ante tanta belleza y seducción, pero Laura salva el momento y le tiende la mano. Está entre las dos y lentamente, mientras se oye música clásica de fondo, las dos van desnudándole. 

Desabrochan sin ninguna prisa los botones de la camisa y se la quitan. Le besan. Se besan entre ellas. El deseo y el sexo son los dos anfitriones en esos momentos. Los tres cuerpos juegan a encontrarse, a amarse, a cumplir las fantasías de cada uno, y va surgiendo un halo de complicidad, que les lleva al clímax. La noche cerrada, es la única que duerme sola.

Abre los ojos y lo primero que ve delante de ella, es el rostro dormido plácido de Sasha. Le observa preguntándose cosas sobre él. Observa con deleite su rostro tostado, nariz recta y masculina, sus labios carnosos, sus cejas…todo parece dibujado. Su pecho atlético y sin depilar le distraen y no se da cuenta de que Laura le observa. Se ruboriza como una niña recién pillada con chocolate prohibido. Sonríen y se entienden.

El sol empieza a despuntar, el palacete está en silencio a excepción de algunas voces en el exterior despidiéndose y agradeciendo semejante fiesta. Las chicas empiezan a vestirse con cuidado, no fueran a despertar al dios bajado del cielo esa noche. Él abre sus ojos pero disimula dormir. Le gusta verlas vestirse, acicalarse, peinarse y ver cómo se transforman, de nuevo, en esas diosas con las que ha compartido el cielo.

Los tres salen de la estancia impecables. Han disfrutado y no lo olvidarán. Al salir por la puerta, se despiden de Laura (quehaceres tenía), le besan y su olor a jazmín es la estela que confirma que la fiesta llegó a su fin. 

En la planta de abajo, unos se despiden. Ellos dos se dirigen al ropero para recoger sus pertenencias. De repente, Bárbara recuerda la llave y le pregunta: “¿Para qué es esta llave?”. Él le toma de la mano y se dirigen a un cuarto cercano. Está repleto de casillas. Pared negra con casillas doradas. Su llave es la 7 y Sasha le invita a que la abra. No da crédito. Su sorpresa es enorme cuando al sacar una pequeña caja con la fecha inscrita, descubre la máscara de sus sueños, de su fantasía en el palco, la que la había acompañado toda la noche y que perdió de vista en la estancia X. En la parte frontal de la cajita se leía: “Recuerdo de una noche mágica. El baile de las máscaras”. Él posó el pañuelo de su chaqueta sobre la máscara. Un S.M. lo firmaba.


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